Perfil

Roy Bourgeois, Bolivia y la Escuela de las Américas

Un homenaje al sacerdote que luchó contra los abusos y que llamó a los bolivianos sus “maestros inolvidables en el arte de sobrevivir dictaduras”.
domingo, 11 de abril de 2021 · 05:00

Humberto Párraga Chirveches Escritor

 

Hubo un tiempo en que los universitarios de San Andrés solían preguntar del paradero del sacerdote norteamericano Roy Bourgeois, especialmente después que fue expulsado de Bolivia por la dictadura de Hugo Banzer Suarez, durante su primera presidencia (1971-1978). Sin embargo, gradual- mente, las preguntas mermaron, al punto de que –sin temor a ninguna exageración–? se podría decir que, en las últimas décadas nadie pregunta, y –lo que es peor– nadie parece saber quién es él. Igualmente, nadie parece recordar por qué su presencia en Bolivia fue juzgada problemática –para la dictadura– al extremo de que su expulsión devino la solución elegida.                                                    

Quizás por eso, si al presente, alguien preguntase “¿quién era Roy Bourgeois?, yo, con un dejo de sorpresa y de tristeza, replicaría: “Un sacerdote dedicado a la defensa de causas justicieras, para quien Bolivia y, por extensión, Latinoamérica, fueron el objeto de su  amor cristiano”.                                                                                              

Empero, para entender la sinceridad de su compromiso, sería necesario regresar al pasado, en una breve cronología de los eventos precedentes a su llegada a Bolivia. Su historia no es sólo la historia de un hombre, sino de un alma en busca de su propio destino. Un alma valerosa y estricta que siguió sin vacilaciones, sendas rectilíneas y peligrosas para combatir la vergonzante oblicuidad de las injusticias sociales.            

                                                                                                           

Bourgeois llegó a Bolivia –el lugar de su primera misión– en  agosto  de 1972. No era, ciertamente, un sacerdote jovencito e ingenuo. A la edad de 34, ya había perdido su ingenuidad sirviendo en la Marina de Estados Unidos y participando en la guerra de Vietnam, como patrullero voluntario en las  peligrosas playas de la costa, no muy lejos de Saigón. Si Bourgeois había sido crédulo de la idoneidad de sus gobernantes,  perdió su credulidad duran te su contacto directo con los bochornosos sucesos de la conflagración.                                      

En su opinión, fue allí que –en el fragor de la guerra– perdió la esperanza, pero, casi milagrosamente, halló la fuente de una nueva inspiración en la persona de un sacerdote católico canadiense llamado Lucien Olivier; un genuino “pacifista” que  poseía el don de aliviar el dolor físico  de unos 150 niños vietnamitas, huérfanos de guerra. Olivier ofrecía a los niños abrigo y compasión en proporciones casi iguales. 

Bourgeois se convirtió en su ayudante. Algunos niños mostraban la evidencia física de amputaciones, aparte de las heridas invisibles del espíritu. Las fotografías de un Bourgeois joven –con su cara de niño– rodeado de un grupo de huérfanos, evocan una inevitable reacción visceral. 

Pero eso no fue todo. Bourgeois cayó herido, recibiendo, subsecuentemente, la condecoración del Corazón Púrpura. Más tarde, Bourgeois ingresó a la orden de Maryknoll y sus estudios no sólo de Teología y Filosofía, sino de apertura al activismo, se extendieron por seis años. Participó en manifestaciones contra la guerra de Vietnam, siendo arrestado varias veces. (Me lo dijo durante una conversación: él necesitaba esa confrontación, para que su conciencia lo dejara dormir). 

Como seminarista, Bourgeois retornó a Saigón durante un verano para realizar trabajos, supervisado por el padre Olivier. Allí vio que el antiguo orfelinato había sido abandonado, pero los niños, aunque hacinados en habitaciones –en la bruma apocalíptica de la ciudad bombardeada– mantenían una actitud positiva. El hecho de que varios niños ya lo conocían hizo  su pasantía productiva, enfocada en la búsqueda de asistencia médica y en la oportunidad de caminatas en el desolado zoológico de Saigón. Esta segunda visita definió el rumbo de sus futuras actividades misionarias.

   El sacerdote en Bolivia

En suma, ése era el sacerdote que había llegado a Bolivia. Situado en Cochabamba para recibir entrenamiento, conoció a otros sacerdotes y monjas de la misma orden, asignados a Bolivia o haciendo escala.

 Bourgeois hizo trabajo voluntario en un orfelinato y un hospital percatándose, gradualmente, de las restricciones impuestas por la dictadura en ciudadanos corrientes que habían sido  azolados por la violencia de la pobreza y el abuso. 

Descubrió que las fuerzas militares nacionales habían sido entrenadas por expertos militares y agentes de la CIA  para combatir la insurgencia socialista, representada por obreros y estudiantes.  Entonces, había escrito una carta al New York Times –publicada en febrero de 1973– denunciando las contradicciones del entrenamiento ofrecido en La Escuela de las Américas (EDA) a militares de un número de países latinoamericanos.                                                                                

Su traslado a La Paz tuvo un inicio poco auspicioso, ya que sufrió un accidente en la motocicleta que conducía. Su clavícula fracturada sufrió una infección que, por su gravedad, le forzó a retornar a su país. Convaleció en la casa de sus padres, en Lutcher, Luisiana, casi al punto de convencerse de que Bolivia no le avenía. Pero, bastó un llamado de su superior, para que retornara a La Paz, donde pronto se sumió a  actividades comunales, consciente de que aún ese tipo de actividad era mal vista por la dictadura. Él sabía que otro misionero –dedicado a la habilitación de un hospital– había sido asesinado en Tolata, Cochabamba. Además, los agricultores de ese sector, que bloquearon la carretera  en protesta, habían sido masacrados por soldados bien armados y con atuendos de guerra.                                                                                                                 

En el barrio de Villa Carmen, Bourgeois empezó sus actividades, con la ayuda del dirigente Jorge Rosso. Buscó el contacto directo con la gente y celebró misas al aire libre, rechazando la oferta de algunos dirigentes de construir una iglesia. No quería imponer más obligaciones a la comunidad. 

Gradualmente encontró su lugar, aunque de inicio los niños le habían abierto las puertas, porque Bourgeois participaba en sus partidos de fútbol, siempre en calidad de arquero, por la cuestión de la altura. 

Lo llamaban Roy Rogers. Su esfuerzo para concatenar la alfabetización y la educación prima- ria se hizo cada día más evidente, así como su nivel de aceptación en la comunidad. En modestas habitaciones, hechas de adobe, él empezó la actividad escolar. 

Esperaba la participación de 125 niños, pero llegaron 275. Luego vino la biblioteca y el resto del edificio, producto de una conjunción de esfuerzos comunitarios. El edificio llegó a ser la sede de todas estas actividades y más tarde de la cooperativa de tejidos que dio trabajo a las mujeres, que demostraron habilidad y sentido comercial. 

Posteriormente, inauguró un policlínico para la atención médica de los comunarios.      

                                                                                                                          

Fue entonces que Bourgeois –lo dice abiertamente– se suscribió a la Teología de la Liberación, pero no empuñó el fusil, ni se marchó con las guerrillas, sino que retornó a EEUU y se dirigió  a Washington para denunciar ante los miembros del Congreso el  hecho de que la EDA, entrenaba a militares latinoamericanos en el uso de métodos de represión  y tortura. 

A su regreso a Bolivia, Bourgeois era un hombre marcado. Sus amigos más asiduos fueron Gregorio Iriarte, un misionero oblato, y el jesuita Luis Espinal, que editaba el semanario Aquí y denunciaba abusos. Espinal fue asesinado durante la hegemonía militar de García Meza.                                                                                     

Bourgeois se había hecho estudiante de la UMSA para adentrarse en el idioma y el ambiente. Participó en asambleas con estudiantes que inicialmente habían rechazado su presencia, temerosos de que fuera un agente de la CIA.  Designado capellán de los presos del Panóptico, se interiorizó aún más de la agresiva participación de la CIA en la enseñanza de brutales métodos de interrogación en la EDA. Se había enterado también de que Banzer Suarez era un graduado sobresaliente  de la EDA.                                                                                                     

Bourgeois colaboró con el arzobispo Jorge Manrique  luego de percatarse del delicado rol del arzobispo en equilibrar la autonomía eclesiástica con  las exigencias dictatoriales. 

Nuevamente, escribió cartas al New York Times. Participó frontalmente en reuniones comunitarias y universitarias, hasta que fue detenido al salir de uno de esos encuentros. Lo retuvieron en la cárcel por una noche, pero al día siguiente fue rescatado por el representante de su embajada y el representante comunitario. Fue deportado del país después de cinco años de actividad misionaria. Su pasaporte mostraba la evidencia de su expulsión y prohibición de entrar a Bolivia en el futuro.                                                                                                 

Bourgeois viajó personalmente a Washington. En su indignación generalizada, devolvió su medalla del Corazón Púrpura al Pentágono con una nota descriptiva de los quehaceres de la EDA.  Sintió   que había perdido su rumbo y que su corazón había quedado en la ciudad paceña. Trató de volver a Bolivia, varias veces, sin éxito. Trabajó con agencias de asistencia a los pobres en Chicago hasta que, en marzo de 1980, le llegó la noticia del asesinato del arzobispo Oscar Romero y de cuatro religiosas que ayudaban a los desamparados en El Salvador, por soldados derechistas, entrenados en la EDA. 

Estos hechos lo obligaron a reanudar su lucha, mostrando franca repulsa a las acciones de esa agencia a la que  llamó la “escuela de los asesinos, dictadores y golpistas”. Este periodo marcó su travesía del silencio a la solidaridad que culminó con su decisión de rentar un departamento pequeño, casi al frente de la entrada al Fuerte. Esa entrada estaba ornada con el consabido letrero: “Bienvenido al Fuerte Benning”.                                                                                                                                      

En los 25 años subsecuentes, Bourgeois se convirtió en un crítico  implacable de la EDA. Con admirable tenacidad empezó un ocupado itinerario de entrevistas en radio y televisión, conferencias en numerosas universidades y colegios, cartas abiertas publicadas en diferentes periódicos, mencionando en el decurso de sus entrevistas –con una regularidad que llamó mi atención– a Bolivia y a los bolivianos, a quienes él llamaba sus “maestros inolvidables en el arte de sobrevivir  dictaduras”.                                                                                                          
Fundó un grupo de vigilancia de la EDA, y con una perseverancia casi obsesiva, se dedicó a la  misión de debilitar esa estructura.  Se le unieron otros sacerdotes y monjas, estudiantes y maestros, gente corriente, todos juntos en la labor de protestar pacíficamente. Estas actividades fueron seguidas por los documentales narrados por la actriz Susan Sarandon, que tuvieron éxito en la promoción de profundos cambios estructurales.                                                                                                        

Para Bourgeois, el deseo de confrontación se hizo irreprimible cuando se enteró que 525 soldados salvadoreños habían llegado al Fuerte para recibir entrenamiento. Él y otros dos veteranos de Vietnam penetraron el Fuerte simulando ser oficiales de alto rango. Usando un árbol para ocultar un fonógrafo y dos altoparlantes, cerca de las barracas salvadoreñas y cerca de la medianoche, dejaron que las palabras del último sermón del arzobispo Romero rompieran el silencio, causando gran alarma. Por esa acción, Bourgeois y sus amigos fueron enjuiciados, sentenciados y encarcelados por algo más de cuatro años.                                       

Con el paso de los años, la vida de Bourgeois cobró visos de una traguedia helénica, ya que, naturalmente, las cosas cambiaron mucho. Él también envejeció. Hasta su voz se hizo notablemente rasposa, al punto de que tuve que preguntarle la razón para ese cambio: “Un nódulo en las cuerdas vocales que requirió irradiación”, me dijo.                               

Pero a pesar de los cambios, Bourgeois ha continuado su labor de concientizar personalmente a gobernantes latinoamericanos, (incluyendo al expresidente Evo Morales) acerca de las aberraciones de la EDA, así como lo ha hecho con las autoridades eclesiásticas con respecto a las injusticias de la discriminación de género en la Iglesia Católica. 

Entonces, no hay por qué preocuparse. En su pequeño departamento alquilado, casi al frente de la entrada a Fuerte Benning –siempre leal a su causa, a los 83 años –está el hermano Roy Bourgeois, el eterno guardián, vigilando silenciosamente…

 

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