Identidad

La fiesta en el contexto boliviano: reflexiones

Lo mediático del Carnaval y la reproducción cíclica de nuevas segregaciones. ¿Nos sentimos representados por lo que denominamos nuestra expresión cultural mayor?
domingo, 28 de marzo de 2021 · 05:00

Pamela M. Quino Montenegro Abogada
Erika J. Rivera Abogada, filósofa y magíster en seguridad, defensa y desarrollo.

No hay duda de que la fiesta con mayor apoyo de los medios fue el Carnaval, a excepción de este año por la pandemia. No sabemos con certeza lo que ocurrirá una vez superada la crisis sanitaria. Sin embargo consideramos importante puntualizar que nos encontramos en plena construcción de la identidad plurinacional a través de la diversidad, que es justamente lo que nos enriquece como país. Entonces hacemos gala de la diversidad cultural desde el occidente hasta el oriente boliviano y a través de la fiesta tratamos de demostrar la bolivianidad.

  Crecemos en medio de música y representaciones, que de alguna forma nos invitan a formar parte de un grupo, de recordar nuestro pasado; de a poco nos seducen con sus bombos y platillos a formar parte de lo que muchos definen como parte de la tradición boliviana; la fiesta, el baile y la representación artística en la que se utilizan elementos que conmemoran nuestra historia y que se mezclan con la modernidad. 

   Pero es importante que por un instante reflexionemos en torno a algunas preguntas, como por ejemplo: ¿Es verdad que el Carnaval debería representar la bolivianidad? ¿Nos sentimos representados como bolivianos por lo que denominamos nuestra expresión cultural mayor? ¿Nos sentimos representados por la danza y la música de la que hacemos gala no solo en la fiesta del Carnaval sino en cualquier fiesta patronal? ¿Esta expresión  cultural es realmente positiva y constructiva para el país? 

   Es evidente que las respuestas serán diversas dependiendo del contexto y horizonte que cada uno tenga. Pero también se puede emitir un criterio más allá de la apariencia y de todo el apoyo oficial y privado. La fastuosidad de la fiesta nos impide a veces percibir los aspectos problemáticos. Por otro lado, el temor a la censura como medida ante quien se atreva a un análisis o comentario sobre todas las aristas de una festividad tan importante en nuestro país, funge como una especie de alarma para quienes  pretenden abrir el debate. 

No obstante, desde la perspectiva de diferentes estudios antropológicos y sociológicos se promueven explicaciones interesantes. El antropólogo Javier Reynaldo Romero Flores se refirió particularmente al Carnaval de Oruro en su libro Reflexiones acerca del Carnaval de Oruro (La Paz: rincón ediciones 2008), expresando que “entender la fiesta va a ser encontrar el sentido y el significado, más allá de los referentes de apariencia”. 

“Esa diversión, ese ‘vivir la vida’, encierra en los Andes un tiempo de Kuti (vuelco que remite a una visión cíclica del tiempo en la que los espacios y los procesos se invierten abruptamente una vez cumplido el ciclo), en el que se expresa presencia viva. Es un momento en que la presencia se vuelve testimonio y este significa negaciones, violencias, dominación colonial, pero al mismo tiempo, el sentido de esa presencia remite a contestación, demandas e intentos y búsquedas de descolonización, entre otras cosas”. 

   Estas afirmaciones aparecen sustanciales y profundas en el plano teórico sobre la explicación de la fiesta. ¿Pero este sentido será pleno en la explicación del Carnaval? Sospechamos que no, y aunque pareciera absurdo consideramos que es necesario detenernos un poco en la descripción de lo aparente y su vínculo con lo encubierto, por lo menos en el contexto urbano.

   En primer lugar: ¿Será parte de nuestra identidad la cultura de la ebriedad? No está demás mencionar que en esas fechas cada año las cifras de los actos de violencia se incrementaban. Sucedieron accidentes automovilísticos, feminicidios, violencia familiar y otros actos delincuenciales inducidos por el alcohol. 

Al describir las conductas de los humanos en las graderías, palcos y aceras, vimos por igual a mirones y bailarines haciendo uso y abuso del alcohol. Pero nos gusta llamar identidad y cultura a la mezcla de bailarines, bandas y espectadores atiborrados en las graderías entre vómitos de la ebriedad sin cansancio y los olores fétidos que se extienden hasta el nivel más alto. 

Reclamamos el derecho a la cultura, pero la misma en ocasiones se mezcla con el exceso de alcohol, hasta el punto de que aquello que se ejercía como una expresión cultural pasadas las horas, suele convertirse en una competencia entre quien ingiere mayor cantidad de bebidas alcohólicas, que termina con la parcial destrucción de aceras mojadas entre el convite de alcohol a la pacha, orines y otras sustancias pestilentes, en desmedro de la alegría carnavalera inicial. 

Es lamentable la descripción, pero necesaria y ojo que nos referimos específicamente al carnaval de Oruro. Creemos que sería ilusorio pensar que en los demás departamentos del país no se encuentra un cuadro similar. Nos gusta encubrir lo nauseabundo.

   En segundo lugar: ¿Serán parte de nuestra identidad el derroche y despilfarro? Tampoco está demás mencionar el despilfarro económico de lo que se denomina derroche de alegría. A nombre de la Mamita del Socavón ocurre esto ante la indiferencia de quienes no pueden hacerlo, como por ejemplo los niños, mujeres y hombres que aprovechan para hacer unos pesos para sobrevivir.

 Entonces, preguntamos a los cientistas sociales: ¿Dónde queda la explicación de estos fenómenos que son tapados con las teorías de la reciprocidad y los cambios cíclicos? Nos preguntamos si las provincias y el campo no se inundan de alcohol y desigualdades. No nos atrevemos a responder, pero en el ámbito urbano tenemos la certeza de estas descripciones en la realidad. 

Nos gusta disimular nuestras carencias con la fastuosidad de la fiesta. Así ocultamos la cara de la desigualdad. Lo cierto es que solo pueden ser parte del jolgorio aquellos que tienen lo suficiente para adquirir las telas importadas de China, aquellos que tienen el poder para pagar las altísimas cuotas para formar parte de un bloque de danzarines con el único derecho a bailar con ellos y a nombre de determinada fraternidad o conjunto folclórico, porque el costo del traje tiene asignado otro presupuesto. 

De modo que el bailar a nombre de la patrona del Carnaval, con el pasar de los años se ha convertido en quién puede pagar más para demostrar su fe. Todos los demás tienen la opción de ser espectadores de la fiesta o de lo contrario, aprovechar el momento para generar ganancias en favor de sus familias, o sea, vivir de la fiesta.  

 En tercer lugar: ¿Será parte de nuestra identidad el cultivo del ego individualista? Los sociólogos se desviven construyendo explicaciones acerca de la fiesta a través de los horizontes históricos y las prácticas culturales, los espacios sociales, apropiaciones y alternancias, ritualidad y espacio festivo, construcción de referentes, fiestas patronales en Bolivia, narrativa e imaginarios y un largo etcétera. 

Nos atrevemos a decir que la fiesta por las calles urbanas se reduce al cultivo del ego a través del lucimiento corporal y como espacio de relaciones interpersonales banales y superficiales, dirigidas a satisfacciones individuales. Así como cada detalle de los trajes rememora un momento dentro del relato del Carnaval, del mismo modo buscamos un motivo para la tergiversación o añadidura de elementos propios de la sensualidad, modernidad y estereotipos asignados a hombres y mujeres. 

El entusiasmo por las nuevas tendencias, en ocasiones nos aleja de lo que denominamos como herencia cultural. Las críticas momentáneas en algunos medios de comunicación, rápidamente son acalladas por los defensores de la moda en desmedro de la tradición. Sin embargo, preferimos hablar del tiempo cíclico de la reciprocidad.

 En cuarto lugar: ¿Será parte de nuestra identidad la indiferencia ante la economía informal? Debemos decir que no hemos visto lazos de solidaridad entre las personas de grandes capitales y aquellos que poseen mucho menos. Sobre todo los pequeños capitales están lanzados al libre mercado de la economía informal. Familias enteras acumulan peso a peso para la supervivencia cotidiana. Carnaval es una oportunidad al igual que cualquier otra fiesta patronal porque será el espacio donde habrá el circulante. Sin embargo, ¿hasta cuándo será nuestra forma de generar economía? Hemos naturalizado la informalidad de tal forma que nos olvidamos de cuestionar nuestro modelo económico.

 ¿Será esto parte del vivir bien? Este es el espacio en el que nos conformamos de acuerdo a las posibilidades de cada quien y hacemos gala de nuestra gran indiferencia. Nos da igual que en Carnaval sobreviva cada quien como pueda. A nombre de la fiesta no cuestionamos nuestra responsabilidad social, ni tampoco la necesidad de una transformación profunda de la economía. La informalidad vuelve a reproducir las grandes desigualdades. 

   Atrás hemos dejado las tragedias que desafortunadamente se presentaron en medio de la fastuosidad carnavalera, como por ejemplo el desplome de la pasarela mientras se desarrollaba el Sábado de Peregrinación o el estallido de una garrafa de gas. Ambos hechos, aunque no en la misma gestión, ocasionaron heridos de gravedad, así como personas fallecidas. 

Sin embargo, el Carnaval continuó a pesar del llanto y angustia de los danzarines o espectadores, la fiesta prosiguió. En nombre de que todo el dinero invertido no podía desperdiciarse, de que a las bandas de músicos debían pagárseles de igual forma y otro tipo de transacciones debían realizarse y no obstante de la tristeza de propios y extraños, el baile continuó tan solo unas horas después de esos sucesos. 

Todos tenían el deber de llegar a su parada final, el Socavón, así como todos debían hacer valer su inversión. Más allá del apoyo al movimiento económico de los trabajos informales que se alimentan del Carnaval, la premisa parecía vincularse más hacia no perder todo el dinero recaudado por cada danzarín para formar parte de la fiesta. Más que generar el movimiento económico de gran parte de una ciudad, el mensaje fue claro; sin importar consecuencias el show debía continuar.

 En quinto lugar: ¿Será parte de nuestra identidad la tolerancia con respecto a la mediocridad musical? Hablar de la música es lo más decepcionante. La música actual expresa la frialdad y la brutalidad de las relaciones entre los individuos. Agregaríamos sin miedo que denominamos nuestro orgullo musical a la violencia encubierta a través de morenadas que expresan sin tapujos: “Cuanto cuestas cuanto vales amor mío…”, “me dicen mandarina…”, “fría tan fría como la cerveza…” y una infinidad de textos y refranes que también encubren una sociedad machista, violenta y de grandes segregaciones. 

   La música –así como otras artes– influye en la construcción de nuestra identidad. Recibimos algunos mensajes que se encuentran en ella (con excepción de la música netamente instrumental) y replicamos todo aquello que escuchamos. Pareciera que no estamos conscientes del daño que el arte de la música puede provocar, tal vez no de forma directa ni inmediata. 

Preferimos cerrar los ojos ante las consecuencias de los micromachismos insertos y normalizados en la música y que se utilizan como mecanismo para continuar con la promoción de violencia de género, en ocasiones para el establecimiento de la masculinidad hegemónica. 

Se dice que el Carnaval y la fiesta en las calles son la conquista del pueblo en desmedro de las élites, donde salen a relucir fechas y procesos históricos de la etapa prehispánica y de la republicana, y asimismo el ascenso de la minería y de los nuevos comerciantes de extracción popular. Sin embargo, nadie habla sobre esta violencia inmersa en las letras musicales que supuestamente nos debe hacer sentir orgullosos de nuestra identidad plurinacional. 

El baile, la música y las letras también nos muestran las nuevas segregaciones. Por ejemplo: para ciertos sectores que disfrutan de la fiesta no somos nada si no poseemos patrimonio. Incluso dentro de la música se encuentran nuevas formas de discriminación y estratificación social. En el afán de continuar con la fiesta y el baile, no escuchamos críticamente cada uno de los mensajes, pero los textos musicales reflejan las visiones de ciertos sectores en los que si no se tiene, no se es nadie. ¿Dónde queda el rito, la fe, la devoción, la reciprocidad? Es evidente que hace falta una investigación seria sobre el sentido de la música en su relación con la realidad.

   En sexto lugar: ¿Será parte de nuestra identidad el encubrimiento de nuestra miseria cultural como pueblo recurriendo a argumentos altisonantes como identidad y diversidad cultural? 

   La respuesta a estas preguntas puede ser de amplitud diversa. Sin embargo, consideramos que somos un país de individuos lanzados existencialmente a la economía informal. La lluvia carnavalera no sólo trajo la reproducción cíclica rural, sino que también mostró en las aceras urbanas la miseria y la segregación. La fiesta tapa lo otro. Muchos no aceptamos la hediondez y la putrefacción, disimuladas mediante la construcción de la ritualidad. Preferimos permanecer encandilados con el brillo de ingeniosos trajes folclóricos y las representaciones escénicas acompañadas de ritmos enigmáticos y que relacionamos con nuestra historia, con nuestro pasado.

 Pero el Carnaval también debería ser el tiempo de reflexión de lo que somos y de lo que construimos. Debemos percatarnos de que también es la reproducción cíclica de nuevas segregaciones y de aquello que preferimos negar lo que sucede en nuestras narices. La disidencia empieza cuando percibimos la injusticia encubierta de un mundo que aparenta ser perfecto.

 Entre caretas y bordados de lujo, se confunde y se difumina nuestra bolivianidad o lo que en torno a la fiesta se ha construido como el “ser boliviano”. Más aún ahora que dicen que nos encontramos en el tiempo del Pachakuti: ¿Será que los bolivianos estamos preparados para transformaciones cualitativas? Practicamos Sodoma y Gomorra y así nos quedamos en las transformaciones aparentes. Cada año repetimos nuestros vacíos y frustraciones, pero a eso nos gusta denominarlo cultura. Es posible que cientistas sociales rechacen nuestra visión crítica sobre la fiesta, pero la última palabra la tiene el lector que tiene la facultad de reflexionar en torno a la teoría, la realidad y su propia experiencia.

 

 

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