Arguedas y Saavedra: fin de un ciclo

Con una polémica se dio fin a las “decadentes concepciones partidistas, tanto liberal como republicana, y se inició un ciclo de nuevas ideas políticas”.
domingo, 13 de junio de 2021 · 05:00

Oscar Cordova Sanchez 
Estudiante universitario y gestor cultural 

 

En nuestro país, la difusión de ideas que generan los medios impresos son de mucha importancia para gente que se centra en las opiniones de ciertos intelectuales que, mediante un análisis de los acontecimientos, otorgan rienda suelta a sus pensamientos, análisis y conceptos. En 1928, dos escritores bolivianos encendieron una polémica sobre el curso de las acciones democráticas del país: Bautista Saavedra y Alcides Arguedas. 

Ambos se verían en un debate lleno de sentimientos encontrados anexados al clímax que se vivió en esa época. Arguedas comentaba sobre los principios gubernamentales del caudillo paceño y su dirección del país entre 1921 y 1925; mientras que Saavedra respondía a estos comentarios con pasividad ante los ataques del célebre escritor. Era momento para fustigar la acción de Saavedra y dar fin a un ciclo de tergiversaciones sobre el manejo del estado durante el primer lustro de los años 20. 

Arguedas se encontraba en Francia, veía los cambios que se realizaban en el país, realizando varios análisis sobre su porvenir, ahora en manos del nuevo presidente Hernando Siles Reyes.

Bautista Saavedra, devastado por la traición política que Siles le había provocado, al no comprometerse con los lineamientos del Partido Republicano y sintiéndose él mismo un objeto sin curso. Inútil de no poder hacer nada desde otro continente, solo le quedaba dar servicio a la patria fungiendo cargos diplomáticos en Bélgica, en el ostracismo que le habían impuesto.

El Diario, que tenía tendencias liberales, publicó a finales de abril de 1928 el artículo titulado Palabras libres de Arguedas. Este artículo estaba dirigido “al Saavedra, caudillo, político y gobernante que fue presidente de la República”.

Arguedas no tuvo compasión con su excatedrático de la facultad de Derecho, que alguna vez absorbió conocimientos de éste y complementaron su apoyo cuando viajaron a principios de siglo a Europa por cuestiones laborales y búsqueda de nuevos “ideales”.

“Decreta el estado de sitio, viola la correspondencia privada, secuestra y falsifica telegramas, mete en prisión a los estudiantes, detiene y encarcela periodistas, hace cerrar los periódicos independientes, impone a palos a sus candidatos”, son algunas de las palabras que Arguedas escribió en dicho artículo hablando sobre las negativas de su gobierno y comparando su accionar con el libro que Saavedra publicó en 1921, La democracia en nuestra historia; revelando que no pregonaba lo que escribía, ni hacía cumplir hechos de justicia y libre expresión mientras estaba en el poder.

Añade Arguedas: “Cuando los jóvenes vean que los políticos sólo prometen lo bello realizable, sólo cuando se hallan lejos del poder y que el secreto... es imponerse para luego destruir sus promesas, entonces ya no creerán nada, renegaran de los mejores y caerán en un utilitarismo de baja calidad”, refiriéndose a las acciones que propugnaba Saavedra desde el exterior, y en su intento de llegar a la presidencia nuevamente, tratando de convencer a la nueva juventud que se hallaba sumida en luchas internas sobre nuevas políticas.

El Diario sacó en diversas entregas el documento esperando una respuesta del caudillo paceño. Para terminar y sepultar a Saavedra, Alcides Arguedas menciona: “Siempre habrá usted de gobernar con actos de violencia y esto no ha de hacer otra cosa que sembrar profundos odios, y dejar a la postre una herencia de resentimientos implacables que han de destruir la familia boliviana”.

Pero Saavedra, desde su despacho diplomático en el Viejo Mundo, no quiere un simple artículo, publica en más de cien páginas su folleto titulado Palabras sinceras para una historia de ayer, con  respuestas lógicas y abogadiles a las palabras enjuiciadoras que Arguedas realizaba sobre él.

Saavedra acepta los hechos discernidos sobre su gobierno y los remite con justificaciones que hacen los hombres de Estado, impulsados por la política para contrarrestar los dichos que puedan herir a su persona. No solo es un polemista, sino un político de naturaleza.

Saavedra, hombre combativo, sentimental y sincero explica las demandas que se le dijo:

“Cuando fui gobierno quise ser consecuente a mis ideas, pero al mes de mi exaltación al poder fui saludado con una sublevación del regimiento Loa. Decretado el estado de sitio, a posteriori, quedó suspendido a los dos meses. Quise demostrar, siguiendo mis sentimientos personales, que ese recurso gubernamental no era de mis preferencias... La experiencia vino a probarme que era yo un iluso... Los hechos, que son una lección objetiva en la vida, me indicaron el camino que debía recorrer”.

Así, aceptando los errores por su ingenuidad en el mandato al intentar explicar algunas tergiversaciones que sus adversarios le habían hecho, Saavedra reflexiona y hace brillar ante todo la verdad.

El caudillo menciona que decidió “entrar a la política con ideales patrióticos” pero en su trayectoria se encontró con “odios, egoísmos, vanidades, cobardías”, haciendo un cambio del pensamiento que tuvo; fue un recurso que “el país, su cultura y las pasiones que se agitan, le obligaban a ser”, dando en el punto más sincero a la Bolivia de los años 20.

Demostrando su calidad de agarrar las palabras exactas, se refiere en su folleto en la parte final a Arguedas,  quien le había motivado a escribir dicha sinceridad de los hechos y termina diciendo: “Para Arguedas hacer historia es difamar. Arguedas ha tenido en su vida dos grandes gozos como escritor: el día que ha deshonrado a Murillo, atribuyéndole haberse vendido a Goyeneche, y el día que difamó a su patria publicando aquel célebre libro Pueblo enfermo, plagado de dislates, como rico en embustes”.

Después de tres años, dejado el cargo presidencial, alguien tenía la oportunidad de hacer una crítica de las acciones gubernamentales que Saavedra había realizado. Encontró nada menos que a su antiguo estudiante, afilando la oportunidad para cancelar ese orgullo del  saavedrismo, para denostar la falta de libertad de prensa,  reprochar los estados de sitio y masacres que había realizado. Ante esto, la decadencia liberal y republicana se hacía inminente. Surgidos nuevos ideales con el gobierno de Siles, había que dar por terminado el debate sobre el gobierno de Saavedra. 

Arguedas, afín a su ideología, haría que el caudillo confiese sus errores más que sus aciertos. Con esta polémica se dio fin a las decadentes concepciones partidistas, tanto liberal como republicana, y se inició un ciclo de nuevas ideas políticas.

 

 

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