Contante y sonante

Senescencia

Se quiere más a las cosas envejecidas, a la chompa para dormir, el cuaderno viejo que todavía tiene hojas para anotar cositas que nadie va a leer...
domingo, 21 de marzo de 2021 · 05:00

Oscar García
Músico y poeta

Sus codos, apoyados sobre una mesa cubierta con un mantel a cuadros, azul y blanco. Manchado, gastado con un número incalculable, por lo inútil, de conversaciones y de bebidas derramadas. Un mantel que cubre a su vez a la madera paciente y envejecida, marcada como las vacas condenadas pero con aros de vasos y de botellas y de pequeños lunares provenientes de quemaduras antiguas con historias almacenadas en la memoria del eco de la habitación.

Sus brazos despejados y valientes, hábiles a la hora de levantarlos para combatir, nunca para rendirse, en alerta, en silencio, como esperando algo imprevisto y súbito, se tensan, se hacen un campo en esta escritura. Su mirada intermitente. Sus labios siempre como a punto de decir alguna cosa. Sin mayor pretensión. Sin la necesidad de una frase maravillosa y definitiva, que cambie el curso de la historia y el curso de los ríos y el curso en el que está ahora su hija lidiando con el número dos multiplicado por el número nueve. 

Luego, su palabra. Una palabra, la elegida de entre mil. La única que en un preciso momento, salva. Las cosas han pasado cuando se las nombró. Los dolores calman, al menos un poco, cuando se los dice. Las heridas cierran cuando se las inscribe en una anotación, en una confesión, en una denuncia. Se elige la palabra que designa, que nombra, que bautiza. Su palabra, una ajada, gastada pero no moribunda, sale para hacerse onda y rebotar en todo cuanto alcance en medio de su viaje. 

Golpea con una vitrina en la que está como haciendo nada, un Buda con manto verde, sentado sobre una moneda de diez centavos de la época en la que un general había tomado un país con tanques y aviones y había sacado de la silla al entonces mandatario. Una toma violenta del poder, sin mayores narraciones ni fábulas que lo factual. 

Al lado de Buda, una copita de cristal fino, una en la que supo haber coctelitos variados y de entre ellos, el más preciado, el yungueñito, con un zumo de naranja salido de naranjas pecosas llegadas de Caranavi casi que con aplausos desde su paso por la tranca. Esas llegadas son dignas de aplaudir. Debajo, un piso debajo de la copita, como olvidado por descuido, un fósforo. 

Qué estaría haciendo ahí, es algo sujeto a diversas interpretaciones. Pudo haber servido para encender un cigarrillo en el momento justo en el que quien lo encendería, decidió dejar de fumar. Pudo haber estado preparado para encender una estufa de la cocina a gas pero la abuela del momento instaló una cocina eléctrica, de regalo. Pudo, el fósforo, haber llegado con un extraterrestre, de noche y nadie se dio cuenta. Puede ser, incluso, que nunca estuvo ahí.

Sus pies, debajo de la mesa, con medias distintas. Una verde la otra roja. Contrarias, necesariamente contrarias. No tienen por qué ser del mismo color así como la gente no tiene por qué pensar lo mismo. Lo igual se convierte en sumisión. No hay más distinción que los nombres y los números del documento de identidad. Lo distinto es peligroso, criticable, causa malestar, no es políticamente correcto. Sus medias desiguales se rozan entre sí, se acarician, se quieren, se saben compañeras en las buenas y en las malas. 

Se están gastando de a poco. Empiezan a envejecer pero con dignidad. Se quiere más a las cosas envejecidas, a la chompa para dormir, la manta para el final del día, el cuaderno viejo que todavía tiene hojas para anotar cositas que nadie va a leer.

Su mirada como siguiendo el movimiento de algo que ni está ni se mueve. Escrutando el espacio, imaginando, escaneando, despejando. Haciendo todo en gerundio hasta detenerse por un largo tiempo en una forma de la pared desportillada para encontrarle formas y darle vida. 

Un león agazapado, una mariposa nocturna en pleno día. Una ballena disfrazada de bolsa para acumular basura, la marca, que no lunar, que tiene en la espalda baja una persona imaginaria con la que pasará los días nuevos sin molestarse, sin empujarse, sin decirse cosas que lastimen, sin motivo. Entonces sacude la cabeza, la caldera está silbando, es lunes, debe tres meses de la luz.

 

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