Literatura

Montero, una escritora contemporánea de valía

La loca de la casa “es una narración profunda y pulcra que, como las buenas literaturas, logra tocar las fibras más íntimas de la condición humana”.
domingo, 4 de abril de 2021 · 05:00

Ignacio Vera de Rada   
Escritor

Cuando entro en una librería y termino comprando libros –cosa que frecuentemente ocurre– pocas veces doy opción a autores contemporáneos o literatura relativamente nueva. Prefiero, pues, ir a lo seguro conocido. Autores del canon universal. Hace unas semanas, sin embargo, decidí romper la rutina adquiriendo tres novelas de una autora de nuestros días. Ya había leído un libro suyo, La loca de la casa, allá en mis años de universidad, por 2015, cuando en los “puentes” entre materia y materia me iba a la biblioteca a leer trozos de los libros que estaban en los estantes o, cuando me interesaban mucho, los pedía prestados para leerlos enteros.

La loca de la casa (Alfaguara, 2003) me llegó a gustar bastante y la leí de un tirón. Es una narración profunda y pulcra que, como las buenas literaturas, logra tocar las fibras más íntimas de la condición humana. Una novela autobiográfica, aunque también con mucho de delirio fantasioso e imaginativo. En los primeros capítulos hace una descripción de lo que es el trabajo del escritor, o por lo menos de lo que éste significa para el narrador: 

“El escritor siempre está escribiendo. En eso consiste en realidad la gracia de ser novelista: en el torrente de palabras que bulle constantemente en el cerebro. He redactado muchos párrafos, innumerables páginas, incontables artículos, mientras saco a pasear a mis perros, por ejemplo: dentro de mi cabeza voy moviendo las comas, cambiando un verbo por otro, afinando un adjetivo. En ocasiones redacto mentalmente la frase perfecta, y a lo peor, si no la apunto a tiempo, luego se me escapa de la memoria”. ¿Puede algún escritor no sentirse identificado con tan puntual definición de su sacrificado y noble oficio? He ahí un ejemplo de la destreza de Montero.

La obra no pierde calidad en ninguna parte. Pero nada de esto es porque sí. Se debe a que Rosa Montero es una ávida lectora, y además una lectora selectiva. En esto, se diferencia de muchos autores contemporáneos. Hay videos en los que muestra al público su biblioteca, repleta de los grandes autores de siempre, de divulgación científica y de –en este género mis gustos también coinciden perfectamente con los de ella– biografías. No es casual que en casi todas sus novelas haga referencia a biografías de creadores y científicos como Goethe, Marie Curie, Tolstoi o Guy de Maupassant, entre otros. Me encanta el enjuiciamiento que hace de las mismas, como cuando afirma que un frívolo Goethe desperdició parte de su tiempo y de su potencia literaria al dejarse llevar por su frenética actividad cortesana en Weimar. Pero, yo pregunto, ¿habría podido Goethe escribir cosas como Fausto sin haber vivido las experiencias mundanas que vivió?

La loca de la casa, además, está preñada de elucidaciones sobre la vida, el tiempo, la memoria y la creación en el amplio sentido del término. Novela, ensayo y autobiografía se funden en un producto único. En 271 páginas, Montero logra hacer una síntesis cabal de la vida y de lo que significa el oficio de escribir. El título hace precisamente referencia a la imaginación como motor de la creación literaria e incluso de la vida. “La imaginación es la loca de la casa”, (Santa Teresa de Jesús).

Ese día en que decidí darle una opción a la literatura nueva, compré Crónica del desamor (1979), La carne (2016) y La buena suerte (2020). No me fue bien con la primera, pues decidí abandonarla en la tercera página. La tercera me pareció de mediano valor. Pero la del medio me dejó una fuerte impresión, casi como la que me había dejado La loca de la casa. La carne (Alfaguara) cuenta una historia sencilla pero provocativa: Soledad Alegría, una sesentona sin marido ni hijos, decide contratar a un prostituto de 32 años para dar celos a un examante, y se termina enamorando de aquél. No es un amor entusiasta y soñador como el de las veinteañeras, es un amor más carnal, más maduro, frustrado quizá e invadido de ciertos fantasmas del recuerdo. Sin decirlo expresamente, la historia dice muchas cosas. Reflexiona sobre el paso inexorable del tiempo, sobre la dicha que le debemos añadir a cada segundo de la vida y sobre el giro que nosotros, si lo queremos, podemos imprimir en aquel destino que puede parecer inevitable.

La destreza narrativa de Montero, su madurez intelectual, su habilidad para imaginar y su capacidad de penetración psicológica, se combinan muy bien en La carne, dando al lector una historia llena de persuasión y realismo que, al mismo tiempo, lleva a la reflexión sobre el tiempo y la vida.

La otra novela de la que deseo hablar es La buena suerte. Más voluminosa que La carne (322 páginas), con una escritura y un estilo tan buenos como los de esta última, su trama no es tan convincente. La historia gira en torno a un hombre que un día decide tomar un tren que lo lleva a Pozonegro (pueblo imaginario), una villa sombría, gris y tiste. Nadie sabe por qué un exitoso arquitecto como Pablo Hernando fue a parar allí. Pero en aquel lugar conoce a Raluca, una rumana cuarentona de buen corazón que ayudará al forastero a adaptarse y encontrar una segunda razón por la que vivir. A medida que transcurre el tiempo, se van develando el pasado y las amarguras de ambos personajes, quienes intentan encontrar segundas oportunidades para su existir. La historia, empero, se hace por momentos superficial y recurre a lugares comunes. Hay momentos de calidad literaria y profundidad, pero los más flojos parecen extraídos de una novela de superación personal.

Quizá todo esto se debe a que la intención implícita de la autora está demasiado expresa: el optimismo vital y la segunda oportunidad. Una historia que, si bien tiene mucho de dolor, tiene un final desabrida y previsiblemente feliz. Ambas novelas hacen uso de interesantes recursos formales como cajas chinas, vasos comunicantes, cráteres. La prosa es fina. El estilo literario de Montero es conmovedor.

Tengo ganas de seguir leyendo a esta escritora española que escribe sin parar y que, por lo que sé, tiene muchas otras obras de buena calidad, como La ridícula idea de no volver a verte, una obra, según dicen las reseñas, inclasificable en cuanto a su género (¿novela, ensayo, autobiografía?) que versa sobre la vida y obra de Marie Curie. Cuando ya las haya leído, seguiré escribiendo sobre todas ellas. Rosa Montero, como la gran científica polaca sobre la cual gira esta última obra, es un ejemplo de mujer que supera límites en gracias de sus capacidades, su perseverancia y su inteligencia. Ya recibió varios premios literarios y el elogio de personalidades de las letras y la creación como Enrique Vila-Matas y Mario Vargas Llosa.

Seguramente su opus magna todavía está macerando en su cabeza, para ser dada al mundo a través de su fina pluma en los años venideros.

 

AVISO IMPORTANTE: Cualquier comunicación que tenga Página Siete con sus lectores será iniciada de un correo oficial de @paginasiete.bo; otro tipo de mensajes con distintos correos pueden ser fraudulentos.
En caso de recibir estos mensajes dudosos, se sugiere no hacer click en ningún enlace sin verificar su origen. 
Para más información puede contactarnos