Contante y sonante

Impresiones de un marzo atrás

Reflexiones en torno a las artes, campo en el que con mayor peso de las obviedades se lee con bastante frecuencia sobre la próxima nueva normalidad...
domingo, 4 de abril de 2021 · 05:00

Óscar García
Músico y poeta

Cuando vuelvan los estruendos, de un día al otro, no sé qué es lo que vaya a ocurrir. En estos días en los que día y noche, a más de luz y oscuridad, no tienen grandes diferencias. Estoy llegando a pensar que el día y la noche son, o eran, básicamente la diferencia entre el sonido y el silencio. No hay gran diferencia ahora, salvo esto de estar despierto un tiempo y dormido el otro. Podría hacerse en cualquier orden, no sería muy diferente. Es todo silencio. Como si de pronto hubiéramos vuelvo, por justicia, a ser una sociedad aural. Aprendimos a la fuerza a volver a escuchar. A prestar atención a la nada, ahí afuera.

No nos habíamos percatado de que un canto, de un pájaro silenciado, ahora sea un sonido preciado, esperado. Una señal y no una del cielo. Una de aquí. Porque estuvo siempre, envuelto, el canto, de tanto, acallado por tanto.

Ha llovido desde temprano, en la mañana. Ha llovido hasta entrada la noche. El frío ha destinado a las personas a sus sitios más íntimos. Ha logrado el abrazo personal, interno. El que hace que los huesos propios se sientan como próximos, helados, al principio ajenos. El frío ha mandado a unos a dormir, como animal herido en su hábitat, a improvisadas madrigueras hechas en las casas y en los patios, en el interior de un vehículo con luz de abandono, en medio del agua.

Hace un año, en el supermercado, el día de su carnet, a las siete de la mañana, un hombre con máscara de acrílico cubriendo todo su rostro, hace su paso veloz por los estantes, tomando todo lo que encuentra. Se fija cada tres frascos de qué se trata, lee apenas la etiqueta, hace un gesto levantando un poco el hombro derecho y lo avienta al carro. Toma, en el sector de los vegetales, todo. Pregunta antes, levantando una bolsa con cilantro, ¿esto es romero verdad? No. Le contesta un cliente. Ah bueno, responde y suma el cilandro al carro. En los lácteos, dos de cada cosa.

Artículos de limpieza, todos. Trapitos, paños, desinfectantes, pulidores de madera, aromatizadores a la hora de planchar. Todo.

Cuando pasa por las bebidas, no se inmuta, no mira, no osa levantar nada. Se persigna. Se nota su religiosidad empática. Se lleva todo el pan del supermercado.

No es que el gato ya no sepa qué más hacer. Observa nomás a la señora caminando de un lado a otro de la sala y no ejercitando, caminando con un dejo de ansiedad. El gato mira, mueve la cabeza en la misma dirección en la que la señora camina, sin ir a ninguna parte, durante varios minutos. Muchos.

Camina, como hace unos días  en la calle. Sin rumbo aunque con destino. No es igual. Iba a una oficina, hacía cosas de oficina. Guardar un lápiz, atender de mala gana a las personas, revisar con frecuencia el teléfono, hacer comentarios sobre el clima. Luego, salir y volver a saludar al gato.

La señora extraña su vida sin destino pero con escritorio compartido.

En los periódicos, además de leerse sobre estadísticas de muertes variadas (se habla más, por supuesto, sobre muertes a causa del virus y no de otras, la obesidad, diabetes, golpes en la cabeza asestadas por un macho, atragantaciones, caídas en la ducha…); se habla y con insistencia sobre las grandes transformaciones a las que debe reacomodar la humanidad. En verdad, las sociedades urbanas, con una incidencia abrumadora, en porcentaje. Como parte de estas transformaciones aparece el mundo virtual como un vehículo transformador, comunicativo, acelerador de la producción, detonante creativo, herramienta emocional, decargador sexual, consejero de toda índole. Vale decir, dios.

Cada quien con la palabra final, la reflexión asertiva y las soluciones precisas. En la economía, en la salud y por supuesto en las artes. En este último campo es en el que con mayor peso de las obviedades se lee con bastante frecuencia sobre la próxima, si no la actual, nueva normalidad. Básicamente, se descubre, como se descubrió el fuego, que se trata de una mutación de las relaciones. De los cuerpos a la desaparición de éstos como agentes de las expresiones. Del contacto al tacto, a la insonora tecla invisible desde el otro lado. Mutaciones en el con qué decir, no nuevas formas de decir.

No se pierde el sentido de los días, al menos así parece. Los domingos, da ganas de que sea domingo. Leer un periódico temprano, llevar el café a la cama, para nadie, por supuesto. Esas son cosas de otras gentes. Las personas solas se llevan el café a la cama por sí mismas, para sí. Se saludan, se dicen buen día y no contestan. Son a veces maleducadas consigo. Pero no se disputan campo, hay suficiente. 

Dejan que se enfríe el café o lo que hubiera sido caliente minutos antes. Detienen la marcha de los pensamientos cuando escuchan de pronto cantar a los pájaros que hace tiempo no lo hacían. Se frotan las manos, se disponen a empezar el día. ¿Qué día es hoy? Inquieren. No hay quién conteste.

 

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