Memoria nómada

Breves apuntes sobre el origen de la morenada

Ocurrían cosas extrañas, en la avenida Tejada Sorzano, cosas que jamás pensábamos que podían pasar en otro lugar de la ciudad...
domingo, 16 de mayo de 2021 · 05:00

Wilmer Urrelo Zárate 
Escritor

En la avenida Tejada Sorzano, por aquellos años, ocurría casi todo.   Ocurrían muchas vidas, unas mejores, otras no tanto. 

Estaban, por ejemplo, los vecinos de enfrente. 

¿Berríos? ¿Iturralde? ¿Ledezma? 

No me acuerdo ya cómo se apellidaban. Sin embargo, todo el mundo en la Tejada Sorzano sabía que eran seres despreciables, amarretes, odiosos. Una vez vi cómo botaban a un niño que tocó su puerta para preguntar si le quedaba algo de comida. 

¡Fuera, carajo, no queremos verte ni en pintura! 

Todo el mundo sabía que los Berríos, los Iturralde o los Ledezma dejaron a su suerte al más ancianito de la casa y que ese ancianito se fue muriendo de a poco. 

 También estaban las tiendas de barrio, tan iguales todas, pero también tan drásticamente diferentes: Unas pequeñas, realmente pequeñas, de piso de madera, oliendo a pan y a fruta seca. Las otras con mucha más luz, y mucho más grandes, olían a cera Lorito, y tenían muchas más cosas. Cocacolas, helados Frigo, chocolates Cóndor.

 En la avenida Tejada Sorzano existían también historias escalofriantes. 

Historias como la del niño Paulito que por jugar con una canica en la boca se atragantó y que cuando sus padres lo hallaron estaba morado y señalaba con el dedo índice el cielo.

Historias como los vecinos que murieron intoxicados cuando la llama de la estufa a gas se apagó y cuya casa jamás se vendió porque por ahí circulaban aún sus fantasmas y que por lo tanto estaba maldita.

 Cuando yo era niño y escuchaba esta historia me decían la casa maldita es esta y meses después no, es aquella, la verde con blanco. Y años después no, es esta que se está cayendo de vieja.

Ocurrían cosas extrañas, en la avenida Tejada Sorzano, cosas que jamás pensábamos que podían pasar en otro lugar de la ciudad de La Paz. 

Todo esto en la avenida Tejada Sorzano.

Ocurrían cosas inexplicables, como que un 24 de enero de todos los años empezaran a nacer aquí y allá, desde la calle Yungas hasta la Plaza Villarroel, diez, cien, doscientos puestos de venta. Y eso quería decir que la Alasita había llegado. Iba a ser un mes entero escuchando desde el patio de mi casa las voces de la gente asistiendo a la feria. Las risas. El llanto de los niños. Las canciones de los puestos donde vendían api.

A veces, en la Tejada Sorzano, también llovía y cuando esto ocurría se convertía en un río enorme y si salías a ver te encontrabas con un montón de basura flotando a la deriva (papeles, plástico, chinelas, churros a medio comer)... 

A veces, en la avenida Tejada Sorzano, también salía el sol y era insoportable y más aún por las tardes de un día corriente: Ahí imperaba el vacío y el aburrimiento y todo empezaba a tener un sentido cuando llegaba la noche, pues los oficinistas iban a dar un paseo en pareja o en grupos y en ese momento la Alasita era como un atractivo cirquero. 

Por esos años yo podía caminar kilómetros y kilómetros y a veces seguía a esas parejitas y los veía felices, pero también estaba seguro que tarde o temprano terminarían decepcionados de la vida, y también los imaginaba volviendo a la misma feria con sus hijos iguales a ellos y todo el ciclo comenzaría de nuevo.

Algunos años la sección comidas acampaba a la puerta de mi casa y eso significaba que, desde muy temprano, empezaríamos a sentir el olor a chicharrón, a fricasé de pollo, a jakonta, y quizá por eso mi sentido del olfato es tan terriblemente agudo.

En la avenida Tejada Sorzano, en otras ocasiones, cuando la Alasita se asentaba y de su pecho sacaba los puestos de venta, los conejos de la suerte, la suerte sin blanca, un juego llamado lota, cuando eso pasaba, yo no podía resistir su llamado desde ahí afuera y por más que colocara la tele en el volumen máximo, ahí estaba la voz de la sección juegos ordenándome apagá esa tele y salí.

Entonces le hacía caso a la sección juegos y cuando pisaba la calle y cuando la feria de Alasita me miraba sonriendo y tal vez pensaba pobrecito, ahora tirará sus ahorros en burreras, cuando eso pasaba caminaba ante sus puestos y como telón de fondo empezaba a sonar la banda sonora alasiteras. Canciones como Youre my heart, youre my soul, de Modern Talking. O en su defecto Cause you are young, de C.C. Catch o también Always on my mind, de los Pet Shop Boys.

En la avenida Tejada Sorzano, cuando ocurría esto, probaba todos los jueguitos y obviamente siempre perdía. 

Esas cosas pasaban en la avenida Tejada Sorzano, un día aparecía una feria y estaba ahí casi un mes y uno ya conocía a los alasiteros. 

Hola, don Juan. Buenas tardes, señora Alcira. Qué me cuenta, José. 

Las cosas que pasaban en la avenida Tejada Sorzano podían ser también sorprendentes, como pasó cuando un alcalde dijo basta, hasta acá llegaron, qué es eso de molestar a los vecinos con sus puestos de venta, qué cosas con sus olores y qué con toda la basura que dejan.

Ese fue el último año de la Alasita en la avenida Tejada Sorzano. Ese año los alasiteros dijeron a nosotros no nos sacan así a las buenas, nos van a sacar cadáveres. Entonces bloquearon la avenida y tiraron petardos al aire todo el día, hasta que llegó la policía y los echó lanzándoles gas lacrimógeno. 

Hubo gritos, palabrotas, piedras volando por todo lado. Balines de goma. Dijeron nos quieren matar de hambre. Explicaron dónde vamos a entrar si la avenida es tan larga. Dónde hay otro lugar igualito.

A veces pasaban estas cosas en la avenida Tejada Sorzano. Y de chiquillo pensaba que esas cosas eran como un dolor infinito. De niño me decía que era como ver una eterna lluvia.

De wawa pensaba que todo eso era como habitar entre alcanfor y aceite usado mil veces.

 

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