Últimos días coloniales en el Alto Perú

Gabriel René Moreno narra lo que, desde su perspectiva, fue lo más sobresaliente de esa antesala que cambió la vida de la América hispana.
domingo, 13 de junio de 2021 · 05:00

Augusto Vera Riveros 
Abogado

No hay solo bagaje cultural profundo en la obra que acabo de leer. Gabriel René Moreno da prueba yo diría más bien de un bagaje emocional que como tormenta incontenible se derrama en cada página de Últimos días coloniales en el Alto Perú. En general, estudiar la obra del cruceño más ilustre que esa tierra dio a Bolivia resulta algo así como meterse en camisa de once varas, y aun reseñar el libro del que las presentes líneas trata, porque un polígrafo del que las materias en que ha incursionado con extremo esmero literario como nadie antes ni después suyo lo hizo, se ha traducido en escritos fecundos de conocimiento y bien podría decirse que también pródigos de controversia.

Ni duda cabe de que Gabriel René Moreno ha sido, desde su misma época hasta hoy –y en el futuro también será– personaje por una parte emblemático de la literatura, y no le voy a dar, pero tampoco quitar razón al escritor Enrique Finot, que le diera el título de “príncipe de las letras bolivianas”, pero sin titubeos le confiero el no menos resonante epígrafe de caballero de la historiografía, no obstante el pensamiento polémico a que lo ha conducido su abierta posición discriminatoria respecto a los indios y mestizos, de quienes había llegado a la conclusión de que sus cerebros eran más livianos que de sus congéneres blancos. 

Pero sumergiéndonos en esa magnífica obra que disecciona los prolegómenos de la independencia del Alto Perú (aunque en realidad son más de veinte años previos a la libertad del yugo español los que el autor relaciona con sapiencia), sus prolongadas líneas hacen una descripción ordenada y con riguroso método narrativo de lo que, desde su perspectiva, fue lo más sobresaliente de esa antesala que cambió la vida de la América hispana. 

El primer capítulo hace una descripción espacio-temporal de Charcas o La Plata, como el centro político del Alto Perú. La lectura de esa parte del libro permite formar una convicción certera de la ya por entonces conformada pluralidad social que albergaba la ciudad de los cuatro nombres. Las contadas páginas de ese segmento no condicen con la profundidad narrativa que el pensamiento del autor traduce. La capacidad de síntesis es elemento constitutivo extraordinario en el estilo literario de Moreno. Y, entonces, es fácil deducir las contrariedades de una sociedad de todas maneras predominantemente influenciada, como es de suponer, por la metrópoli que la sojuzgaba. 

La impronta de la fe y la altísima raigambre de que gozaba la cúpula clerical, obligan a Charcas o La Plata aguardar y recibir con honores y algarabía sólo reservados para un personaje imperial de la época y de los que, después de todo, muy cerca se situaban las máximas autoridades eclesiales al nuevo arzobispo enviado desde el Viejo Continente. 

Cuánto derroche y ostentación de energías para el cura que a partir de 1807 iba a fungir como nueva cabeza de la impuesta evangelización en la capital… Una de las notas correspondientes a ese capítulo reza: “Al bajarse de la mula ricamente enjaezada que montaba el pertiguero de la catedral se la llevó para sí con todos sus arreos, y los monaguillos o seises cargaron  con las áureas espuelas y otros ricos enseres de viaje que como gajes del oficio del arzobispo les dejó”. Envidiable bienvenida y arribo con una excesiva algazara por quien, ni a dudarlo, no hacía ningún homenaje a quien muchos siglos antes entró con humildad a Jerusalén montando un asno prestado. 

La Universidad Real, Mayor y Pontificia San Francisco Xavier, uno de los semilleros de los protoindependentistas, está referida en dos capítulos de los que nítidamente resalta su calidad irradiadora del pensamiento insurreccional, anteponiéndola a la lectura propiamente dicha de los libros que contadas bibliotecas de la capital tenían; con ello se dio el comienzo de luces y corrientes también novedosas de las que dimanaron resueltas ideas de libertad.

Últimos días coloniales en el Alto Perú no tiene equivalencia en la literatura historiográfica nacional, y cuanto existe de ésta insustituiblemente tuvo que recurrir a su docto contenido, pues quien ha dejado tamaño documento ha hecho un aprovechamiento ciertamente de una lucidez intelectual, más allá de sus prejuicios raciales, que lo aventajan de lejos sobre casi todos nuestros pensadores de antes y después suyo. 

Las invasiones inglesas y las reconquistas del imperio español sobre Buenos Aires y Montevideo permiten no solo enfatizar la historia con el rigor de lo verdaderamente acontecido, sino, además, entrelíneas, patentizar su posición antibritánica como  enarbolando sus raíces hispanas, de las que, amén de sus grandes aportes al desentrañamiento de la historia y literatura bolivianas, estuvo particularmente honrado. Y finalmente, profundizar hechos que ningún otro texto histórico fue capaz de hacer, porque tampoco es secreto que no exista otro historiador en nuestro contexto que haya tomado su trabajo con la excelencia metódica e investigativa del escritor cruceño. 

El libro trata  muchos otros aspectos, como el estudio serio y sin semejanzas de Goyeneche en esos postreros años de la colonia, y a todos les impone un análisis puntual y sobre todo inflexible, porque Moreno es severo en todas sus apreciaciones.  Así también lo fue al narrar ese intrincado periodo de la historia en Las matanzas de Yáñez. No solo relata, sobre todo enjuicia con la autoridad que le confieren sus virtudes innatas, que cuando se las tiene se las enriquece con hondos discurrimientos epistemológicos, como los que rodeaban al historiador.

Las afirmaciones contenciosas de Últimos días coloniales en el Alto Perú como que los indios y los mestizos amaban a la madre patria, no son sorpresivas, ni siquiera desaprensivas tratándose de este preclaro historiador que hace copiosos alegatos que el lector puede, al menos, reflexionar sobre las aparentes contradicciones entre esos sentimientos y las sangrientas batallas que se han librado a través de los 16 años de lucha contra la corona y las abjuraciones una vez conseguida la libertad. 

Nada puede desmerecer el método empleado en la composición historiográfica de esta gran obra, contradictoria por un marco histórico veleidoso; de un Alto Perú que gemía gritos de libertad, pero que alojaba cipayos de la metrópoli. Solo una narración moreniana puede llegar hasta los umbrales de la primera gesta, con ese oficio que le es privativo.

 

 

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