Aullidos de la calle

Matemos a los perros, matemos a los pobres

Martin Eden trae una imposición ideológica muy marcada, es tan a propósito que más parece un sello personal del cine de Pietro Marcello.
domingo, 23 de mayo de 2021 · 05:00

Mónica Heinrich V. 
Reseñista y cinéfila de corazón

Qué experiencia más singular es Martin Eden. El segundo largometraje de Pietro Marcello cala hondo y puede dividir las aguas como Moisés al mar Rojo.

Hablemos primero sobre que esta película italiana adapta la novela autobiográfica y homónima de Jack London, hablemos también de la literatura de London, hablemos de su gran cuento Encender un fuego, hablemos de su otro enorme cuento, Un buen bistec, hablemos de cómo esos relatos viscerales contrastan con sus relatos más aventureros como Colmillo Blanco o Jerry, de las Islas, hablemos de Spencer, de la burguesía, del individualismo, del socialismo, de los bastardos, de los perros y de los pobres. Hablemos de Martin Eden.

Martin (Luca Marinelli) es un marinero sin educación que por casualidades de la vida defiende de una golpiza a un joven desconocido en el puerto. El joven resulta ser miembro de una acaudalada familia, y en muestra de agradecimiento por su intervención, la familia abre sus puertas y brazos a Martin. Una bella y blonda Elena (Jessica Cressy) entra en escena. Elena es hermana del salvado. Martin se deslumbra por todo, por la mansión a la que lo invitan, por la elegancia de lo que ve y, sobre todo, por Elena, a quien empieza a amar. Es así que decide estudiar y ser escritor, para acceder a esa vida que le ha sido negada en origen. 

Esa sería la sinopsis inicial tanto en la novela como en la película, solo que, en el libro, en lugar de estar en Italia estamos en EEUU y la joven acaudalada se llama Ruth. En el libro, queda claro desde el principio que, aunque la joven es receptiva a los avances amorosos de Martin, la brecha social es insalvable. 

Para London y para Marcello, el discurso ideológico de Martin Eden no es otro que el de la necesidad de vencer al individualismo, de ver al colectivo social como algo por lo cual luchar, algo que hay que defender. London dijo con pesar que su obra no fue bien interpretada por los críticos de su época, y Marcello presenta a su antihéroe como un traidor a su origen. El hartazgo posterior de Eden no es sino el paralelismo de otra gran frase que lanza en la película: el saciado no cree en el ayuno.

No cabe duda que es un libro complejo de llevar a la pantalla. En su versión literaria, todo este proceso autodidacta de formación de Eden es muy meticuloso, los tópicos son más específicos, sus fracasos más notorios, en la película si bien igual se construye el periplo de Martin como un camino muy cuesta arriba, se tienen que condensar tiempos para que el espectador no se aburra de ver una y otra vez las puertas cerrarse en la nariz de nuestro personaje principal. 

La adaptación cinematográfica, el traspaso de novela a guion, llevado a cabo por Maurizio Braucci y el mismo Petro Marcello, ha sido desafiante, porque tiene que respetar la esencia de London, pero al mismo tiempo imbuir a su historia vintage algo de actualidad.

Una decisión de Marcello, que puede no ser muy bien entendida por el espectador que no ha leído la novela, es cómo toma los pasajes más oníricos de los pensamientos de Eden para trasladarlos al lenguaje cinematográfico en cápsulas estilo documental. Algunas son imágenes de archivo de eventos llamativos como la revolución del 1 de mayo de 1886, otras son cápsulas ficcionadas de lo que Eden escribe. Este contexto-fuera-de-contexto puede verse como una paja pretenciosa de cineasta pretencioso, y lo es, pero dentro de su pretensión por momentos alcanza lugares interesantes.

De igual manera, Marcello acompaña la inocencia de Martin con canciones pop cursis italianas, y con textos cursis de los que luego el mismo personaje se burlará al final, es otra cualidad/defecto de Marcello. Marcello irá poniendo en pantalla el desarrollo de su personaje, y si al principio lo rodea de cierta cosa cursi, al final lo acompañará con un piano lúgubre que hace eco de su asco por la vida. 

Sí, la novela de London fue escrita por partes entre 1908 y 1909. Sí, London escribió un par de veces acerca del suicidio, y su muerte sigue siendo un misterio en cuanto a si tomó o no su propia vida. Sí, el texto de London, por tanto, es lleno de frases rimbombantes, de reflexiones autoconscientes, de ideas condescendientes con las nociones más básicas sobre socialismo, burguesía, o individualismo. Estas diatribas sobre la sociedad y las desigualdades pueden sonar a sermón social, porque son más que un comentario social, y ya dependerá del espectador si acepta la propuesta.

La formación teatral de Luca Marinelli le pasa factura en algunas escenas en las que parece actuando más para una platea que para una cámara de cine. Hay mucho grito y cosa pasada de rosca, la elipsis temporal de su vida de marinero ignorado por los editores a fenómeno de la literatura de su época, apenas se construye. Si estuviste atento, y más aún si conocés la literatura de London, sabrás el final con mucha anticipación. Ese final anticipado no deja de ser triste, y Marcello lo soluciona con una hermosa toma. Quizás la toma estéticamente más linda de toda la película. 

Martin Eden puede gustar o no gustar, su imposición ideológica es muy marcada, pero en este caso en particular es tan a propósito que más parece un sello personal, y no cabe duda que Pietro Marcello tiene un estilo y una forma de hacer cine que hay que seguir para ver hacia dónde más nos llevará en sus próximos trabajos.

Mientras tanto, cuando su última película concluye, te queda bailando en tus oídos una frase que solo está en la película: “Los pobres tienen derecho a tener un perro. En su lugar podrían tener ratas: sirven igual y están exentas de impuestos. Viven apretados en cuartos con sus costosos bastardos. ¿Por qué no juegan con las moscas? ¿No son animales de compañía? Y hay que pagar el ayuntamiento. Hay que ponerle fin a esto o acabarán comprándose ballenas. Hay que tomar una decisión: Matar a los perros. ¿No es una buena idea? Y el próximo emprendimiento: matar a los pobres”. 

Empieza la guerra, dice casi al final otro de los personajes. Martin Eden está sentado en la playa con la mirada pérdida, y nunca sabemos qué guerra ha empezado, solo sabemos que empezó.

 

 

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