Memoria nómada

La equis, de Raymundo Quispe

Se ve en la narración un auténtico dolor a partir de una prosa honesta, sin inútiles adornos o verbilocuencias, dice esta reseña.
domingo, 21 de marzo de 2021 · 05:00

En estas breves líneas intento comprender la ciudad de El Alto desde otro punto de vista, desde la literatura, desde la novela La equis (2019), escrita por Luis Raymundo Quispe Flores, un joven escritor alteño que fue alumno mío en la carrera de Literatura. Lo primero que uno se pregunta al tener el libro en las manos es ¿qué es la equis? En el lenguaje popular juvenil sabemos que la X remite a alguien irrelevante, a alguien que puede ser tachado, es decir alude a alguien intrascendente. Sin embargo, una lectura lineal de la novela nos permitiría sostener que se refiere a la exmadre, exesposa, exmujer, exprotectora, es decir aquel personaje que se ha autoexiliado del núcleo familiar. Se trata de una ausencia, de un desgarro, de un vacío dejado por la madre del narrador. Se ve en la narración un auténtico dolor  a partir de una prosa honesta sin inútiles adornos o verbilocuencias que suelen ser errores de los jóvenes escritores.

Como sabemos toda buena narrativa puede resumirse en una búsqueda, en esta novela el narrador busca el amor de la madre. Este amor materno, tan añorado lo halla, por ejemplo, en su gata, aquella que cuida con extremo amor a sus cachorros; en la tía que lleva comida expresada como cariño a cinco niños que, sin ser huérfanos, sufren la carencia de una madre que se marchó por seguir los rumbos de otro amor. 

Para el narrador, esa ausencia es responsable de todas las vicisitudes por las que tuvo que pasar el núcleo familiar, también es responsable de sus inseguridades y de un dolor acumulado desde una niñez marcada por la ausencia de la X. La historia describe cómo los hijos sobrellevan ese vacío y cómo cada uno de los cinco hermanos sigue adelante pese a las carencias. La novela tiene un recorrido elíptico, porque vuelve a un lugar muy cercano al principio, pero el joven narrador valerosamente corta esa continuidad y evita repetir la historia. El final es abierto porque esboza la intención de buscar a la madre. Si bien esta lectura parece demasiado sencilla y el argumento parece reducirse a la triste historia de cientos de hijos que son abandonados, normalmente por el padre, nos encontramos con una narración compleja, por toda la carga semántica que hay en la construcción de los personajes y del espacio. 

La equis intenta reelaborar, a partir de la memoria, un universo familiar devastado. Esta novela se trata también de otra forma de concebir la territorialidad y la identidad alteña. El narrador y sus personajes viven en un espacio que está “dándose”, como diría Hugo Zemelmman. Esta historia familiar y de abandono también podría equipararse con el abandono que sufre la misma ciudad respecto al Estado. 

Esta novela es la forma en que un autor territorializa y se apropia de la ciudad. No solo la habita, también la sufre y la convierte en un material narrativo en el que sus personajes asumen sus carencias y sus luchas con estoicismo y con valentía. Eso se evidencia cuando el narrador describe sus heridas de bala como cuotas de sangre en las movilizaciones de octubre de 2003. Por lo tanto, no se trata de simple ficción, sino de una narración que en alguna arista se vincula con el testimonio. Por eso afirmo que La equis es una novela que se vincula a la territorialización. 

Si bien esta ciudad mantiene vínculos con el mundo rural, también se constituye en un espacio urbano, dentro de un proceso en el que el crecimiento demográfico está vinculado a la expulsión económica. Al describirse, en la novela, las vicisitudes de una familia alteña, también se describe por antonomasia las desventuras de los mismos habitantes. 

La territorialización de la ciudad se escenifica de muchos modos, en la novela se describe la migración a partir de dos ejes: la fascinación por la ciudad y la imposibilidad de retorno al campo. Ambos son motivos para que el padre del protagonista decida establecerse en ese territorio que está construyéndose. Inicialmente migra a las laderas de La Paz porque le fascinó el brillo y las luces de la ciudad. Es en ese espacio, casi deshabitado, donde se inicia la construcción de la casa y del horno de panadería con tierra y barro, como todas las casas del entorno. Así empieza la apropiación simbólica de este espacio por una familia recién llegada. 

Es muy interesante verificar que la narración es una suerte de antonomasia que vincula la vida familiar y el crecimiento de la casa con las formas de desarrollarse de la ciudad. Esta novela es el retrato de un barrio que se fue urbanizando en los 80, es un retrato de colores sepia, con algo de nostalgia, pero también muy honesto. La ciudad que describe el autor es una ciudad que está dándose, es una ciudad que está en permanente crecimiento y transformación sobre un paisaje agreste. Pero es también el espacio en el que el narrador niño, a través de los juegos y la vivencia infantil, empieza a amar su lugar. 

No se asemeja con lo que ocurre en la literatura latinoamericana canónica, en la que se describe a las casas patricias con su correspondiente servidumbre y sus amplios corredores y jardines. Tampoco se parece a las descripciones de las mismas casas que posteriormente son retratadas como espacios en proceso de degradación, evidenciándose así el desplazamiento de las tradiciones para dar paso al ensueño de la modernidad latinoamericana. Casa tomada de Cortazar, Sobre héroes y tumbas de Sábato, el Obsceno pájaro de la noche de Donoso, Niebla y retorno de Bascopé y Los cuartos de Saenz ilustran, precisamente, el modo cómo las casas tradicionales sufren las irrupciones de nuevas formas sociales y otras formas de habitar esa ciudad. 

En la novela de Quispe la casa empieza a construirse en un terreno que apenas es urbanizado, en una joven ciudad que recién adquiere su rango de tal en 1985. Se trata de una de esas ciudades jóvenes que van construyéndose en la periferia de las grandes metrópolis latinoamericanas. Y como muchas de ellas es una construcción endógena, que preserva costumbres rurales, sus comidas, sus formas propias de habitar el espacio. En todo caso, la casa no solamente es una construcción material, sino un constructo espiritual. La casa de esta novela está hecha de sentimientos, está hecha de alegrías, está hecha de dolores y sobre todo está hecha con el cariño del que la construyó con sus manos y con el cariño del que la narró en esas páginas. 

La intelectualidad latinoamericana y el canon literario elaboraron su propio concepto de la marginalidad que, en el mejor de los casos la exotiza. Es claro que en el fondo la tendencia es identificarla como refractaria de la modernidad, siguiendo el pensamiento del siglo XIX. 

En este caso, Raymundo Quispe nos muestra a la ciudad de El Alto desde dentro, desde una voz que no necesita representar al otro ni ser representada por otros. Es una voz que narra a los habitantes de este espacio considerado periférico, revelando otras formas de ver el mundo y de ser en el mundo. 

 

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