Poéticas

Partes de la poesía

Pequeña indagación sobre la suerte de la poesía y su público, la poesía y su cultivo en otros lados.
domingo, 28 de marzo de 2021 · 05:00

Juan Cristóbal Mac lean E. Escritor

Habíamos comentado, en el número anterior (quedándonos a medias), sobre dos fuertes polos en que hoy se mueve la poesía. Simplificando mucho (muchísimo), en un extremo hay una poesía muy culta, que requiere de lectores casi especializados en su lectura, mientras que en el otro polo la poesía procura no alejarse del lector común, se acerca a la canción, alcanza popularidades de poster o postal. Entre y uno y otro extremo hay un inmenso campo recorrido por toda clase de poéticas, en todos los itinerarios posibles, más o menos cercanas a cualquiera de esos polos.

Estos temas inquietan por todas partes y es bueno echarle una ojeada, como ejemplo, a la forma en que se planteó estos asuntos Dana Gioia  en un número de The Atlantic 1991:  Can Poetry Matter?  ¿Puede importar la poesía?, o ¿Qué importa la poesía? Aunque parezca viejo y centrado en su país, el artículo acaba de ser traducido al francés, lo que demuestra  el carácter más general y de fondo que toca, capaz de suscitar similares interrogantes por doquier.

Desde su mismo principio, el ensayo deja clara su principal inquietud: “Ahora la poesía estadounidense pertenece a una subcultura. Ya no forma parte de la corriente principal (mainstream) de la vida artística e intelectual, se ha convertido en la ocupación especializada de un grupo relativamente pequeño y aislado. Poco de la frenética actividad que genera llega alguna vez fuera de ese grupo cerrado”.

A lo largo de su artículo, Gioia va ilustrando y argumentado la condición tan paradójica de la suerte de la poesía en su país: por una parte nunca había recibido tantas becas, ni tenido tantas manifestaciones, talleres y festivales, cursos, honorarios, y ello al mismo tiempo que se divorciaba del público que no fuera casi-especializado y al cual la poesía no le importa mucho más que un comino.

Los números son verdaderamente impresionantes:

“Nadie sabe cuántas lecturas de poesía se realizan cada año, pero seguramente el total debe ascender a decenas de miles. Y ahora hay alrededor de 200 programas de posgrado en escritura creativa en Estados Unidos, y más de mil programas de pregrado. Con un promedio de diez estudiantes de poesía en cada sección de posgrado, estos programas por sí solos producirán alrededor de 20.000 poetas profesionales acreditados durante la próxima década. A partir de tales estadísticas, un observador podría fácilmente concluir que vivimos en la edad de oro de la poesía estadounidense”.

 Lejos de ello, se afirma más tarde, pues nunca volvió a haber poetas de la talla de Eliot, Pound, Auden, Yeats… por mucho que sí hubo y hay excelentes poetas (y se podría citar otra larga tira de nombres). Pero de semejante dimensión, y aún dotados de un aura tan particular y respetuosamente consentida, no los volvió a haber. O así cree Gioia, como también lo había dicho Joseph Epstein antes, en su no menos inquietante artículo Who killed poetry de 1988, mientras ambos derivan, inevitablemente, del clásico de 1934 de Edmund Wilson: Is verse a dying technique?

Y volviendo a la anterior cita, nos resulta realmente sorprendente, casi como un malentendido –que no lo es–  que se llegara a hablar, por tan lejanos lados, de “poetas profesionales acreditados”, lo cual nos suena inmediatamente incongruente, en contradicción con el habitual (y por lo visto arcaico) imaginario del poeta, justamente como aquel reacio a formalidades de tal naturaleza, el fuera-de-orden por antonomasia.

Ya Gombrowicz, escribiendo contra los poetas, se quejaba: “hoy se es poeta, como se podría ser ingeniero o doctor!”.  Y encima, en su artículo, Gioia prevé a 20.000 de estos “poetas profesionales”.  Ante semejante cifra, nos parece estar en territorios de la ciencia ficción y aunque esto pueda llegar a parecernos todo lo extraño y hasta extravagante que se quiera (digno de inquietar a una sociología literaria), al mismo tiempo nos fuerza a vernos y recordarnos a nosotros mismos, por contraste y en el extremo más alejado de las periferias: ni en toda Bolivia, en efecto, habrá más de unas pocas docenas de practicantes de la escritura en verso. El universo de lectores (y compradores) de poesía, a su vez, también es acordemente pequeño.

 La pregunta sobre la situación y posición de la poesía, en estos lados, no puede ignorar esa su condición radicalmente inversa: quizá no haya, simplemente, la “masa crítica” (ni de escritores ni de lectores de poesía) suficiente como para adjudicarle un sitial verdaderamente significativo entre las expresiones artísticas. Pero tampoco se podrá ignorar, paralelamente, la gran caja de resonancia hispano/latinoamericana en la que, aunque periferia de la periferia, igual está inmersa. “La verdadera patria (menos mal) es el idioma…” etcétera.

El artículo de Goia, en todo caso, prosigue subrayando el contraste entre ese carácter de boom de la actividad poética, restringido eso sí a sus cultivadores-militantes, y el hecho de que, fuera de ese círculo estrecho, la poesía no desborda a ningún otro público, como antaño sí lo hiciera.  Lejos de ello y a contrapelo de su propio éxito difusivo inter-pares, llegaría a constituirse en una “triste periferia” equiparable, en otros ámbitos, a aquella de la que gozan la kinesiología, o la homeopatía, respecto a la medicina general vigente.

Que valgan, todas esas particulares y viejas noticias, nada más que como contrastes y alicientes para plantearse temas aledaños, o los mismos, en otros tiempos y geografías. También ignoramos, ni tenemos la competencia para saberlo, cuál sería un diagnóstico actualizado de la poesía norteamericana. Una poeta acaba de ganar el Nobel y en los artículos citados no se veía lo que se iba a venir y que hoy se ve, por ejemplo, en las portentosas poetas en el idioma inglés, como Louis Gluck, la que ganó el Nobel, o Jorie Graham o Anne Carson, Alice Oswald…. (todas, por cierto, requieren de lectores cultivados).  

Tampoco se sabía hace treinta años, ni yo mismo sé más de lo que se ve en una búsqueda, sobre el impacto que tendrían sobre la poesía las nuevas plataformas virtuales de lectura. Véase el caso de la muy joven Sabrina Benaim: la (muy buena, véanla) lectura de un poema suyo, Explaining my depression to my mother, ha sido reproducida más de 5,5 millones de veces… Y, ya que estamos, supongo que habría que añadir, todavía, la poesía en Instagram, los casos de masivos éxitos/Instagram de también jovencísimas poetas; creo recordar, en alguna Babelia de El País, del caso de una muchacha española exitosísima.  Por supuesto que, inmediatamente saltan, ya también y agarrándose las mechas, los defensores de ciertos parámetros de calidad en poesía, rebalsados en provecho de efectos inmediatos y emotivos. La cursilada universal, dicen.

Pero guardando ya (por razones de espacio) el periscopio con el que estuvimos espiando mares tan lejanos, ¿hay algo que saquemos en limpio sobre la poesía y su ejercicio, aparte de enterarnos respecto a semejantes curiosidades? Lo dudo, aunque todo esto, eso sí, debiera servir para agitar la conversación, lo cual ya es algo.

 

 

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