Aullidos de la calle

El mundo no es lo que uno espera

En Another Round, Thomas Vinterberg nos cuenta una historia que es difícil de ver, y con la que es fácil empatizar, una historia en torno al alcohol...
domingo, 11 de abril de 2021 · 05:00

Mónica Heinrich V.  Reseñista y cinéfila de corazón

Thomas Vinterberg tenía 29 años cuando estrenó Festen (La celebración) en 1998. Aún recuerdo escenas bastante específicas de ese universo, Cristian y su esposa en el baño, o el famoso brindis. “Gracias por todos estos buenos años”. Festen fue la primera película del Dogma 95. Sí, muchos recuerdan el dogma como una paja creada por cineastas poseros. Pues esos cineastas “poseros” eran el mismo Vinterberg y Lars Von Trier. 

Luego, Vinterberg terminaría renunciando al purismo del Dogma y seguiría su carrera fílmica de manera más convencional. De esa filmografía podemos rescatar Dear Wendy   (2005) que tiene seguidores y detractores, la amarga Submarino (2010) y  la polémica The Hunt (2012). 

A primera vista, hay puntos en común en sus trabajos. Suelen tener personajes atormentados, su trama se champa y se revuelca en el drama, y el autor ejerce una mirada crítica desde su obra. Casi moralista y paternalista.

Por eso, no es de extrañar que esos mismos elementos aparezcan en su más reciente filme: Another Round. 

Vinterberg nos cuenta una historia que es difícil de ver, y con la que es fácil empatizar. Si podés plantearte la película desde ese momento de la vida donde los fracasos son mayores a los triunfos, y la ansiedad kierkegaardiana amenaza con devorarlo todo, podrás generar cierta condescendencia con nuestro buen amigo Martin (el gran Mads Mikkelsen).

Martin es un profesor de historia desmotivado, cuyo matrimonio está en estado catatónico y que, en general, parece atravesar una depresión clínica. En la celebración del cumpleaños de un colega, termina contándole a sus amigos sus tristezas. Entre charla y charla, trago y trago, el colega que es profesor de psicología cuenta que el filósofo/psiquiatra noruego Finn Skarderud, afirmaba que el ser humano venía al mundo con un 0,05% de déficit de alcohol en la sangre. Ajá, si la persona consumía ese 0,05% diario podía manejarse mejor emocional y socialmente.

 Lo lanza como un tip, como la anécdota para disfrutar otra copita. El festejo continúa, y cada uno parte a su casa, pero Martin, el buen Martin, se queda con el bichito del 0,05% y decide probarlo. Así que empieza a dar clases a sus adolescentes estudiantes un poco alcoholizado. Luego, sus amigos se unen al proyecto y lo toman como un “estudio”. 

El guion, escrito por el mismo Vinterberg, acoge como una madre a sus cuatro personajes principales, y los presenta en pantalla como estos cuatro hombres de mediana edad que buscan algo, un sentido, una validación, una sensación de felicidad. 

El profesor de gimnasia Tommy (Thomas Bo Larsen, a quien hemos visto en The Hunt y en Festen), el profesor de psicología, Nikolai (Magnus Millan, a quien hemos visto en La comuna) y el profesor de música, Peter (Lars Ranthe, a quien hemos visto también en La comuna) convierten al acto de empinar el codo en su momento de solaz y en su muleta existencial favorita.

Como cualquier alcohólico.

Quizás como espectadora me parecía un poco facilista que cuatro adultos formados, uno de ellos psicólogo, otro de ellos dedicado al entrenamiento físico, nunca se hubieran planteado dentro del guion las contradicciones y consecuencias que podría tener el experimento.

También, el recurrir a ejemplos de alcohólicos famosos como Churchill o Hemingway para justificar el experimento se puede esperar de un, digamos, adolescente, pero ya para ciertas edades o formaciones, es como bastante obvio que la gente talentosa o genial que fue alcohólica o drogadicta, desarrolló sus virtudes no gracias a sus enfermedades, sino a pesar de ellas.

Vinterberg, en todo caso, nos quiere dar una lección. El poster de Mads Milkensen en pleno éxtasis alcohólico y pasándolo chancho, el título original en danés que es Druk (Borracho), el paralelismo entre el juego ¿tradicional? danés de darle la vuelta al lago bebiendo como si no hubiese un mañana, las palabras de la esposa de Martin: “En este país, todos beben como maniacos”, el pequeño collage de figuras políticas borrachas en público.

Hay una admonición, un causa y consecuencia, un “va a ir bien hasta que deje de ir bien”. Y cuando sucede lo que sucede con el personaje de Tommy, tuve miedo. Pensé que Vinterberg iba a llevar su fábula del “beber para poder vivir aunque luego todo se vaya a la mierda” hacia un lugar casi puritano.

Pero no, Vinterberg, de la mano de Mads Mikkelsen, te da un final hermoso. Tan hermoso, que podés olvidar, o mejor dicho, perdonar sus forzadas metáforas.

Y claro, te quedás con las palabras de Kierkegaard que resuenan desde el letrerito que ponen al inicio de la película. Eso sobre que la juventud es un sueño. Y después buscás la frase completa y descubrís que es parte de sus escritos estéticos agrupados en Diapsálmata. Y leés, en este abril pandémico, su primera línea: Ahora, tan solo añoro mi primera añoranza.

Ah, Vinterberg. Qué ganas de tomar una copa de vino.

 

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