Retrato

Hanna Arendt y la poesía

Hanna Arendt, a lo largo de su obra de filosofía política, nunca dejó de citar versos e interesarse por los poetas…
domingo, 25 de abril de 2021 · 05:00

Juan Cristóbal Mac Lean E.
Escritor

No es con la poesía que suele relacionarse el nombre de Hanna Arendt (1906-1975). Es en los terrenos de la filosofía política y sus variados vecindarios, en efecto, donde más se la conoce. Su figura incluso, desde hace un tiempo, tuvo casi un relanzamiento mediático a raíz de su famosa frase sobre “la banalidad del mal”, proferida en relación al juicio en Jerusalén, el año 1961, del nazi Adolf Eichman. Sin hablar de que a ella se le debe, también, el mismo término de “totalitarismo”, al que tan temprano como 1949, examinó del derecho y del revés en un extenso estudio.

Todos los grandes temas del siglo pasado fueron tocados por su pluma (totalitarismo, revolución, república, violencia, etcétera) y también, en tanto que judía, fue testigo y parte, amiga de las grandes mentes y personajes de su siglo –son incomparables sus semblanzas de Benjamin, Jaspers, Auden, Broch, Brecht,  Jarrell, Dinesen…–. También su temprana relación con Heidegger fue muy explotada editorialmente. Instalada en Estados Unidos desde 1941, escribió sus libros directamente en inglés.

Sus referencias constantes son los clásicos,  griegos y latinos (es por ejemplo gran lectora de Cicerón), mucho San Agustín, los viejos franceses y según su amiga  Mary Mac Carthy, que editó póstumamente un libro suyo, citaba a Kant de memoria, de tan bien que lo sabía.

Es en semejante contexto intelectual, pues, que puede parecer antojadizo atender a las relaciones de Arendt con la poesía –y con los poetas–. Sin embargo, ella misma escribió poemas (en dos etapas de su vida, todos reunidos y traducidos al castellano, Ed. Herder) y cita con gusto y relativa frecuencia a poetas (tal vez Shakespeare al que más), se ocupó extensamente de uno (Brecht) y les dedicó hermosas páginas a René Char o a Auden, que fue su amigo.

No se pasó el trabajo, la verdad, de elaborar demasiado sobre la “condensada concentración” de la poesía misma, y su palabra no proviene, en absoluto, de la crítica literaria, ni tampoco desde una reflexión sobre el lenguaje, aunque eso sí y de alguna forma, típico de ella, se interesó particularmente en casos de poetas (llamémoslos así, aunque la propia designación sea conflictiva) concretos y relacionados, además, con contextos políticos (Brecht) o el mundo de la acción, esa impronta de la Vita Activa (el Char de la resistencia).

Era esperable, también, que del conjunto de la obra del gran poeta francés René Char, ella se fijase, directamente, en el bellísimo libro Las hojas de Hypnos (había traducción en Visor), recogidas mientras Char, como “comandante Alexander”, hacía la guerrilla, o resistencia armada y durante cuatro años contra la ocupación alemana en el sur de Francia, por sus propias zonas de origen.

 Esas hojas, dice él mismo, “fueron escritas, en la tensión, la cólera, el miedo, la emulación, el asco, la astucia, el recogimiento furtivo, la ilusión del porvenir, la amistad, el amor”. Es en semejantes circunstancias de camaradería extrema y entrega a una acción de muchos, directamente con la muerte en medio que, dice Char y Arendt lo rescata al vuelo, se entrevió “un tesoro” así como se anuncia y prevé su pérdida:

“Si sobrevivo, sé que tendré que romper con el aroma de estos años esenciales, arrojar (no repudiar) silenciosamente lejos de mí mi tesoro”. Este tesoro consistía, como Arendt va comentando y rescatando, en un encontrarse a sí mismo, desnudo y sin máscaras, “visitado por primera vez en su vida por la aparición de la libertad”. 

Además, sigue diciendo Arendt, los hombres de la resistencia europea “no fueron los primeros ni los últimos en perder su tesoro”. Incluso, llega a añadir, es la propia historia de las revoluciones la que podría ser contada, “en forma de parábola, como la leyenda de un viejo tesoro que, en las más diversas circunstancias, aparece súbita e inesperadamente y desaparece de nuevo, en condiciones misteriosas y diversas…”. 

El mismo tesoro, sin embargo, lejos de esa frescura en que lo había percibido el poeta, quizá no fuera más que un espejismo, pues desgraciadamente hay “buenas razones para creer”, sigue más allá, que “los unicornios y las hadas parecen poseer más realidad que el tesoro perdido de las revoluciones”. Si bien pareciera, en un primer momento, que las líneas de Char fueron más que nada un pretexto o incitación a que Arendt prosiguiera con su propia reflexión, no hay que olvidar, y eso ella lo sabía, que ese mismo tesoro, o aún su carácter ilusorio, sólo la poesía, como gran radar del alma, estaba en condiciones de captarlo.

Como lectora de los grandes clásicos Arendt no era ajena, además, a cierto asentimiento en cuanto a las fuentes de la visión poética, próxima a la idea de las musas y al dictado que el poeta tiene la capacidad de recibir y que, por eso mismo, lo coloca en una situación particular no ajena, incluso, a ciertos grados de irresponsabilidad, o liviandad, que en absoluto son de recibo, para quien estudió y vivió de cerca las experiencias extremas de lo humano.

“Hablar de poetas es una tarea incómoda”, dice en las primeras páginas de su largo ensayo sobre Bertolt Brecht, poeta por el que, siente uno, a ratos ella tiene una enorme debilidad y se conoce hasta la última línea, pero igual, se pregunta si Brecht, ese gran poeta que fue y es algunos contados momentos, puede ser perdonado, por su actitud complaciente ante el horror del totalitarismo estalinista, que tan bien vivió y vio él mismo, callándolo, durante los siete años que pasó en el Berlín Este comunista y durante los cuales el don de la poesía se le secó. Los “verdaderos pecados de un poeta son vengados por los dioses de la poesía”, dijo ácidamente Arendt.

Ya no podemos extendernos aquí más sobre el amplio caso de Brecht. Mencionemos, nada más, que éste hace recuerdo perfectamente a otro situado por estos lares: el de Neruda, autor de los mayores poemas del idioma pero, también y por ejemplo, de una Oda a Stalin, escrita cuando ya se sabía bien, y clarito, de quién se trataba.

Acabemos esto dejando, como yapa, estas líneas sobre el perdón de Arendt, hacia el final de su ensayo sobre Brecht:

“Cada juicio está abierto al perdón, cada acto de juzgar puede transformarse en un acto de perdonar, juzgar y perdonar son dos caras de la misma moneda. Pero ambas caras siguen reglas diferentes. La grandeza de la ley requiere que seamos equitativos, que sólo cuenten nuestros actos y no las personas que los cometen. El acto de perdonar, por el contrario, toma en cuenta a la persona; ningún perdón perdona el asesinato o el robo, sino solo al asesino o al ladrón. Siempre perdonamos a alguien, nunca algo, y esa es la razón por la cual la gente piensa que sólo el amor puede perdonar. Pero con o sin amor, perdonamos por el bien de la persona, y mientras la justicia requiere que todos seamos iguales, la piedad insiste en la desigualdad, una desigualdad en la que cada hombre es, o debe ser, más que la suma de sus actos”.

 

 

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