El racista olvidadizo o el masista renovado

El libro Racismo y poder, “con una “mirada tan definitiva, se olvida el enorme abanico de racismos intra-indígenas que existe”, dice el autor.
domingo, 16 de mayo de 2021 · 05:00

Diego Ayo
Politólogo

El libro de Fernando Molina, Racismo y poder, merece un comentario. Veamos mi crítica en diez puntos sobre el primer ensayo del mentado libro.

1. No se analizan las distintas épocas de nuestra historia para saber si hemos mejorado, empeorado o, en todo caso, cuál es el tenor diferenciado de este racismo criticado. Lo suyo es un abordaje sobre lo que ocurre en este último periodo de nuestra historia. Lanzar las demoledoras conclusiones sin una perspectiva temporal comparada es un guiño de ojo al presente victimista.

2. No se comprende cómo es que el auge económico de los últimos 15 años afectó al racismo. Más de 2 millones de personas de clase baja ascendieron y forman parte del nuevo esquema social vigente. Es fundamental comprender que esta gama de indígenas clase-mediatizados actúa con vigor. El racismo, pues, se complejiza perdiendo su unilateralidad dominante. Se vuelve variopinto. Eso es lo que conviene analizar, más que el dualismo eternamente redituado.

3. No se menciona siquiera el tenor de la política del siglo 21 de bandereo del racismo. El mundo se vuelve cada vez más chauvinista (por ejemplo, antieuropeo y profundamente pro rumano, húngaro, turco) con un uso abultado del “recurso de nacionalidad/piel” para ganar terreno. El éxito del Brexit es la manifestación más contundente de este racismo nacionalista. ¿No sucede lo propio en Bolivia? Es difícil criticar esta corriente en Bolivia ante el riesgo de ser acusado de racista. Sin embargo, es justo lo contrario: el racismo es usado como el arma de fuego para avasallar al “otro” (a ese “otro” que festivamente denominan “derecha”). Vale decir, el racismo es un arma política.

4. Esta mirada tan “definitiva” que quiere presentar Molina se olvida el enorme abanico de racismos intra-indígenas que existe. Los aymaras contra los urus, los alteños contra los provincianos, los del pueblo contra los habitantes rurales y, sobre todo, el brutal e inmisericorde racismo del gobierno presidido durante 14 años por un aymara contra los movima, lecos, araona, ese eja, weenhayek y demás pueblos indígenas de tierras bajas en verdadero peligro de extinción. 

5. No se menciona la magnífica aparición de burguesías andinas que dominan el comercio. ¿Cómo se comportan? Sin ánimo de generalizar, es pertinente señalar que desconocen los contratos fijos, los salarios “mínimos” y un largo etcétera que sólo una mirada “clasisista” podría calificar de asuntos económicos. En realidad, su poder material los ha “blanqueado”. Ya no son ni quieren ser los mismos. Desconocer ese fascinante mundo de “blanqueamientos” efectivos que viven los mismos aymaras o quechuas, no ayuda.

6. Desconoce un asunto crucial: la conversión ideológico-política de los indígenas en seres celestiales: “los indígenas no robamos y amamos la naturaleza”. Ya vimos con el Fondo Indígena, como ejemplo estelar, que la cosa era un tanto distinta: los seres humanos robamos de encontrarnos con la oportunidad, ¡al margen de nuestro color! Cabe mencionar, aunque no está en el libro, cómo Molina defendía al excandidato derrotado Franklin Flores cuando tuvo un desacierto en el lenguaje que motivó a ser blanco de mofa: “esas bromas son racistas y eso es racismo” se alegó sin tomar en cuenta que el señor impidió que el gobierno de Añez promulgara la ley del “10% del presupuesto para salud” defendida por el padre Mateo, destinada a la población más necesitada del país que con toda certeza es aymara, quechua, guaraní. Ergo: se criticaba el racismo visible, pero se ocultaba a este racismo invisible. 

7. El autor defiende su postura antirracista con una mención oportunista de sucesos excepcionales. Cita con elocuencia el uso de la frase “cuerren”, que habría llevado a los racistas de siempre a burlarse. Confieso que reí mucho con el “cuerren” de noviembre de 2019. ¿Por qué? Porque puedes (y debes) reír sin que ello suponga negar la validez del “otro”. Jamás he reído ante una pollera, un poncho rojo, un aymara sentado a mi lado en el minibús, o un compañero de universidad de origen andino. Jamás lo he hecho, pero he disfrutado a raudales del “cuerren”. ¡Carajo que he gozado! ¿Soy racista? En absoluto. Molina, imagino, no reía al escuchar el español agringado de Goni. Yo sí, reía mucho ante la insolencia anti-castellana de Sánchez de Lozada, sin dejar de admirarlo ni por un solo instante. 

8. Afirma que hay una actitud de rechazo a sus lenguas. Molina se escandaliza con este asunto. Sin embargo, es preciso partir de lo que conviene conocer: de 6.000 mil lenguas del presente, en 50 años quedarán solo 300. ¿Racismo? No, pragmatismo. Aun sin ser racista, entrar a las redes supone privilegiar el castellano, el inglés o el chino por sobre cientos de otras lenguas. ¿Racismo? Lo dudo y aún de creerlo, considero que es fundamental contar con indígenas que dominen las lenguas que acabo de mencionar como desafío impostergable del mundo en que vivimos. 

9. El autor habla del desdén sexual contra los “originarios”. No pretendo negar cierta validez en esta tesis. Sin embargo, ello tampoco es explicable con el único argumento del racismo. Una razón fundamental tiene que ver con la oportunidad: si estás con seres humanos chinos viviendo en China, vas a tener sexo con chinos. Los compartimentos estancos en el país son múltiples y es obvio que muchos compartimentos de este tipo son quechuas o aymaras, imposibilitando una mayor frecuencia intersexual (que si hubo: he ahí el mestizaje). 

Asimismo, es imprescindible tomar en cuenta que hay múltiples mujeres/hombres del mismo seno cultural (o sea todos criollos, por ejemplo) que no llegan a gustarnos (por diversas razones), inhibiendo el sexo entre pares (étnicos) con igual o mayor magnitud. Esta situación de no acercamiento entre pares es más frecuente frente al no acercamiento con los “otros”. No es pues sensato que en tantas ocasiones no se diga nada, pero cuando en contadas ocasiones los no gustados sean de otra cultura, se hable de racismo.  

10. Concentrarnos en el racismo como un fenómeno “mono-omnipresente” merece rediscutirse. Evo Morales, por citar el ejemplo más prominente, demostró una alevosa actitud patriarcal, un grosero anti-intelectualismo y/o un rabioso odio anti-“pititas” que solo un recuento crítico parcializado puede olvidar. Podrá decirse “son otras cosas”. Sin embargo, ese es un error metodológico de partida: buscar distinguir un fenómeno al margen de los fenómenos que lo circundan. De ese modo, no se trata de invisibilizarlos como aduce Molina, se trata de que no se sabe visibilizarlos como se debe. Ya nos lo narraba Ibram X. Kendi, un magnífico intelectual negro, al afirmar que “el racismo y el capitalismo surgieron al mismo tiempo, retroalimentándose mutuamente”.

 

 

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