Dispersar, hurgar

No caen las cosas del cielo por voluntad del deseo. Ni los días son los que se quisieran, por voluntad, ni las noches, ni las compañías, ni los abandonos...
domingo, 18 de abril de 2021 · 05:00

Óscar García Músico y poeta

Mientras espera el bus piensa. Deja pasar otros buses mínimos, con apenas gente adentro, agachada, hurgando en la luz del dispositivo las sombras de la otredad. Buscando en las ofertas múltiples de cosas y personas, el sí. La razón, el equilibrio, las posibles salidas a los muros levantados cada día alrededor, sin necesidad d otra manos ni otra mente que las propias.  Mientras espera teje en la cabeza y desteje en la cabeza bandadas de pájaros ciegos dibujando fractales en el cielo. Piensa en el olor. No puede. Se esfuerza en sacar de alguna profundidad el olor de la sangre en un campo de batalla antiguo lleno de caballos tendidos y de personas en condiciones de festín para la carroña. 

El olor a sangre fresca no está. ¿Huele igual la sangre de todos los animales? Se pregunta. No sabe, no responde. Luego, después de arduo trabajo en eso de rehacer aromas en la mente, extiende la mano izquierda, muestra la palma al cielo como si esperase que algo caiga suavemente y se pose, algo como un copo de nieve, una pluma, la hoja huérfana de un sauce llorón. 

Pero nada, no hay nada que caiga del cielo por el momento. En el cielo las energías que se hacen materia responden a combinaciones, a estímulos, a cambios que apenas se empiezan a entender. No caen las cosas del cielo por voluntad del deseo. Ni los días son los que se quisieran, por voluntad, ni las noches, ni las compañías ni los abandonos.

Mientras espera el bus para llegar a tiempo a cumplir con unos trámites, desata el huato de uno de sus zapatos, para volverlo a atar. Repite. Se siente como una divinidad haciendo y deshaciendo. Siente un poder por demás extraño, contra sí. Sabe que llegando al lugar de los trámites perderá todo poder y toda gloria. Será un número, una ficha, una parte de las faltas. Falta la firma, falta la copia, falta el certificado, falta el billete entre los papeles, falta el carné de afiliado.

Su filiación, se indaga, ¿cuál es la filiación? Varias, creo, responde en silencio, escuchando su voz adentro, en la mente. Filias, tengo filias, con el viento suave, no con el que se lleva graneros en las películas que muestran lugares con graneros y vacas volando. Filias con el pan crujiente alguna mañana porque no se puede siempre. Filias con el olor de un libro viejo que ha desatado su química para soltar esos aromas que no salen de las palabras sino de los antiguos árboles en pie. Con la humedad constructiva, poseedora de aceites elementales a toda hora. A la hora nona, a la del Cristo, a la hora del té y de soplar la vela. A los conciertos para dos mandolinas y todas las posibles microtonalidades que provienen de quién sabe qué objetos y seres conversando en lenguajes que ni el día del arquero comprenderemos. Militante, si. Militante de los pies descalzos y de la escena, de los tablones y de los barcos que no conozco, piensa, Militante de añorar el mar, para ir, como la poeta, al vientre antiguo de las diosas.

Revisa su carpeta con los documentos que supone son los indicados. Cuenta los papeles. No es cuestión de cantidad, se recrimina. Da lo mismo si son diez o doce. La cosa es lo que contienen. Los papeles contienen palabras. Las palabras se vuelven luego cosa, ley, norma, sentencia, trampa. Los papelitos cantan. Lo sabía un cura hace siglos, a quien se atribuye la frase, lo sabe un tinterillo que espera detrás de un vetusto escritorio a la próxima víctima y luego a otra y a otra. 

Los papeles ajustan como antes de los papeles habrán ajustado las palabras de dioses en la boca de sus representantes para redondear el poder e iniciar un mundo de los privilegios.

No hay cuándo aparezca el bus, piensa. Es una señal, se dice como adoptando una actitud new age. Revisa la hora, revisa el dispositivo, hurga en las redes. Se hizo tarde. Se hizo una especie de neo edad media en las redes, La nueva edad media, los neo Tor quemada se abren paso a punta de juzgar y de prohibir y de hacer escándalo y de hacer de las personas, de algunas, una marca registrada. Ya habrá cerrado la oficina que ahora atiende solo una hora y media, piensa. Respira hondo, siente un olor que imagina como el olor de todas las sangres.

 

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