Impresiones y pareceres

La vida durante la Guerra de la Independencia

Alberto Crespo lideró el primer trabajo colectivo emprendido en el campo de la historia, recogiendo un extenso archivo judicial con ayuda de los estudiantes.
domingo, 2 de mayo de 2021 · 05:00

Freddy Zárate
 Abogado

La historia de cada libro es también la historia de su origen, de cómo y por qué fueron concebidas y del proceso que desembocó en su publicación. Como el caso del trabajo colectivo intitulado La vida cotidiana en La Paz durante la guerra de la independencia 1800-1825, publicado bajo los auspicios de la Editorial de la Universidad Mayor de San Andrés, el año 1975. La investigación fue dirigida por el historiador Alberto Crespo Rodas (1917-2010), en colaboración de los universitarios René Danilo Arze, Florencia Ballivián y Mary Money. Para tener una apreciación global de cómo fue ideado el libro, es necesario retroceder a los primeros años de la década de los 70. 

Alberto Crespo, en sus memorias, Tiempo contado (1986), señala: “Un día de los primeros meses de 1971 mi yerno Federico Rück, que hacía una práctica forense en los tribunales de La Paz, me avisó que la Corte Superior de Justicia había resuelto vender su archivo a una fábrica de cartones. El precio fijado con La Papelera era de un peso cincuenta centavos por kilo. De inmediato fui a ver de lo que se trataba: expedientes judiciales, registros de escribanos desde el siglo XVI, papeles diversos relativos al corregimiento y la intendencia de La Paz. Lo más increíble era que la transacción fuera convenida por profesionales en derecho, con calidad de magistrados. Si ellos no habían vacilado en deshacerse de tan valiosos papeles mediante su destrucción ¿qué se podía esperar de los demás? Era simplemente un acto de barbarie”.                 

Tras persistentes gestiones administrativas se logró frenar la venta de los expedientes: “Previa una autorización de la Corte Suprema de Justicia, –escribe Alberto Crespo– se firmó un convenio de traspasó y con la ayuda del propio Decano (de Humanidades, Arturo Orias), María Eugenia Siles, y un grupo de alumnos, Irma Villavicencio, Blanca Gómez, Carola Muñoz, René Arze, Roberto Choque, Valentín Vega, se hizo el traslado a un local disponible de la Universidad en Cota Cota”. En ese interín se unió al grupo de universitarios Florencia Ballivián, que por ese tiempo se encontraba cursando el quinto año de la carrera de Historia, cuando se percató de un anuncio en predios de Monoblock Central de la UMSA, Piso 11, en el cual requerían estudiantes o egresados para trabajar en el Archivo de La Paz.

Un efecto positivo del rescate de dichos documentos fue la creación del Archivo Histórico de la Universidad Mayor de San Andrés de La Paz (Cota-Cota); en el entendido de encarar los futuros retos de la reciente carrera de Historia, creada mediante Resolución rectoral  28/646/24126, en fecha 24 de enero de 1966. “El Archivo sería como un laboratorio para profesores y alumnos; el entusiasmo fue inmenso y se comenzó de inmediato con el ordenamiento preliminar de los papeles. Paralelamente se tramitó un Decreto Supremo”, indica Crespo. 

El Decreto Supremo referido es el  09777, del 15 de junio de 1971, Trasferencia de documentos al Archivo La Paz de la UMSA, el cual reza así: 

“Artículo 1. Dispone la documentación de carácter público, oficial y nacional, existente en las reparticiones del Estado, con más de treinta y cinco años de  antigüedad, deberá entregarse al Archivo La Paz, dependiente del Rectorado de la  Universidad Mayor de San Andrés, Esta disposición comprende a la Presidencia de la República, Ministerios y cualesquiera otras oficinas estatales de carácter nacional,  con excepción de los Ministerios del Interior, Relaciones Exteriores y Culto y de Defensa Nacional”.

La historiadora Florencia Ballivián recuerda que en esos años el Archivo empezó a dar sus primeros pasos en un enorme galpón situado en la zona de Cota Cota de la ciudad de La Paz. Inicialmente el espacio fue construido para el funcionamiento de un laboratorio de hidráulica dentro del programa de cooperación firmado entre la UMSA con el gobierno federal de Alemania.

 “El proyecto fracasó –dice Ballivián– debido a que los obreros contratados realizaron una maqueta de cemento del río Choqueyapu, utilizando la mitad del material proporcionado: la otra parte fue desviado para ellos. El prototipo no funcionó. Al final fue una suerte para el Archivo, porqué se tuvo a disposición los predios de Cota Cota”.

 En ese improvisado tinglado fue que llegaron varias volquetas de papel, que apilados en el suelo formaban montañas de expedientes de más de tres metros de altura; se calculaba en unas treinta toneladas de documentación que habían estado durante un tiempo incalculable en los sótanos del edificio de los tribunales. 

La siguiente etapa –señala Crespo– consistió en separar cronológicamente cada expediente hasta que al cabo de algún tiempo se pudo conseguir estantería metálica y cartones fabricados por La Papelera. El limitado personal del Archivo fue armando cajas para guardar y conservar los múltiples documentos: “De manera simultánea y con orden de la Corte Superior de Distrito se logró recoger archivos notariales de la ciudad de La Paz con más de treinta años de antigüedad”. 

Pero las labores del Archivo fueron temporalmente interrumpidas por el gobierno de facto de Hugo Banzer Suárez, que ordenó la intervención y cierre de las universidades públicas. Cuando la UMSA abrió sus puertas, retomaron las faenas archivísticas. Y un día de esos –recuerda Ballivián– se le ocurrió al historiador Crespo utilizar la documentación disponible en el Archivo para emprender un trabajo sobre La vida cotidiana en La Paz durante la guerra de la independencia. 

¿Por qué estudiar la vida cotidiana? Alberto Crespo señala: “(El) objetivo es proporcionar un panorama no de los hechos que generalmente está acostumbrada a presentar nuestra historia, sino el fondo general, social y económico, sobre el cual se desarrollaron los sucesos políticos, militares o gubernamentales entre 1800 y 1825 (…). Aquí no aparecen los grandes personajes y sus circunstancias: Murillo subiendo al cadalso, el ingreso del brigadier Juan José Castelli a La Paz al mando del primer ejército auxiliar argentino (…). Aquí los personajes son el pueblo y la ciudad en todos sus niveles, con sus afanes y preocupaciones diarias, sus intereses y sus necesidades, su empeño de cada momento por vencer problemas y dificultades, en medio de una tierra sacudida por las peleas entre los ejércitos español y patriotas”.

Otra característica de la obra, “es seguramente el resultado del primer trabajo colectivo emprendido en nuestro país en el campo de la historia. Fue llevado a cabo como una tarea práctica de investigación”, manifiesta Crespo. Los investigadores René D. Arze, Florencia Ballivián y Mary Money se abocaron de manera conjunta en consultar sobre todo fuentes primarias, resguardadas en el Archivo de La Paz, Archivo de la Catedral de La Paz, Archivo del Arzobispo de La Paz, Archivo de la iglesia de San Agustín y la Casa Murillo. 

Además, revisaron la escasa bibliografía secundaria sobre un tema poco estudiado en el país. Cabe mencionar que la preocupación del sector académico y universitario en ese período, gravitaba en explicar las vertientes del poder minero, los logros del proceso revolucionario del 52, la reconducción nacionalista bajo el populismo castrense de René Barrientos, Alfredo Ovando y Juan José Torres.

Con respecto a la metodología utilizada, Florencia Ballivián indica que el trabajo consistió en que cada estudiante tomaba un documento al azar para revisar si correspondía a la temática trazada, pero también surgía días en que uno no encontraba ningún expediente del tema tratado.

La otra fase consistió en leer cada folio en el Archivo o continuar su revisión en casa para elaborar un breve escrito. Al día siguiente, se tenía que explicar al profesor Crespo y al grupo de investigadores sobre la documentación hallada anteriormente. Luego, el profesor guía se detenía a corregir, proponía modificar, suprimir o ampliar los trabajos de cada uno de sus integrantes. Una vez concluido el manuscrito, Crespo unió y ordenó los textos definitivos para volver a revisar entre todos los autores.  

El libro sobre La vida cotidiana en La Paz se nutre primordialmente en documentación de los años 1800 a 1825, llegando a abarcar tópicos referidos a la ciudad, sus habitantes, la morada, la administración, los servicios, ceremonias y juegos, los números, las letras, las leyes y la iglesia frente a la independencia. 

Por ejemplo, en el capítulo referido a las leyes y su procedimiento, los autores señalan lo siguiente: “Las autoridades paceñas reconocían reiteradamente que la desocupación traía consigo bastantes problemas, ya que no faltaban ‘los malentretenidos y perturbadores’ que con sus desórdenes alteraban la tranquilidad pública. Los delitos eran cometidos por lo general por este tipo de gentes que, en la mayoría de las veces carecían de trabajo”. 

Las autoridades locales estaban abocadas a varias tareas, una de ellas era esclarecer casos de injurias, estupros, robos, homicidios, entre otros. Uno de los delitos tipificados era el homicidio, en donde el alcalde ordinario de segundo voto era el encargado de iniciar el proceso judicial. También era lo usual la práctica de sortear en la Fiesta de Pascua de Resurrección el indulto entre dos sentenciados a la pena capital. El beneficiado salía en libertad con el nombre de “Barrabás”, mientras que el otro sufría la última pena. Para ello introducían en un vaso cuatro papeles. En dos de ellos figuraban los respectivos nombres de los reos, en el tercero estaba escrito “Viva la Constitución” y el último era blanco, señal de muerte.

Las penas vigentes en esa época no se limitaban a la prisión, sino que en muchos casos asumían otras formas de castigo como el destierro, el azote, los trabajos forzados. 

“Una muestra de la diversidad de castigos aplicables por delitos políticos, es la segunda sentencia dictada el 8 de febrero de 1810 por Goyoneche contra los revolucionarios paceños. Sin contar con la pena definitiva de la horca a que fueron sentenciados Ramón Arias, Francisco Xavier Iriarte, Juan Manuel de Cáceres y Miguel Quenallata, las demás sanciones comprendían la reclusión en los presidios de las Islas Filipinas y Malvinas (…). A los abogados Antonio Ávila y Juan de la Cruz Monje se les privó del ejercicio de su profesión y se les extraño de la ciudad a perpetuidad. Francisco Monroy y Francisco Hinojosa (…) quedaron inhabilitados para ocupar cualquier empleo”. 

En el caso de las mujeres, las condenas más corrientes consistían en su reclusión en el beaterio de Nazarenas o en prestar servicios en el Hospital de Mujeres por el tiempo que las autoridades señalaban de acuerdo a la gravedad del delito.                         

Se puede advertir que los investigadores no se detuvieron en replicar fechas históricas ni analizaron la responsabilidad de cada uno de sus actores en el devenir de los sucesivos acontecimientos. En cambio, sí se preocuparon en retratar de manera fidedigna –en base a documentación oficial– varios pasajes de la vida diaria de sus habitantes: la cual refleja sus pautas de comportamiento; la manera en cómo forjaron una realidad social bajo el sistema colonial y los años de la independencia; también refieren algunas pistas sobre el funcionamiento de las instituciones. 

El legado de Alberto Crespo, René Arze, Florencia Ballivián y Mary Money fue reparar un vacío inadvertido o desdeñado por nuestra propia historia. En la actualidad el libro puede ser estudiado desde distintos puntos de vista, en donde fluye el sentido de nuestra herencia social, histórica, jurídica y cultural, que nos abre posibles respuestas sobre el origen de nuestros conflictos actuales.

 

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