Educación

Las humanidades después de la Covid

La crisis que vivimos nos ha hecho oír las cuerdas más íntimas de nuestra existencia, sostiene esta reflexión, orientada a la pedagogía universitaria.
domingo, 21 de marzo de 2021 · 05:00

Carlos Garatea Grau
Rector de la Pontificia Universidad Católica de Perú

Pongo las humanidades en el centro de mi reflexión y desde ese lugar quiero referirme a algunos desafíos que, a mi juicio, pasada la crisis de l a Covid, debemos encarar quienes creemos que ellas tienen un lugar central en la formación que brindamos a nuestros estudiantes y en quienes, de ese modo, queremos poner un granito de arena en la construcción de una sociedad más justa, sana y democrática.

Dejo sentado desde el inicio una frase de Steiner: las humanidades no humanizan. Abundan los ejemplos de humanistas, de gente culta, de individuos que pasaron por los mejores centros de formación académica y que son responsables de las peores desgracias, abusos y tropelías que no solo afectaron al desarrollo de la economía de un país, sino que en ocasiones son responsables de la muerte de cientos o miles de personas y de terribles violaciones de derechos humanos.

Es importante tenerlo presente porque las humanidades no son la varita mágica capaz de resolver las cosas en dos o tres movimientos. En el imaginario además está anclada la idea que atribuye a quienes defendemos las humanidades el que necesariamente seamos buenas personas, sencillas, generosas, desprendidas y tan pero tan comprensivas que podemos trabajar gratis. Hay incluso quienes nos ven como un grupo de ingenuos, de idealistas, de ascetas impenitentes. Y no faltan por cierto quienes nos juzgan o juzgan a las humanidades y a la cultura, como el espacio que congrega individuos flojos e improductivos. Para ellos, para los que así piensan, las humanidades son un gasto inútil. 

Todos sabemos que esos prejuicios, auténticas caricaturas, están vigentes y a veces se expresan con soberbia y desdén hacia el mundo de las letras, de la poesía, de la cultura, del arte, y de la fe. Es así, y es verdad que muchas veces no saben lo que dicen, pero sea como fuere, todo ello es parte del desafío que tienen por delante las universidades que defendemos y creemos en las humanidades.

Admitamos que también hay errores desde el otro lado, por el lado de quienes levantan la voz defendiendo las humanidades y a la cultura, desde actitudes soberbias, vanidosas, intolerantes y autosuficientes, hasta evidentes dificultades para explicar con claridad, empatía y sencillez qué son las humanidades y lo que hacemos quienes creemos en ellas. 

Pero a pesar de todas las cosas negativas o duras que puedan decirse, estoy convencido de que las humanidades contribuyen a tener mejores ciudadanos y a estar en mejores condiciones para alcanzar una convivencia democrática e inclusiva en la que el ser humano, con sus virtudes y defectos, con su inteligencia y su creatividad, ocupe el centro de la vida social, en libertad y en armonía con los demás.

Creer en las humanidades, fomentarlas, y darle el espacio que merecen es ya en sí mismo un paso en el cambio que debe llevarnos a una sociedad mejor y más justa.

Pero hoy nos consta que la sorpresa no vino por ese lado, la sorpresa nos llegó desde Wuhan y nos produjo un estallido de realismo que tenemos la obligación moral de analizar y de asumir en cuanto nos sea posible para no repetir errores y evitar las distracciones que nos impuso el confort y un mundo que se dio apresuradamente a la banalidad y el frívolo espectáculo. 

La Covid encendió las alarmas en todo el mundo. Hizo trizas el espejo en el que proyectamos una imagen muy distinta a la de nosotros mismos y ahora no conseguimos reconocernos en los trozos que tenemos por delante.

La vida universitaria no es ajena a ello, ciertamente, y las humanidades tampoco. Decía Ortega y Gasset que no sabemos lo que nos pasa. Eso es, precisamente, lo que nos pasa. Y es que, en efecto, aunque lo señalo en otro contexto, la crisis que vivimos nos ha mostrado nuestra fragilidad y nos ha hecho oír las cuerdas más íntimas de nuestra existencia. Pero al mismo tiempo nos ha enfrentado a nuestra historia, a nuestra manera de entender el mundo y la vida social. El virus nos ha recordado quiénes somos, dónde estamos y cómo hemos llegado hasta aquí. Y eso no es poco.

Una anécdota que viene como anillo al dedo con lo que quiero decir. Hace unos cuantos días, a manera de juego familiar, un domingo de confinamiento, pedí en mi casa que me dieran dos palabras que sinteticen el peor lado de la pandemia y otras dos si encontraban algo positivo. Dos palabras positivas, dos palabras negativas. Las respuestas llegaron con tal rapidez que creí que las tenían preparadas. Las negativas, pérdida, tristeza, soledad, incertidumbre. Las positivas, familia, cambio, imaginación, vida. Con seguridad podrían añadir otras más, pero con estas bastan para apreciar que la Covid nos devolvió a lo que habíamos dejado de ver. Las palabras positivas y las negativas convergen en lo que somos como personas. 

Podemos ampliar la lista, pero todo ello estaba antes de la Covid y seguirá ahí después de la Covid. Lo mismo sucede con las humanidades, estaban ahí antes y estarán después. Pero, qué pasó que recién ahora emergen y ocupan espacio en el dialogo familiar, en las sesiones de zoom, de meet, de team o las evocamos en el encierro casero con frases del tipo: cómo extraño…, cómo quisiera ahora.., cuando termine esto lo primero que haré es.., cómo me gustaría que en este momento…, y tantas expresiones llenas de nostalgia y sentimiento. Parece la voz de un deseo imposible.

Quienes impartimos clases extrañamos las miradas, el lenguaje corporal, el gesto, el movimiento, la media sonrisa, la expresión de asombro o de aburrimiento que vivimos cuando estamos frente a nuestros estudiantes en el aula y que los medios digitales son incapaces de facilitar. Más bien, los medios digitales los transforman en cajitas negras o en cientos de rostros que se ofrecen simultáneamente a manera de caricaturas en el espacio de las pantallas de nuestras computadoras. 

Algo que no quiero dejar de mencionar en este contexto y que no me parece menor: Ha cambiado la idea de futuro. Cuando era niño, el futuro era visto con esperanzas de mejora, de superación, de felicidad, un lugar seguro, prometedor. Temo que la crisis ha inoculado ansiedad, múltiples miedos, aprensiones de distinto tipo. He oído a colegas referirse al porvenir en términos semejantes a los que empleaban los navegantes de los siglos XVI y XVII cuando se lanzaban al mar en medio de un confuso horizonte con la certeza de que los esperaban monstruos inimaginables. 

¿Cómo verán el futuro los muchachos que concluyen su etapa escolar este año y que van a tocar las puertas de nuestras universidades? Para esos adolescentes, jóvenes adultos, esta experiencia es particularmente dolorosa y conmovedora. 

Hay consenso en que las humanidades tienen virtudes indiscutibles. Ofrecen, por ejemplo, un juicio crítico de la realidad; el fomento del valor y la creación culturales; una reflexión sobre la naturaleza de la persona y las necesidades del entorno; y el desarrollo de la creatividad. No son las únicas disciplinas que lo hacen, ciertamente, pero tal vez sean las únicas en las que esos rasgos coinciden. 

Es probable que incluso nos parezcan naturales en la vida universitaria debido a que las humanidades están asociadas al origen y a la historia de la institución universitaria. Sin embargo, admitamos que han dejado de ser una constante, se ha perdido el consenso en torno a la necesidad de la formación humanista, y nos consta que con más frecuencia que antes debemos esforzarnos en argumentar a su favor. 

Lo que podríamos llamar aspectos humanísticos de la formación universitaria, el aspecto creativo imaginativo y el aspecto del pensamiento crítico riguroso, por ejemplo, están lamentablemente perdiendo terreno debido a que los gobiernos y muchas instituciones prefieren percibir beneficios a corto plazo cultivando habilidades útiles y fácilmente aplicables, adaptadas a fines lucrativos. Ese giro hacia la inmediatez y hacia la mirada económica y rentista ha puesto en entredicho capacidades esenciales en la formación humanística. 

La capacidad para pensar en manera crítica cede terreno a la transmisión de recetas y a la transmisión de una mirada instrumental de la educación. La capacidad de imaginar comprensivamente la situación del otro, algo para lo que la lectura es un medio privilegiado, es desplazada por un exacerbado individualismo contrario al bien común y la solidaridad, dos dimensiones cuya significación ha quedado otra vez en evidencia en la lucha contra la  Covid. 

La capacidad de las humanidades para conseguir y definir sus respectivos objetos de estudio pierde espacio y asume métodos aplicables a otras ciencias y a otros objetos de estudio, lo que ocasiona que los demás problemas de las ciencias humanas pasen a ser analizados y discutidos  como si fueran problemas de las ciencias naturales. 

En este marco toca a las universidades dar la cara y asumir el reto. Hacer como si no pasara nada, juzgar el entorno desde lejos y evitar sentirnos interrogados por él, sería un acto de irresponsabilidad institucional y sería la negación de nuestro quehacer docente. Sin duda que desafía nuestras misiones institucionales y pone a prueba nuestra capacidad para responder a un entorno cambiante e incierto en el que está en juego el futuro de miles de jóvenes y su derecho a una educación de calidad y a vivir en un mundo feliz. Pero quedarnos en ello es mirar solo un lado del problema, hablemos, por ejemplo, de nosotros, los docentes. 

Debemos asumir nuestros errores y limitaciones. Debemos encaminar adecuadamente nuestras prioridades académicas y pedagógicas y reducir la distancia que muchas veces hemos impuesto a nuestros estudiantes. No habrá futuro para las humanidades si no recuperamos la comprensión del tejido que actualmente mueve a la juventud y preferimos continuar trabajando con métodos y evaluaciones cuya validez se remonta a otros contextos y a otros tipos de sensibilidades. 

Bien sabemos que el mundo cambio con la llegada de internet y se aceleró con todos los recursos, adaptaciones e inventos que vimos aparecer más tarde, pero si las cosas ya habían alcanzado una velocidad inimaginable, después de un año de pandemia tenemos un mundo distinto al de hace un año atrás, no solo como efecto del confinamiento y de la crisis, ni debido únicamente a la presión y el agotamiento, sino por la inevitable exposición y uso de medios digitales que nos han permitido sobrellevar la crisis; de manera que no hay que olvidar que los estudiantes que tocarán nuestras puertas en los próximos meses o que están a punto de terminar sus estudios universitarios, son distintos a los que conocimos en febrero del año pasado.  

¿Cuál será el impacto pedagógico y cognitivo de esta pandemia en los estudios universitarios? Pienso que no se reducen a mudarse pronto a la nube y afinar plataformas, sino de conservar una orientación pedagógica eficiente, oportuna y sana. Creo que sabemos que el mundo cambió, pero lo que no sabemos aún es hacia dónde va. 

Sin ánimo de vaticinar el futuro ni lamentar el pasado, quiero detenerme en un elemento central  en el fomento de las humanidades, aunque, a decir verdad, sea central en la vida universitaria, con prescindencia de la orientación. Me refiero a la lectura. No hay universidad, ni humanidades, ni investigación, ni progreso sin lectura. Nuestra civilización dispone de un acervo de intuiciones, tradiciones, relatos, ficciones, ideas y creencias que se transmiten por intermedio de textos y discursos escritos. No me olvido de la historia oral ni desconozco  otros textos y discursos, por cierto, pero ellos tienen un alcance y un rumbo distintos al que sigo aquí. 

La universidad es el espacio en el que ese cúmulo de conocimientos almacenados en textos se renueva, se perfecciona e irradia al entorno asegurando así la cultura que da sentido a la convivencia y al hecho de sentirse parte de una comunidad histórica. Nuestra identidad es, en mucho, una visión compartida del pasado y del futuro. Pues bien, en la actualidad es un lugar común decir que los estudiantes no leen, que llegan a la universidad intelectualmente desarmados, que solo saben de sus aparatitos electrónicos a diferencia de lo que sucedía antes, cuando un joven empezaba su vida universitaria con más lecturas a cuestas. 

Pero seamos sinceros. Es difícil precisar cuándo ocurrió esa suerte de glamour intelectual, porque si hacemos memoria, antes también se decía lo mismo. Se lo oí a algunos maestros hace 40 años, en términos más o menos cercanos a : “Antes un estudiante entraba a la universidad sabiendo quién era Unamuno, Descartes, Quevedo”. 

Detengámonos un momento en este punto para darle un giro. ¿Cómo justificar que los estudiantes o los profesores lean menos si nos consta que lo que más hacen es leer en sus teléfonos o en sus computadoras? O, ¿acaso no es leer y escribir? Admitamos ahora que un joven en edad universitaria escribe y lee todo el día, incluso mientras oye una clase. Con seguridad esos muchachos pasan más horas al día sirviéndose de las letras que las que pasábamos nosotros 40 años atrás. Pero sufren cuando ingresan a la universidad y les pedimos que lean y den su opinión sobre un texto académico o cuando les pedimos que redacten una breve monografía.

¿Cómo fomentar las humanidades con ese contexto? Responder la pregunta daría pie a un seminario. La respuesta no vendrá solo por el lado de los estudiantes. No podemos esperar que un muchacho domine algo que no conoce. Tengamos en cuenta, por ejemplo, antes los referentes eran el padre, la madre, el tío, un político, un sacerdote, un escritor. Hoy los referentes parecen reducirse a Google, Instagram, Tik tok, etcétera. 

La respuesta debe venir por ellos de nosotros, los profesores, y de nuestra conciencia del fenómeno que tenemos ante nuestros ojos. Me explico. Hace 40 o 50 años no se leía más que ahora. Se leía otro tipo de texto. El estudiante estaba más cerca de una tradición escrita –digamos– académica universitaria. Si antes se sabía quién era Unamuno o Cervantes no era porque hubiera uno leído La Tía Tula o las dos partes del Quijote. Lo que no se hacía antes tampoco se hace ahora. Pero el abanico de modelo y tipos textuales era mucho más acotado, influido por un canon. Ello aseguraba que el joven se encuentre con más facilidad en algún momento con Unamuno o Cervantes, por referirme a los autores citados. 

Quiero decir con esto: por más ligera que hubiera sido la experiencia con el mundo de las letras, ella implicaba una experiencia cercana a lo que se esperaba en la universidad. Hoy es muy distinto. Se lee más, pero tipos de textos que no están cerca de los académicos universitarios. Se escribe más, pero no un discurso largo, razonado, sino algo breve, puntual cargado de impresiones y de emociones espontáneas. Por ello, pasar de un post o tuit a una monografía o al Discurso del Método de Descartes es como pedir que se cruce el Atlántico con los pies amarrados. 

Si queremos conservar las humanidades y acercar a nuestros estudiantes a una formación integral, lo que entre otras cosas implica brindarles herramientas intelectuales, cultura, valores para la vida, debemos asumir que la lectura y la producción de textos nos plantean un reto enorme a nosotros como profesores. El reto es pedagógico. Esa es una de las distancias a las que me refería hace un momento. 

Debemos ayudar a los estudiantes a experimentar el mundo de las letras. Debemos leer con ellos, hacer que opinen sobre lo que leen, brindarles textos adecuados, hacer que escriban y que corrijan, pero explicando la razón de la corrección. Debemos ayudarlos a que vivan y disfruten la maravilla que es contar con palabras y modalidades orales y escritas, para decir lo que nos pasa por la cabeza o lo que nos dicen con razón.  

Vayamos a lo simple, a la base; ayudémonos y ayudemos a que los estudiantes descubran la cultura, se conozcan a sí mismos, a su entorno y a todo aquello que nos permite vivir en un mundo en que la diversidad es uno de sus principales tesoros. Si ahora tenemos la sensación de vivir en un hospital, hagamos lo posible por vincular la importancia de las humanidades con nuestro compromiso por una sociedad democrática, justa y con esperanza. Pero sobre todo apoyémonos en nuestra convicción y en nuestra esperanza de construir juntos un mundo mejor.

 

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