Reseña

La política con altura

Toño Araníbar se las arregla para entretejer su vida política con su vida familiar, y lo hace de manera que el lector encuentra a ambas naturalmente indisociables.
domingo, 23 de mayo de 2021 · 05:00

Alfonso Gumucio Dagron
 Escritor y cineasta

 

Cuando me gusta un libro, soy un lector lento. Saboreo cada página y a veces la leo de nuevo antes de pasar a la siguiente. Tomo notas y subrayo. Eso me pasó con La política como opción de vida (2021, Heterodoxia), la autobiografía de Antonio Araníbar Quiroga, uno de los tres altos dirigentes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), tres veces candidato a la presidencia, pero sobre todo un luchador leal y comprometido con ideales de justicia, libertad y democracia. 

Cuando un hombre que ha vivido grandes eventos históricos decide desnudar ante los demás la intimidad de su pensamiento y de su acción, y su vida privada como complemento de su vida pública, lo hace consciente de que nadie más podrá manipular su relato, ni interpretarlo según una coyuntura que quedó atrás. Deja para generaciones futuras (con la esperanza de que lean, cosa cada vez menos probable) su palabra compleja y a veces contradictoria, enriquecida por la reflexión permanente. 

Con la edad, uno revisa cada episodio de su vida y lo sopesa nuevamente, lo vincula a nuevos datos, lo contrasta con la crítica y con el escarnio, porque cada parte vivida y percibida es lo que construye el todo existencial. Mientras avanzo en la lectura del testimonio de Toño Araníbar, detecto aquello que mejor lo define: ética, honestidad, integridad, generosidad, valentía… pero también rabia, impotencia, decepción, amargura, bronca. Hay todo eso en una vida plena. Las primeras son palabras que podrían ser un mantra para las nuevas generaciones, y también las últimas, para derribar a los falsos ídolos del oportunismo y del transfugio, del resentimiento y del odio, de la corrupción y de la mentira, de la mezquindad y de la arbitrariedad… taras a las que nos han querido acostumbrar ejerciéndolas con fruición.  

El relato no pretende ser un discurso vistoso, pero es un ejemplo de existencia, con luces y sombras, que debería abochornar a quienes por su ambición personal demolieron una escala de valores que era un parámetro generacional, y también a quienes no hicimos lo suficiente para impedirlo. 

En el prólogo, Fernando Calderón dice que todo testimonio es a la vez personal y colectivo, porque es “la pintura de un tiempo”. Sin embargo, a ello habría que agregar que todo testimonio es una voz única e intransferible, una mirada íntima sobre la propia vida, lo cual la hace distinta a otras miradas igualmente legítimas sobre el mismo fresco histórico. Es propio del género testimonial que el autor justifique y explique sus acciones, y son muy raras las autobiografías autodestructivas (pienso en Adamov, o en la que podría escribir Fernando Vallejo). 

Lo importante de un relato que interpreta la historia en primera persona y hace valoraciones de otros personajes, es que el lector también puede construir su propio relato en primera persona y contrastar sus propias valoraciones, sobre todo cuando hay espacios y tiempos históricos comunes. Por ello, dudo que las nuevas generaciones -para quienes la historia de hace cuatro décadas es tan remota como la revolución francesa- puedan obtener el mismo provecho y sentir el mismo entusiasmo al recorrer las páginas de este testimonio.

 

La estructura

El libro está dividido en seis capítulos, con una calidad que declina hacia el final: “El caminar de un peregrino” (los inicios a partir de las convicciones cristianas), “El MIR” (la construcción de un nuevo instrumento político), “La conquista de la democracia” (el exilio y la lucha contra las dictaduras), “El gobierno” (otra cosa es con guitarra), “Un nuevo camino” (la segundita) y “Un paso al costado” (la bronca final). 

Es mucha vida para comprimirla en 348 páginas con 45 fotografías (que merecían un mejor tamaño y una mejor impresión). Toño Araníbar se las arregla para entretejer su vida política con su vida familiar, y lo hace de manera que el lector encuentra a ambas naturalmente indisociables. No es menor el aporte que hace el prefacio de Ivonne, su esposa y compañera de vida, para ponerle una bomba ventricular a todo lo que viene después.

 

 La memoria

Los orígenes políticos de Araníbar son sugestivos para quienes no lo conocen. El lector común suele estar acostumbrado a retratos de figuras públicas en el momento cúspide de su existencia. Esas fotos con pedestal son engañosas porque capturan una instantánea cuyo espesor no permite llegar al hueso del personaje. Por eso Toño empieza con sencillez: aunque confiesa que nunca quiso meterse en los recovecos de su memoria, lo hace bastante bien para desentrañar su origen en una familia que tenía tierras y pongos en Sarco y La Tamborada, y que vivió el sacudón de la revolución de 1952, cuando la Falange Socialista Boliviana (FSB) capitalizó las energías de quienes eran ante todo cristianos. Paradoja la del PIR, el precursor marxista, que en alianza con la derecha más recalcitrante logró derrumbar en 1946 el proceso de cambio que el MNR había cristalizado a partir de la Guerra del Chaco. 

Una cosa lleva a la otra: ese muchacho espigado, que allá por 1962 tenía que pedir permiso a los dinteles de las puertas para atravesarlas, comienza a descubrir el sabor de la militancia en la Juventud Universitaria Católica de la Universidad Mayor de San Simón (UMSS), en Cochabamba. Sus primeras amistades “para toda la vida” nacen allí y continúan en el Partido Social Cristiano: Chichi Ríos Dalenz y los dos Alfonsos (Camacho y Ferrufino), imbuidos por la misma convicción. 

Sus primeros años de participación política están marcados por cierta indecisión relacionada con la construcción de su propia familia: ¿trabajar como profesional para dar seguridad a la esposa y a los hijos, o lanzarse al activismo político con ellos, a pesar de los riesgos? Un dato curioso en esa parte: el día de su matrimonio con Ivonne Arze en la iglesia del Montículo, sus testigos y supuestos “amigos”, Remo di Natale y Benjamín Miguel, los dejan plantados. 

En su breve paso por la empresa privada se describe serio y disciplinado, pero también insatisfecho porque quiere romper con sus raíces pequeño-burguesas y no lo logra. Le pican los pies para pisar el terreno de la política, aunque ya ha sido testigo de transfugios y frustraciones: ni los cristianos están exentos de comportamientos con dobleces. 

El relato de los avatares cotidianos por la sobrevivencia en esos años de juventud, forman también el temple de quien no quiere claudicar en sus ideas. Lejos de un relato de leyenda, el joven Toño trata de conciliar el sufrimiento por la familia, con un destino histórico todavía insospechado. 

El lector disfruta la “profundidad de campo” (como decimos en fotografía), es decir, la perspectiva incluyente de la historia que abarca seis décadas de experiencia personal y permite ver el conjunto. Es lo contrario de ver de manera sesgada y maniquea los tres últimos lustros y creer que la historia comenzó en 2005, como intenta el MAS. 

La dificultad de construir una opción política que no sea ni capitalista ni comunista, no era fácil en un mundo tan polarizado como el de la década de 1970. La “tercera vía” no era tan clara y el contexto internacional pesaba demasiado sobre los procesos políticos de raíz nacionalista. Lo más saliente del testimonio es el proceso de construcción del MIR, del cual fue uno de los principales actores (a Jaime Paz le sirvieron el MIR en bandeja).

 La etapa pre MIR

El periodo anterior al golpe de Banzer es crucial en el crecimiento político de Toño, un proceso continuo que no se estanca porque está guiado por valores y por la reflexión crítica y autocrítica. Esta etapa pre-MIR tiene un punto de inflexión en la Asamblea del Pueblo y el gobierno de Juan José Torres. La participación de Toño, con la limitada práctica política que tenía, no impide una mirada crítica sobre el “ultrismo” que llevó a Torres al palacio de gobierno y lo abandonó allí. Parecía que la ideología era lo último que importaba, pues más peso tenían las rencillas personales y el oportunismo. Lo que ya había visto a su paso por el Partido Social Cristiano parecía magnificarse, y se agravaría en el propio MIR con el paso de los años. 

Los supuestos aliados le hicieron al general Torres un corralito que precipitó en apenas diez meses el golpe de Banzer y una dictadura de siete años de persecución, exilio y clandestinidad. “Ya habíamos mostrado tenacidad en las luchas universitarias. Tocaba ahora tener templanza en este nuevo espacio político que se nos abría. Éramos novatos en este juego, pero llegaríamos a ser expertos. Nuestras destrezas en el arte del camuflaje y la confabulación se irían robusteciendo”, relata al cruzar el umbral de su primera noche en la clandestinidad. 

Hay páginas de dolor que trascienden los episodios políticos, por ejemplo, cuando en el exilio en Chile se produce el golpe de Pinochet y el asesinato de su amigo de juventud, casi un hermano, Chichi Ríos Dalenz. La hondura de la pérdida marca a Antonio en un doble sentido. “Claro que sentí miedo”, dice, pero con ese miedo humano crece su determinación de zambullirse íntegramente en la lucha política y desde abajo, con humildad.

Desde su nacimiento el MIR tardó 12 años para llegar al poder. El MNR lo logró en apenas tres años en alianza con Villarroel, en 1943. Para el MIR la alianza con Siles Zuazo en la UDP fue el paso histórico que permitió acceder al poder, pero los tiempos del calendario no cuentan el detalle. El MIR pasó por un proceso de formación colectiva que Antonio describe minuciosamente en la parte más sustancial de su autobiografía, para colegir que finalmente el desgaste del MIR comenzó con la llegada al poder, el mismo día de la toma de posesión de Siles Zuazo. 

Nadie más puede contar lo que cuenta Toño de su cercanía con Siles Zuazo en el proceso de negociaciones que llevó a la formación de la UDP (“don Hernán complicaba aún más las cosas”). 

El relato de las reuniones en el exilio con Lechín y Siles (una mirada apasionante de quien había conocido como estudiante universitario a ambos líderes históricos), el “Pacto de Caracas”, el “entronque histórico”, las reuniones clandestinas de la cúpula del MIR, la determinación de dejar las decisiones en manos de la dirección nacional (clandestina en tiempo de dictaduras), son episodios magníficamente narrados. 

Los rasgos generales de las negociaciones políticas de aquellos años se conocen, pero los detalles que ofrece Toño pueden pasar desapercibidos en los libros de historia. Cuando se discutía quién sería el acompañante de fórmula de Siles Zuazo en las elecciones, el nombre de Toño fue propuesto por todos en la dirección del MIR. Hubo solo dos votos en contra: Araníbar y Jaime Paz… Fue entonces que él propuso a Jaime Paz, y ahí se sembró la semilla del individualismo que en pocos años desvirtuó al MIR.

Muchos de los que estábamos en el campo progresista en 1979 apostamos por la UDP sin ser militantes. El “entronque” generacional tenía sentido con una izquierda nacional no influenciada por los “ismos” que dominaban el planeta. Aunque el Partido Comunista era parte de la UDP, su papel político ya no era preponderante. Tenía más garra en el ámbito sindical con dirigentes como Simón Reyes y Oscar Salas. Luego vino el “empantanamiento histórico”, la intransigencia que expuso a los partidos políticos que no estaban a la altura de sus responsabilidades. El bajón de ánimo político afectó a Toño, según su relato, de la misma manera que afectó a todos los que creíamos habernos librado de las dictaduras militares. 

Natusch (con aliados del MNR y de la UDP) y García Meza llegaron para rematar una democracia moribunda. En el relato sobre el paso a la clandestinidad durante García Meza algo me sorprendió: yo estaba convencido de que solo los que no teníamos militancia tuvimos que acudir a los amigos para pedir refugio, pero Toño narra su peregrinaje con el doctor  Siles Zuazo de una casa a otra, mostrando que el MIR no tenía siquiera casas de seguridad preparadas para un golpe que estaba más que cantado. 

Luego, la fractura del MIR, las divergencias y separaciones entre los principales dirigentes, y el dolor de perder la sigla partidista que en el futuro quedaría asociada al oportunismo político y no a las luchas contra la dictadura.


Alfonso Gumucio  y  Araníbar en México, en 2011.
Fotos: Alfonso Gumucio

 A la defensiva

A medida que avanza el relato hacia los capítulos finales, se fragmenta y se hace menos intenso. Como toda autobiografía, ésta también hace ajustes de cuentas y multiplica aclaraciones a la defensiva, que hacen declinar el relato. Paulatinamente el autor se atrinchera en explicaciones sobre sus actuaciones políticas, y abandona el terreno de la ideología, aunque su convicción política y no el sentido de la oportunidad, lo llevan a apoyar el gobierno de la Participación Popular, liderado por Sánchez de Lozada. 

Muy sensible a la crítica de los adversarios, Toño se defiende con bronca, descendiendo al subsuelo del debate donde lo arrastran personajes como Evo Morales, quien no merecía respuesta. La narración se hace reactiva antes que propositiva. Se nota el cansancio del narrador cuando habla (probablemente ante una grabadora) de episodios que le son desagradables. Toño, que siempre creyó en la política limpia y con altura (la suya en dos sentidos), se ve arrastrado a referirse al fango de la politiquería más baja. 

El hastío cruza las páginas cuando la historia se reduce a un proceso de cambio sin cambio, con la aparición mesiánica de un gran impostor, que desde 2005 hace retroceder a Bolivia y obliga al autor del libro a dar “un paso al costado”. La frustración gana la partida y él la condena a un exilio injusto impuesto por la vendetta política. 

Todo lo anterior, con altos y bajos, es parte de la vida misma y de un testimonio que llega al lector gracias al esfuerzo de Heterodoxia y de su inventor, mi amigo Tyrone Heinrich, cuyo nombre no aparece por ninguna parte, pero es justo rendirle homenaje aunque él opte por el anonimato. Leyendo su “WhatsApp del editor” y la página final sobre Heterodoxia, podemos conocer algo de quien prefiere la modestia a la figuración, activo militante por la vida, como Liber Forti, su mentor.  

La edición está bien cuidada, aunque para mi gusto hay demasiadas y muy largas notas al pie de página (con un tipo de letra muy pequeño), que podían incorporarse en el relato como parte del texto. Y el añadido final de las “Notas sobre el Silala” sale sobrando, es un apéndice innecesario en esta magnífica autobiografía.

 

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