Pandemia

Una linda historia de amor

Mi papá falleció el sábado; nueve días después mi mamá se elevó a su encuentro. En dos patadas, el Berde y la Carloncha dejaron este mundo.
domingo, 2 de mayo de 2021 · 05:00

Eduardo Berdegué PardoValle
Escritor

Los papis tienen Covid. La voz siempre dulce y ese día también estoica de mi hermana sonaba una alarma que se había logrado esquivar por meses. Condiciones pre-existentes, cardíaca en mi papá y pulmonar en mi mamá, los hacían muy vulnerables. Mi vuelo llegó un miércoles de sol y disfruté la bajada desde El Alto como lo hacía siempre, saboreando las vistas y el murmullo de una ciudad cambiante y cambiada en cada visita.

El camión repartidor de oxígeno en la puerta del edificio La Florida me trajo de vuelta a la realidad. Tardé un instante en caer en cuenta que esos fríos y desportillados tubos metálicos que hasta ese día asociaba solamente con actividades comerciales o industriales estaban destinados al piso 3. De ahí en adelante, el virus haría más que evidente su presencia en todos los espacios.

En cada mueble de la sala los adornos que conocía de memoria se codeaban ahora con una colorida variedad de cajas de medicamentos, mascarillas, anotaciones, rociadores de alcohol. En cada rincón había algo que nunca debió estar allí, máquinas de oxigenación, silla de ruedas, bolsas de plástico con diversos artefactos ofrecidos por amigos, por si acaso. Y flanqueándolo todo, esa media docena de pesados tanques que se iban reponiendo hasta dos veces al día. Atiborrado de recuerdos, el departamento, aunque siempre pulcro no siempre se mantenía ordenado, pero éste, claramente, no era su desorden. 

Mi papá falleció el sábado en nuestra presencia y al son de Las hojas muertas de otoño en versión de Édith Piaf, canción que él mismo había escogido para ese fin años atrás. Nueve días después mi mamá se elevó a su encuentro. Y así, en dos patadas, el Berde y la Carloncha dejaron de ser de este mundo. 

Cuando yo nací, mi mamá no había cumplido aún los veinte años y en mayo próximo habrían de cumplir sesenta de casados. Lo que construyeron en el interín fue una extraordinaria colección de recuerdos y ejemplos de vida que es su verdadero legado. La sonriente y desmedida generosidad con que acogían a todos fue tal vez el más indeleble recuerdo expresado por quienes nos transmitieron su pesar en los últimos días. Eso y algún exquisito bocado y traguito con los que empezaban a abrir su vida a los demás. 

Donde tuvimos casa, encontraron refugio tanto familia como amigos, propios y ajenos, y hasta ilustres desconocidos. Más de una vez llegaron mochileros a tocar el timbre para acceder a una ducha caliente que mi mamá tuvo a bien ofrecerles tras algún breve y callejero cruce de palabras. No fueron pocas las veces que en casa se ocultaron “compañeros” de quienes, sin hacer pregunta alguna, recibíamos en trueque fascinantes tertulias muchas de las cuales terminaban en imprudentes guitarreadas. 

Nunca aficionados a la pose ni a la posición, transitaron sus días disfrutando genuinamente la compañía de gente que querían y que los quería, consecuentes tan sólo a las indicaciones del corazón. Diferentes como eran entre sí, coincidían plenamente en el respeto mutuo y a los demás. Viajeros empedernidos, no se preocuparon nunca en dónde dormir, pero sí en dónde comer. La única fortuna que forjaron y cuidaron cada día fue el tenerse el uno al otro. 

No era su costumbre reflexionarnos o inculcarnos esta o aquella lección. A mi hermana y a mí nos fue suficiente su ejemplo para discernir el bien del mal, lo urgente de lo importante, lo fundamental de lo irrelevante, lo justo de lo que no lo es. Jamás dejaron una cuenta sin pagar.

No tiene sentido preguntarse si se fueron muy pronto. Lo importante es saber que eligieron irse juntos, como juntos eligieron vivir. De consuelo me queda saber que lo suyo fue siempre y sólo una linda historia de amor de la que tuve la suerte de ser parte. El gran desafío será tener el coraje de seguir sus pasos y vivir cada instante con gratitud, generosidad y entusiasmo.

 

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