Literatura

Apártate, que me estás tapando el sol...

Una opinión en torno a dos obras de Mario Vargas Llosa y dos de Gabriel García Márquez, en el contexto de sus diferencias ideológicas.
domingo, 11 de abril de 2021 · 05:00

Augusto Vera Riveros    Abogado

En los años de mi pubertad, no sé si fue un acierto o un error haber acudido a Cien años de soledad como primer ensayo de lectura seria en novela. La experiencia me dejó un sabor amargo porque por entonces ya había escuchado tantas veces sobre ella y de todas maneras no la terminé de entender. Con los años, luego de leer casi toda la obra narrativa de Gabo, ya sólo pude hojear la mencionada obra muy de paso, lo que me permitió tener una convicción más cabal de ella.

Del otro lado, por así decirlo, ya con mucha más madurez, leí Conversación en la catedral, además de anteriormente y después haber leído una parte de la obra de Mario Vargas Llosa. La producción literaria, como sabemos, es muy amplia en el escritor peruano, de modo que presumir de haber leído siquiera una mayoría sería deshonesto. Así y todo, creo tener un buen referente de algunos de sus más connotados escritos. 

Y desde mi modesto punto de vista, sin desmerecer obras tan fundamentales como El coronel no tiene quien le escriba o El amor en los tiempos del cólera, por una parte, y La ciudad y los perros o El sueño del celta por el otro, solo por destacar y para no traicionar la equidad para ambos, son las antedichas novelas (que además son coetáneas, 1967 y 1969 respectivamente) las obras cumbre de los insignes escritores. 

Pero bien, ¿qué separa a uno del otro? y ¿qué los identifica a quienes la historia de la novela latinoamericana de todos los tiempos puso en lo más alto del podio –yo diría compartido–? Porque, sin nombrar a nadie más para no cometer injusticias indeseadas, desde lo más septentrional hasta lo austral de la América hispana, creo que no hubo otro gigante más de la literatura narrativa en castellano para compartir pedestal con ellos dos.

Mas, a la hora de compulsar su genio, al originario de Aracataca y al nacido en Arequipa, si algo los ha distanciado más allá de sus rencillas personales fue la visión política diametralmente opuesta que el uno y el otro abrazaron. Cierto es decir que la simpatía de García Márquez por Fidel Castro y la Revolución cubana fue como echar sal en la llaga de un Vargas Llosa; eso hizo que, desde muchos años antes de la muerte del primero, cortaran por lo menos la estrecha amistad epistolar que comenzó en la década de los 60. 

Un hecho común en ambos fue su inicio en el periodismo: uno como cronista en El Universal de Cartagena, el otro como reportero en La Crónica de Lima. Pero es indudable, como siempre pensé incluso respecto a otros cultores de la literatura, que el ejercicio del oficio comunicacional constituye un plus para quienes, como ellos, ya tienen un talento natural que les ha permitido, primero, adquirir un compromiso con su mundo contemporáneo y, con ello, enriquecer su creación literaria. 

Esa simbiosis hizo que ambos produjeran varios títulos con el estilo y la versación de la realidad plasmada en sus argumentos. En uno y otro caso, ser periodistas, y en el género que lo fueron, les ayudó a afinar sus recursos literarios que, sumados a su olfato noticioso, redundaron en la búsqueda y el encuentro de lo que era llamativo y podría despertar el interés del lector.

Y aunque ambos con distintas técnicas, y que en lo suyo las dominan envidiablemente, haber ejercido el periodismo les permitió no sólo contar hechos salidos de su fecunda imaginación, sino combinarlos con el enfoque realista que dominan, haciendo de sus propias experiencias los pilares fundamentales del conjunto de su obra. 

El amor en los tiempos del cólera, por ejemplo, basada en un pasaje familiar muy próximo a su autor, o Conversación en la catedral, nacida de sus propias convicciones sobre la realidad política de su país natal, en el caso de Vargas Llosa, están marcadas por un alto grado de intelectualidad que está asociada a una pluma que se desliza por el papel como el salmón en el mar. El peruano una vez dijo: “La práctica del periodismo era una manera de estar al día porque era una de las fuentes más ricas para su trabajo (de escritor)”. A su vez, Gabo sostenía: “Acaso no sea más valioso contar honestamente lo que uno se cree capaz de contar por haberlo vivido, que contar con la misma honestidad lo que nuestra posición política nos indica que debe ser contado, aunque tengamos que inventarlo”. 

Al final, si nos sostenemos en la definición extremadamente general y breve, pero no por eso simplista, de Edward Said, en sentido de que “los intelectuales trafican con ideas”, por supuesto que ambos escritores lo han hecho en todo el bagaje de su producción. Así pues, Vargas Llosa, dada su posición liberal más próxima a la “derecha”, hace notar claramente su posición política en sus novelas, por lo menos lo hace más claramente que García Márquez, quien, con una simpatía por la Revolución cubana más que por marxismo ortodoxo, exterioriza su posición con mucha más prudencia y a través de imágenes y metáforas, poniendo de manifiesto más su talento narrativo. Pero no cabe duda de que en ambos creadores hay una subsunción ideológico-intelectual respecto a las tramas magistralmente hilvanadas.

Ahora bien, a ambas novelas cumbre –siempre desde mi óptica literaria– las separa una gran diferencia substancial en cuanto a su respectiva configuración espacio-temporal. Es decir, Conversación en la catedral se sitúa en lo inmediatamente anterior y posterior al Gobierno de Manuel Apolinario Odría (1948-1956). Cien años de soledad, por otra parte, abarca algunos siglos de un lugar imaginario y, lo más importante, queda fuera de la temporalidad histórica. 

Las yuxtaposiciones formativas de ambos escritores son varias; los estilos, no tanto. Las temáticas en la obra general de cada uno tienen nexos importantes con sus propias vidas. Sus tendencias políticas colisionan irremediablemente. No obstante, ninguno ha desacreditado la obra del otro; al contrario, sobre todo Vargas Llosa ha vertido conceptos laudatorios en favor de la obra de Gabo. Por eso, y sobre todo las laureadas dos novelas, aunque no excluyentemente de otros títulos suyos, están dejando de pertenecer como a lo más influyente del siglo XX únicamente, para convertirse en títulos de la literatura clásica universal. 

A ambos el destino los puso en la misma época y se llevaron el mayor premio de literatura que existe. Por eso me apropio de la respuesta que la leyenda atribuye al menesteroso Diógenes, cuando Alejandro Magno lo abordó en la calle para preguntarle si podría ayudarle en algo para mejorar su situación: “Sí, apártate que me estás tapando el sol”.

Tengo la sensación –porque no hay evidencia alguna de que así ocurriera– de que García Márquez y Vargas Llosa, sin proponérselo, se hacen tal sombra que ninguno puede alcanzar brillo sobre el otro.

 

AVISO IMPORTANTE: Cualquier comunicación que tenga Página Siete con sus lectores será iniciada de un correo oficial de @paginasiete.bo; otro tipo de mensajes con distintos correos pueden ser fraudulentos.
En caso de recibir estos mensajes dudosos, se sugiere no hacer click en ningún enlace sin verificar su origen. 
Para más información puede contactarnos

Valorar noticia