1921- 2021

Huáscar Cajías, un ejemplo de resiliencia

En el centenario de su nacimiento, este segundo homenaje relata las raíces de los Cajías Kaufmann y la boda del ilustre boliviano con Beatriz de la Vega.
domingo, 13 de junio de 2021 · 05:00

Lupe Cajías
Periodista

 

Huáscar Cajías Kaufmann, un cruceño universal, nacido hace cien años, el 7 de julio, desarrolló todos sus pensamientos, sentimientos y acciones bajo el compromiso católico y la fe en el Señor. Esa fue su fuerza y explica su sabiduría. Imposible olvidar sus últimas palabras, pronunciadas en un susurro: “Señor te he dedicado mi día a día”. Así expiró el 2 de octubre de 1996.

 ¿Cómo llegó Huáscar Cajías Kaufmann a ser Huáscar Cajías Kaufmann? En general, la opinión pública conoce su excelencia humana y profesional desde su época de joven catedrático –empezó a enseñar a los 22 años– hasta la honra que imprimió a la antigua Corte Nacional Electoral. Sin embargo, Huáscar tuvo que vencer muchos obstáculos para lograr lo que hizo por la humanidad.

Nada le fue regalado; todo tuvo que ser tallado, pulido. Pudo tener un destino mediocre por las condiciones objetivas de su niñez y de su primera adolescencia, tanto en Santa Cruz como en La Paz. Sin embargo, los designios que le tenía preparado su amado Jesús eran otros.

Familia paterna

La familia paterna, Cajías Portugal, era un clan con gran amor por la lectura y la agricultura, y también marcado por la violencia, los caracteres duros y sombríos, los amores y amoríos.

Se conoce que el tronco Cajías llegó a Bolivia desde  Brasil (quizá con origen en Portugal, Caxias), probablemente a través de tres hermanos, aunque únicamente se tiene documentación de la pareja que llegó hasta Chulumani, en el norte yungueño del Departamento de La Paz.

Chulumani era la principal provincia yungueña desde la colonia y hasta mediados del siglo XX por su producción de coca, agricultura y conexión con Irupana y a la vez con la provincia Inquisivi y la producción de tabaco y otros productos. Los caminos eran casi tan malos como hasta nuestros días y cada viaje era una aventura con el permanente soplido de la muerte sobre la nuca. El paisaje yungueño estuvo siempre presente en decenas de anécdotas de Huáscar. Aún sigue la vieja casona familiar al ingreso del pueblo.

María Gamboa, una típica chola paceña de rostro aguerrido y elegantes faluchos, era la bisabuela de Huáscar. Era madre de Eugenio Terrazas y de Juan Cajías Gamboa. En la difícil geografía había muchos hombres y pocas mujeres entre los criollos que se afincaban allá y no era extraño que una mujer tuviese más de un marido.

Juan Cajías Gamboa se casó con su vecina, Florinda Portugal, quien vendía pan y fabricaba kuyunas con el tabaco de la zona. Tuvieron siete hijos, todos de vidas muy intensas y aventureras. La familia se extendió por el país y dejó numerosos descendientes, casi todos reconocidos por las características de los Cajías: el amor a la cultura; el gusto por la comida criolla, suculenta y picante para compartir entre muchos comensales; una gran tendencia al goce, a la fiesta, al baile; y las ganas de viajar, de conocer, de ser caminantes.

José Gabriel era el cuarto hijo. Era el más estudioso y se graduó de veterinario en 1919, en Cochabamba, como uno de los primeros profesionales en ese sector. Por encargo de su padre, llevó una de las primeras pianolas desde La Paz a Chulumani para las fiestas.

Con su padre y un hermano se trasladó a la Chiquitania para comprar algún terreno rural pues habían perdido todo (casa y sayaña) por razones desconocidas. José Gabriel ocupó un cargo público (dependiente de la Prefectura de Santa Cruz) en la provincia Cordillera, por su profesión de veterinario. Además, tenía un negocio de matanza de puercos.

Llegó hasta San Ignacio de Velasco, al norte, pero la pandemia de esos años, la gripe española, frustró sus sueños ganaderos. Según relata en su correspondencia morían hasta 12 peones por día. Ahí conoció a Dora Kaufmann Arias, madre de sus hijos Huáscar y Aída.

 

Familia materna

Dora Kaufmann Arias era descendiente de una de las ramas sefarditas más notables desde la época colonial en el continente y cuya historia genealógica se remonta hasta Pedro Arias conquistador en Panamá y Ñuflo Chávez, fundador de Santa Cruz.

Su madre, Fructuosa, era parte de una estirpe de abolengo relacionada con Portachuelo, entonces importante localidad para el comercio. Sin embargo, la llegada del ferrocarril en la zona andina de Bolivia dejó sin la dinámica económica de antaño y la familia Arias entró en decadencia. Quizá conoció la pobreza, aspecto que endureció los caracteres.

Las personas viajaban en carretones y a caballo, en diligencias que salían desde Santa Cruz de la Sierra, pasaban una primera pascana en Cotoca y cruzaban el Río Grande en chalanas. Desde ahí se entraba a los hermosos y a la vez peligrosos paisajes de la Chiquitanía. El último pueblo era San Ignacio de Velasco.

Hasta ahí llegó el alemán Otto Kaufmann, originario de Heilderberg y conoció a la joven viuda de un sirio, la bella Fructuosa. Ese matrimonio no había durado ni un año y posiblemente tuvieron un hijo que murió pronto. Fructuosa, hermosísima y a la vez arisca, tuvo una con Otto, en 1904, a su hija Dorita.

En la zona habitaban alemanes, belgas, turcos, brasileños, suizos, libaneses, que son tronco de notables familias cruceñas y benianas actuales. La mayoría había llegado atraída por el boom del caucho. Eran administradores, técnicos, aventureros, en busca de riqueza y sueños dorados.

Otto se fue como llegó, sin dejar rastros, aunque un primo suyo, Ernesto, sí mantuvo una familia Kaufmann, cuyos descendientes viven aún en la región y otros en Cochabamba.

La casa de la familia Kauffmann era donde actualmente está el Hotel Misiones de San Ignacio. Era una casa de dos patios y al final, que llegaba hasta la otra calle, estaban los animales (gallinas, chanchos). La finca quedaba a tres días de viaje, a caballo, desde San Ignacio; ahí producían maíz, plátano, yuca. El desayuno era patasca (cabeza de chancho o sopa de maíz). Todo era muy alejado y natural.

Por cartas y diarios sabemos que Dora no tuvo una infancia feliz y sufrió las plagas de la época, curándose con la medicina tradicional tan famosa de la zona o en el ófrico Hospital de San Juan de Dios.

Muy joven, se unió con José Cajías. Amó profundamente a su hijo Huáscar (a quien decía “Óscar”) desde su nacimiento hasta el último día de su vida, en 1994 ¿Quién le puso ese nombre poco usual en la época? No lo sabemos. Curiosamente, el rostro del niño era más de un moro que de un descendiente germano. El color saltó las generaciones: Huáscar José (hijo de HCK) era rubio y alto y Huáscar Ignacio (nieto de HCK) es rubio y de ojos celestes.

Una foto  del matrimonio de  Huáscar y  y Beatriz de la Vega, el  20 de mayo de 1948.

La familia vivió en Santa Cruz –que entonces era una aldea de unos 40 mil habitantes– junto con Aidita, la hermana menor, y luego en La Paz, en la zona de Chijini, donde José ejercía su profesión de veterinario y atendía una carnicería, viajando constantemente en misiones oficiales por su profesión. Huáscar y Aída crecían más con la abuela Florinda y como muchos niños paceños de los márgenes citadinos, un poco a la deriva; “hualaichos” correteando por las calles, traviesos más que estudiosos.

Dora prefirió buscar mejores destinos para ella y sus hijos y partió a Buenos Aires, primero sola, hasta que en 1935 retornó para llevárselos. Germán Busch, su paisano la ayudó en la poco usual empresa.

La vida en la entonces pujante capital argentina marcó el destino de Huáscar. Internado en el Colegio don Bosco de la ciudad, un “bolita” entre muchachos de diversas procedencias, decidió ser el mejor de todos. Desde entonces no dejó de estudiar y aprovechó la amplia oferta cultural que ofrecía la capital argentina. En el internado aprendió la disciplina y también conoció la austeridad, que durante su vida intentaba olvidar invitando a comer a su casa a los familiares y amigos; desde la abundancia y la generosidad aún en épocas de carestía.

La familia vivía en la tradicional esquina Florida-Lavalle y la madre trabajaba como artista y era amiga de los famosos de la época, incluyendo a los mejores cantantes de tango. Bella como Fructuosa, tenía además buena voz y fue conocida en el ambiente artístico como Dorita/Peggy. 

Huáscar reconoció siempre el sacrificio materno y los primeros 20 bolivianos que ganó enseñando se los dio a ella como símbolo de su agradecimiento y ella guardó ese billetito gastado hasta su muerte. Dora se casó con un millonario austriaco, de origen judío asquenazí y se fue a vivir a Panamá, donde tuvo a su tercera hija Rosita Fastlich. (En 1964, Huáscar pidió a su antiguo alumno Armando Villafuerte redactar un documento para renunciar a cualquier herencia de esa rama familiar; igual que renunció a la herencia de la familia de su esposa años después).

El reencuentro de  Dora Kaufmann con sus hijos Huáscar y Aída.

Ahí adoptó con mucha fuerza la fe cristiana, católica, fortalecida más tarde por sus lecturas filosóficas, especialmente de Santo Tomás de Aquino.

Volvió a su país para cumplir con el Servicio Militar, con esa idea del deber que siempre lo fortaleció. Realizó sus estudios profesionales en Derecho en la Pontificia Universidad Mayor de San Francisco Javier, en Sucre. A la vez completó su carrera en Filosofía en la Universidad Mayor de San Andrés, en La Paz.

Cajías obtuvo su título de especialista en Ciencias Penales en la Universidad de Roma, Italia. Desde entonces fue considerado uno de los mejores, sino el mejor criminólogo boliviano del Siglo XX.

Fue catedrático en la UMSA desde sus 22 años y cumplió casi cinco décadas de enseñanza, formando a decenas de generaciones de abogados, sobre todo en las materias de Criminología y Ciencias Penales. Fue profesor de Filosofía y director de esa carrera. Sus textos de criminología fueron y son lectura obligatoria en las principales facultades de ciencias jurídicas en Bolivia y en varios países latinoamericanos. Por esos aportes fue invitado a dar conferencias en diferentes lugares del mundo y perteneció a sociedades académicas en Bolivia y en América Latina.

También organizó y fue Decano de la Facultad de Derecho de la Universidad Católica Boliviana en La Paz, dictando cátedras y ayudando a jóvenes en sus tesis de grado.

Trabajaba en varios lugares a la vez para mantener a su familia y fue al mismo tiempo filósofo, penalista, catedrático, profesor de maestros y de policías, conferencista internacional, diplomático y finalmente presidente de la Corte Nacional Electoral.

Dora Kauffmann  volvió de Buenos Aires; su ex cuñada Florinda, esposa de Genaro, le ayudó a verse con sus hijos en la Plaza San Pedro, entre 1933 y 1935.

Su familia

Huáscar Cajías se casó en 1948 con la cochabambina Beatriz de la Vega, hija de Enriqueta Rodríguez, descendiente de familias que aparecen en el libro de Alcides D’Orbyni, poetisa y aficionada a la guitarra y al piano (su casa es la famosa casona con altillo en la calle Beni de Santa Cruz) y del General Julio de la Vega, benemérito de la Guerra del Acre y también poeta. Beatriz y su hermana Carmela fueron periodistas pioneras en la prensa y en la radio.

La historia de su enamoramiento y de su pasión merece una novela romántica del siglo pasado. Tuvieron 10 hijos. Ella falleció muy joven, a los 43 años, y Huáscar sumó a sus muchos méritos ser padre y madre de una tropa de rebeldes.

El 20 de mayo fue el  aniversario de esa boda, que mostró a todos sus descendientes la importancia del amor, del respeto a las diferentes opiniones, del valor de la responsabilidad y de la fe y esperanza.

Texto leído en la Cátedra Luis Ramiro Beltrán dedicada el 20 de mayo a Huáscar Cajías K. en SECRAD, Universidad Católica Boliviana.

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