Lengua

Día del idioma, la diversidad de nuestra lengua en su unidad

Qué mejor forma de descubrir la libertad que nos da el lenguaje que aceptando que esta lengua que empleamos para comunicarnos es parte de nuestra identidad.
domingo, 18 de abril de 2021 · 05:00

Tatiana Alvarado Teodorika 
Academia Boliviana de la Lengua

 

En este 23 de abril, Día del Idioma, pero también Día del Libro, quiero referirme brevemente al origen de esta celebración, de la relación que tiene esta fiesta con Miguel de Cervantes, referirme a la diversidad de nuestra lengua, una diversidad que forma parte, al mismo tiempo, de su encanto y su unidad. En un breve viaje por el tiempo y el espacio, apelaré a la memoria del lector y volveremos juntos al Quijote, que viene, indefectiblemente, a proporcionar algunos ejemplos.

El 23 de abril se celebra el Día del Idioma,  una celebración que data de apenas poco más de 10 años, porque anteriormente solía celebrarse el día 12 de octubre. El cambio de fecha respondía a un pedido conjunto de los países de habla hispana, a través de la representación de sus respectivas academias. 

No es momento de referirnos a las razones de este cambio; lo que me interesa señalar es que el hecho de haber elegido el 23 de abril no es un azar, claro está, pero con la elección de la fecha, la celebración del Día del Idioma viene a fusionarse (y en algunos casos a superponerse) a otra conmemoración, me refiero al Día del Libro. 

El escritor, periodista y traductor español, promotor, además, de autores hispanoamericanos en la Península, el valenciano Vicente Clavel Andrés (1888-1967) fue el impulsor de que, en 1926, es decir, hace ya 95 años, se promulgara el día del libro, en memoria del fallecimiento de Miguel de Cervantes (recordemos que, por mucho tiempo, se creyó que el 23 de abril había sido la fecha de la muerte del autor del Quijote, aunque lo más probable es que fuera el 22, y el 23 la fecha de su entierro). 

Con el traslado del Día del Idioma al 23 de abril, se encuentran y fusionan casi en unísona celebración: la de nuestra lengua y la del libro.

El castellano

Como cuando hablamos del inglés y nos referimos a la lengua de Shakespeare, o cuando hablamos del francés y nos referimos a la lengua de Molière, cuando hablamos del castellano o del español nos referimos a la lengua de Cervantes.

No voy a adentrarme en esta cuestión, en la diferencia entre castellano y español, en la evolución histórica de cada uno de los términos, o en el distinto uso que se ha hecho de ambas palabras en el curso de los años, pero cabe recordar que la primera y la actual Constitución Política del Estado de Bolivia, como la de tantos otros países americanos, se refiere al idioma del país como “castellano”.

El castellano tenía una característica unificadora ya en el siglo XIII en Hispania, los castellanos tomaron en el siglo XI la hegemonía peninsular, “transportaron su propio dialecto por tierras del centro y del sur” de la Península, como decía Amado Alonso 1. Se reafirma la dignidad de la lengua vulgar, entre otras cosas, con el empeño “de Alfonso X en hacer del castellano la lengua de corte y de cultura”2, y, esta unificación va a precipitarse entre los siglos XV y XVI. 

Como recordaba Manuel Alvar, ya para el siglo XVI, “para la unidad de las tierras y de los hombres de Hispania, el instrumento lingüístico adecuado será el español” y ya no sería posible “seguir hablando de castellano, sino como modalidad del español de Castilla”3.

Con todo, el diccionario de nuestra lengua se llamó Diccionario de la lengua castellana desde su primera edición en 1780, hasta la decimocuarta, de 1914. A partir de la decimoquinta, en 1925, pasó a llamarse Diccionario de la lengua española, que es el nombre que ostenta hasta el día de hoy.

El castellano, el español es pues, lo que tenemos en común, españoles, ecuatoguineanos, mexicanos, cubanos, puertorriqueños, dominicanos, guatemaltecos, salvadoreños, hondureños, nicaragüenses, costarricenses, panameños, colombianos, venezolanos, ecuatorianos, peruanos, bolivianos, chilenos, argentinos, uruguayos y paraguayos. 

Es el idioma que compartimos, y compartir un idioma implica mucho más que eso, no por nada la palabra griega “idioma” designaba inicialmente todo lo que era común a un grupo de personas, de manera general, y sólo más adelante el término pasó a designar, concreta y únicamente, lo relativo a la lengua.

 Diversidad

En tiempos en los que renacen los fundamentalismos, los nacionalismos sectarios, es quizás momento de recordar lo que nos une y celebrar la diversidad.

Uno de los encantos de nuestra lengua es, sin duda, su diversidad, es una lengua con variantes que son, antes que nacionales, regionales: pensemos, por ejemplo, en la familiaridad que siente el andino boliviano con el habla del andino peruano o colombiano, o en la que siente el colombiano de la costa con el habla de las islas del Caribe. 

Hay quienes distinguen y en muchos casos crean o acentúan una diferencia entre la variante peninsular y la americana para explicar algunos usos; en muchos de estos casos se advierte, no sólo un desconocimiento de las particularidades de sendas variantes, sino un desconocimiento de la lengua en general, atribuyendo así un supuesto error a un uso dicho “americano” o a uno dicho “español”, creando así falsas diferencias, falsos mitos.

La lengua es nuestro medio de comunicación, la herramienta con la que contamos para describir nuestro entorno, para intercambiar ideas, sensaciones y sentimientos. Existen y se crean términos propios que en algunos casos compartimos con países vecinos: pensemos en el petiso al que se refiere René Bascopé Aspiazu en uno de sus cuentos (La Chingola), en la vereda (la vereda del sol de la que cantaba el grupo argentino Seru Girán), la zoncera (a la que se refería Carlos Medinaceli en una carta a Hugo Bohórquez 4), la sopa de zapallo (del recetario de cocina de mi abuela), o en el aguayo en el que nos llevaban cuando éramos wawas.  Hay que reivindicar las voces propias, sin duda, pero no debemos olvidar las que compartimos.

En 2014, Raúl Rivadeneira Prada, miembro de la Academia Boliviana de la Lengua, recopilaba 1551 lemas con la marca Bol. o la mención Bolivia o boliviano, na., en una o más acepciones en el Diccionario de la Lengua Española 5. Tiene su importancia, claro; ya lo decía Borges: “ya formo parte del idioma, entro en el diccionario” 6.

 

Variantes de uso común

Pero son muchos los términos que se emplean en Bolivia, que se han mantenido en la variante que utilizamos y son de uso común, y que forman parte de una tradición que va mucho más allá de nosotros, que nos viene de lejos, en el tiempo y en el espacio, y que son un símbolo más de la unidad de nuestro idioma. 

Prueba de ello son algunos términos que aparecen en aquella gran novela de la literatura universal que es el Quijote y que no podrían ser mejor ejemplo en esta ocasión, en que celebramos la lengua y el libro.

 ¿No preferimos acaso “machucar” (I, VIII) a “machacar”? ¿No llevamos la “alcuza” (I, IX) a la mesa para aderezar la ensalada? ¿No es mágico ver “escarmenar” (I, XXIII) ese enredo de nube que se convierte en hilo de lana o de algodón? ¿No hemos oído decir “denantes (I, XXV) estaba en el patio”? ¿No nos tapamos con “frazadas” (I, XVI) cuando hace mucho frío? ¿No hay gente que habla de “la hambre” (I, XX) y para saciarla no prepara un exquisito “gigote” (I, XXX)? 

Todas estas formas aparecían ya en 1605 en la primera parte de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Hay quienes consideran que el adjetivo “lindo” es propio del uso americano, pero parecen haber olvidado los lindos nombres, lindos guijarros (I, XIIII), los lindos jardines (I, XXXII) o la linda carta (I, XXX) que aparecían ya en el Quijote. 

En esta obra pueden encontrar algunas perlas incluso quienes defienden nuevas formas de uso del femenino y del masculino porque hallarán “unas guardas” (I, XXII) en lugar de unos guardias, una “huéspeda” (I, XXXII) o algunos “compatriotos” (I, XXIX) que satisfagan su creencia de que la “o” es masculina y la “a”, femenina.

Que este Día del Idioma y Día del Libro, sea una ocasión para recordar que hay una lengua que nos une y un libro que, escrito en castellano, es obra universal. Freud aprendió español para leerlo, y fue el Quijote la novela que deslumbró a un autor de la talla de Dostoievski. 

La huella de Cervantes está en Rubén Darío, en Jorge Luis Borges, García Márquez, Alejo Carpentier, Roa Bastos, Lezama Lima, y tantos otros. Carlos Fuentes dijo que “la Mancha, en verdad, adquirió todo su sentido en las Américas”, y, recientemente, el peruano Alonso Cueto y el argentino Marcelo Birmajer han manifestado que lo que conocemos como el boom latinoamericano, ese fenómeno que abrió la literatura de esta región al mundo en los 60, empezó y se anticipó con la segunda parte del Quijote, que contribuyó a la “libertad del lenguaje”.

 Y qué mejor forma de descubrir esa libertad que nos da el lenguaje que aceptando que esta lengua que empleamos para comunicarnos es parte de nuestra identidad y que conocerla e indagar constantemente en ella no puede sino hacernos mejores.

 

Citas

1. Amado Alonso, Partición de las lenguas románicas de Occidente, en sus Estudios Lingüísticos. (Temas españoles) Madrid, 1951, p. 125.

2. Luis Fernández Gallardo, Lengua e identidad nacional en el pensamiento político de Alonso de Cartagena, e- Spania (en línea), 13 | jun 2012, consultado el 19 de marzo de 2021. URL: http://journals.openedition.org/e- spania/21012; DOI: https://doi.org/10.4000/e-spania.21012

3. Manuel Alvar, Del castellano al español, Alicante, Biblioteca virtual Cervantes, 2006, URI: http://www.cervantesvirtual.com/nd/ark:/59851/bmcgx4q1

4. “Me habla usted de mi obra intelectual” y luego agrega que “son los intelectuales quienes deben ir al Parlamento en esta nueva etapa de la organización de Bolivia”. “Me extraña mucho lo anterior de usted. Eso es sencillamente una zoncera. Se lo digo claramente. Y me extraña porque si eso es perdonable en boca de un ignorante, no es perdonable en usted… es pagarse de palabras, de frases, de lugares comunes, es no saber analizar ni el sentido de las palabras y confrontar ese sentido con la realidad… los intelectuales, mientras no ponen su talento al servicio de una causa justa, por más inteligentes que sean, no dejan de ser los canallas que siempre son, han sido y lo serán, especialmente en Bolivia”. En Carlos Piñeiro Íñiguez, El pensamiento boliviano en el siglo XX, La Paz, Plural, 2004, pp. 258-259.

5.     http://www.academiadelalengua-bo.org/IMG/pdf/bolivianismos_en_el_diccionario_de_la_lengua_espanola.pdf 

6. Entrevista a Jorge Luis Borges de los periodistas Paloma Chamorro, José Luis Jover y Marcos Ricardo Barnatán en 1976 para el programa Encuentro con las Artes y las Letras de la Radio Televisión Española. https://www.youtube.com/watch?v=AenSuU0cZoQ

 

AVISO IMPORTANTE: Cualquier comunicación que tenga Página Siete con sus lectores será iniciada de un correo oficial de @paginasiete.bo; otro tipo de mensajes con distintos correos pueden ser fraudulentos.
En caso de recibir estos mensajes dudosos, se sugiere no hacer click en ningún enlace sin verificar su origen. 
Para más información puede contactarnos