Literatura

Crónica de un acontecimiento libresco

Buscando un libro para obsequiar, el autor se topó con Laudes a la esposa muy amada, de Diez de Medina y El Paraíso en la otra esquina, de Mario Vargas Llosa.
domingo, 21 de marzo de 2021 · 05:00

Ignacio Vera de Rada   
Escritor

El 4 de marzo fue el cumpleaños de mi papá y nos vimos en el centro de la ciudad para almorzar juntos. Subí en el Puma Katari leyendo un libro, como usualmente hago cuando uso el transporte público.

No tenía ningún obsequio para regalarle. Pero ya tenía en mente qué comprar. Entonces me dirigí a una de esas librerías que venden oro en polvo para hurgonear y llevar algo interesante. Entré y me puse a hojear libros polvorientos, libros usados. Hojas amarillentas. Novela, poesía, historia, filosofía, sociología, todo en estantes atiborrados y algunos casi a punto de romperse por el peso abrumador del papel y la sabiduría…

Me puse a hojear un libro de tapa morada con la imagen de una escultura antigua. Eran los Laudes a la esposa muy amada (1971) de Diez de Medina. Y en la primera hoja hallé una dedicatoria escrita por la misma mano del autor, hace medio siglo. Bolígrafo azul, trazo rápido, casi ilegible; una letra de galeno. Diez de Medina es uno de mis escritores preferidos y más respetados del ámbito literario y cultural boliviano. Así que ese joyel, por el solo hecho de tener estampada la firma del celebrado escritor que fuera sugerido para el Nobel, debía ser mío. Porque debe amarse los libros no solo por la sabiduría y los universos que guardan, se los debe amar y cuidar también por su valor material en sí. Soy un bibliófilo. Colecciono ediciones raras que a veces ni leo.

Pero aquél no era el regalo ideal. Debía haber algo más acorde a los gustos de mi padre cumpleañero. Un libro perfecto. Así que seguí escrutando los estantes, mirando cada lomo, cada título, una revisión detenida y rápida al mismo tiempo. A veces solo me gusta leer el epígrafe de un libro, mirarlo, palparlo, y volverlo a poner en su lugar. De los que más me seducen leo sus párrafos inicial y final, para hacerme una idea somera de la calidad y el fondo. Fui al sector de narrativa y vi un lomo de Alfaguara, voluminoso, color azul eléctrico, un título que jamás había escuchado ni leído: El Paraíso en la otra esquina (2003) de Mario Vargas Llosa. Hice lo mismo que con el de Diez de Medina: ver la primera página. Trazo un poco más legible que el del autor boliviano; bolígrafo también azul. La firma de Vargas Llosa, el Nobel peruano, en la primera página…

Me puse a temblar de la emoción y fui directo a la caja para pagar. Salí de la librería a zancadas y, sentado en una banca de El Prado, bajo el sol rutilante de La Paz, me puse a hojear ambas piezas bibliográficas con verdadera fruición. Allí, en esas páginas, estaban estampadas las firmas de dos titanes a los que admiro y de los que tanto sigo aprendiendo. Una parte de ellos en mis manos. Libros que estuvieron en sus manos ahora estaban en las mías. Puede pensar el lector de estas líneas que soy un exagerado, un fetichista, un idólatra de objetos… O sencillamente un ridículo. Pero para mí el libro es una cosa sublime. Uno de los mejores inventos que dio de sí mismo y se dio para sí el ser humano.

Tengo en la biblioteca de casa varios libros valiosos por los autógrafos que llevan, las notas que contienen escritas por alguna mano ilustre o porque, finalmente, tienen algo de particular. A veces, en mi escritorio, antes de escribir, los veo y los toco por el mero placer que me provoca hacerlo. Tengo libros, por ejemplo, de mis tíos y de mis abuelos e incluso de mis bisabuelos. Llevan notas escritas en los márgenes, rúbricas estampadas con caligrafía vetusta; todos tienen un promedio de unos 120 años de antigüedad. Naturalmente, son objetos que quisiera que sean preservados incluso después de mi último latido por alguna generación futura. Creo que todo amante de los libros quiere eso. La vida es efímera. Pero los libros le dan intensidad y felicidad. Dice Rosa Montero que, estadísticamente hablando, los que leen buenos libros son personas más felices.

No soy muy partidario de la idea borgiana de los libros y la vida, pues creo que ésta no debe ser reducida a las bibliotecas hexagonales y que sus protagonistas, los seres humanos (incluidos los escritores), no debemos ser unos ermitaños. Newton vivió su vida así. Yo creo más en la filosofía vital y mundana que practicaba Goethe: la vida es rica, aleccionadora y productiva tanto por la sabiduría de los libros como por los problemas y las oportunidades que hay fuera de las bibliotecas, problemas y oportunidades mundanos de los que el filósofo y el escritor también debe nutrirse.

Pero ciertamente el libro ha sido mi mejor refugio en mis peores momentos. En mi primera juventud pude hallar en él un amigo fiel, un mundo donde podía vivir otras vidas, escapar del tiempo, huir de la pedestre y simple realidad, comprender las cosas desde otras perspectivas. Pero también está presente en los instantes de mayor felicidad. Nada como cantar los poemas de Tamayo; nada como leer las biografías (uno de mis géneros preferidos) de los grandes científicos y creadores; nada como comprender la movida y trágica historia de la humanidad; nada como sumergirse en las novelas de Balzac o de Victor Hugo.

En lo que sí soy un borgiano es en el aserto de que un libro, para que lo leas, debe cautivarte. Si no te atrapa, o no fue escrito para ti o todavía no llegó su tiempo para ser leído por ti. De nada sirve martirizarte leyendo por leer.

Hay dos formas de invertir bien el dinero y de las que uno jamás debería arrepentirse. La primera es viajando; la segunda, adquiriendo libros. Hace un tiempo le conté a mi mejor amigo de colegio, Federico, que me hallaba preocupado por las cantidades de dinero que se me estaban yendo comprando libros. Me respondió diciéndome que el cerebro humano está diseñado para eso. Que Dios puso aquel órgano misterioso en nuestro cráneo para ese fin exclusivo. “La cabeza está hecha para leer”. La vida es corta y un buen lector debe ser selectivo a la hora de leer. Si uno dedicara todas sus horas de lectura solamente al canon consagrado a nivel universal, desde Homero hasta García Márquez, desde Platón hasta Nietzsche o Popper, ni siquiera así acabaría de leer todo lo que hay. Eso es deprimente, pero nos induce a leer con más intensidad.

Debieron ser las doce del mediodía del 4. Entregué el obsequio a mi padre y lo miró impresionado. Sopló las velas del pastel de cumpleaños para luego abandonarse a la lectura de ese libro. Fue un día singular y feliz. Hace unos siete años me ocurrió algo parecido, cuando en los libros usados del mercado Lanza hallé, metido en el lugar menos accesible, la primera edición del Thunupa (1947) de Diez de Medina, con una dedicatoria de éste para Tristán Marof. Entonces mi excitación no debió ser menor que la del 4 de marzo.

Lo que yo creo de los objetos así es que no pertenecen a uno sino al mundo cultural interesado en ellos. De esta forma, yo no me considero dueño de esos bienes, sino solamente su guardián temporal. Zweig me enseñó que el coleccionista de objetos de arte, de palimpsestos, de archivos, solamente resguarda los tesoros para las generaciones por venir.

 

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