El chicuelo dice

Fuimos un destello en medio de la oscuridad

Crónica de una trifulca de estudiantes en el cine, protagonizada por el Taza, el Camello, el Martínez,    el Gorgojo, el Chapi, el Huesitos... y el profe Robocop.
domingo, 21 de marzo de 2021 · 05:00

 Wilmer Urrelo Zárate 
Escritor

Había una foto, una fotito que vaya a saber dónde se halla ahora. Una fotografía y ahí estás vos, la chompa verde, la camisa blanca, el pantalón plomo, los zapatos negros. Ese de allá soy yo: cuando tendría catorce o quince años, la mirada vacía, la sonrisa ausente, en medio de un grupo de chiquillos del colegio B., a la salida del cine Monje Campero, y atrás se podía ver el cartel de la película La Misión, la cruz cayendo, libre y espectacular, y al fondo una cascada. ¿Una cascada?, no, Un cascadón, mejor dicho. Vaya uno a saber quién la tomó. ¿El Arcani?, ¿el Ballesteros?, ¿el Lente Cojudo?, ¿el Taza? Los tres primeros no, pues aparecen en la foto conmigo, dos de brazos cruzados, el otro quitándose las gafas de cegatón, es que el flash se refleja en mis vidrios. Tampoco el Taza: En ese momento o estaba aún tirado entre las butacas o ya el Robocop lo había llevado al hospital más cercano: ¡corran, corran, se está muriendo!

Tal vez la tomó el Camello, el profesor de filosofía que andaba con su cámara a todo lado y en el patio a la hora del recreo ¿quién quiere una foto?, y no faltaba el carajo –¿el Gorgojo?, ¿el Trejo? ¿o yo mismo?– que hacía una bocina con las manos ¡regalanos una foto de tu mamá mejor!, y los demás risa y risa y el Camello enrojecía malcriados, huasos, quién ha dicho eso.

Así que es posible que quien estaba detrás de la cámara eras vos, Camellín, qué es la filosofía, conjunto de ideas que reflexionan sobre las causas y los efectos de los elementos de la naturaleza, sobre todo acerca del ser humano y su relación con el universo. El terno de hace siglos, la corbata de moño anudada al estilo murciélago, qué pantaloncitos, seguro es de su papá, y todos los alumnos jajaja. 

Entonces todo ocurrió así: Vaya a saber quién nos invitó al cine o con qué fin. La cosa es que ese día estábamos los de segundo medio (donde estaba yo) y los de tercero, que eran nuestros enemigos. Un día antes nos reunimos unos veinte en el patio de abajo, y alguien hay que cagarlos mañana, y el Huesitos llevaremos cinturones y los agarramos a hebillazos. También traigan linternas para no majarnos entre nosotros mismos. Hasta ahí bien. El problema era y qué hacemos con el resplandor de la pantalla: Yo sé. Todos giramos a ver quién era, y ahí estabas vos, Taza, la cabeza como huevo, los cabellos desordenados, la oreja faltante que parecía decirme qué miras, mierda. Y el Taza mi papá ha trabajado ahí, sé por dónde se sube y cómo se apaga el proyector. 

¿Qué será de ellos? Del Martínez, del Rocha y sus granitos, del Montes y su flacura y qué del Arcani, ¿por qué me dicen indio si soy blancón?, qué del Gorgojo y sus vanas esperanzas, mi papá va a volver un día, ya van a ver, va a regresar a nuestra casa, no se rían, carajos: qué de ese día, todos saliendo del curso en fila india, subiéndonos a los buses que estaban estacionados sobre la Víctor Eduardo, los de tercero mostrándonos el dedo del medio, regalo para tu hermana, y había uno al que le teníamos ganas: el Chapi. Uno altazo, tan musculoso que la camisa adolescente no le entraba bien, dónde estará ahora, en qué habrá terminado. 

Así que entramos haciendo bulla, y el profe Robocop, ¡Ayala, carajo, siéntese!, ¡Urrelo, qué mierda ríe como cojudo!, ¡sentados! Nosotros estábamos al lado izquierdo del Monje Campero, los de tercero ¡putos!, ¡maracos! Alguien quiso brincar ahí mismo, sin embargo lo agarré de su chompa esperá que se apaguen las luces y para hacerme el inteligente se me salió una frase que había escuchado en el programa del Micky Jiménez: la venganza es un plato que se come frío, cojudo, esperá. 

El Robocop se sentó a nuestro lado, en una butaca que daba al pasillo, tal vez se las olía, cuidado que estas mulas quieran hacer algo. Era a quien más miedo le teníamos porque no nos trataba con pinzas, sino como si estuviéramos dónde: ¿tengo la cara de cojudo, Silva?, ¿me está tomando por boludo, Moreno? Y cuando apagaron las luces el Taza encendió su linterna y cubrió la luz con sus manos.

En la pantalla del cine aparecía un flaco tocando una flauta y a su lado un montón de chunchos medio en bolas y de pronto el Taza desapareció, voy. El Martínez saquen sus cinturones con calma, sin alaraquear, y como yo no usaba, una noche antes me robé un pedazo de cañería y le puse cinta aislante en uno de sus extremos para que no se me escapara a la hora de los golpes: de pronto la pantalla se apagó y antes de los gritos de sorpresa se oyó la voz del Huesitos ¡ya!

No fueron minutos, fueron segundos, diez, tal vez exagerando quince. No vi a quien me soné. Solo se escuchaban los gritos del Robocop ¡malparidos!, ¡conchudos!, ¡prendan las luces! Y de un momento al otro se hizo la luz y ahí estábamos y ahí estaban los de tercero, uno con la cara molida, otro agarrándose los huevos, otro llorando como un chiquillo de kínder, y a su lado el pobre Tacita desmayado o muerto, vaya uno a saber. El Robocop se acercó maldiciendo, ¡salvajes de mierda!, ¡hijos de la gran puta! Le tomó el pulso y se puso pálido, tal vez sí se murió o tal vez iba a quedar medio lelo. Nos sacaron a la fuerza y el Camello alto y ahí sacó la foto que no puedo encontrar.

 Nos expulsaron una semana, creo. El Chapi volvió con un aparato en la cara: alguien le rompió la mandíbula, y por eso los de tercero nos tenían miedo. Sin embargo, el Taza no volvió y cuando retornamos del castigo se ha muerto o tal vez está tirado en el Obrero y es vegetal, pobre de su viejita, imagináte cargar con semejante responsabilidad. Y a lo mejor se cagará y tal vez quedó loco y se hará la paja como todos los locos y nosotros jaja, pobre Tacita. 

Volví a verte unos veinte años después, un poco antes de la pandemia, en el Mercado Lanza, mientras compraba Cañas y barro, de Vicente Blasco Ibáñez. El Taza convertido en padre de familia, con una wawa en la mano derecha y otra sentada en los hombros, gordo, un poco calvo, aún sin oreja, más Taza que nunca. Quise saludarlo, pero lo pensé mejor, ya no soy ese chico del colegio B., el de la cañería, el que no vio La Misión por burro, ahora ya eres diferente: hubo una foto que lo certificaba, dónde estará ahora. Eso, dónde. O tal vez como los recuerdos aparecerá cualquier rato.
 

 

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