Representación,

Las palabras y la arcilla

Denise Schmandt-Besserat estudió los orígenes de la escritura, sobre la que describe: “El arte ya era viejo de siglos cuando la escritura comenzó”.
domingo, 20 de junio de 2021 · 05:00

Juan Cristóbal Mac Lean E.
Escritor

Denise Schmandt-Besserat: es así como se llama esta dama que descubrió, describió y documentó, expuso y enseñó, cómo es que vino al mundo la escritura. Por lo menos la escritura cuneiforme y de la cual, estas mismas letras, son sus lejanas descendientes.

Para hacerlo, tuvo que viajar a esas lejanías de desiertos y milenios del Medio Oriente, esos paisajes después del diluvio y de templos derruidos, patios interiores, pasillos llenos de tumbas y tierras quemadas, ríos ancestrales e imperios reducidos al polvo. Los materiales de estudio, es decir cuentas, bullas (como la circunferencia que se ve en la ilustración) y tablillas de arcilla, provienen de excavaciones en sitios llamados, Uruk, Eanna, Chogha Mish, Nínive, Habuba Kabira, Tepe Yahya, Tall-i Ghazir… Y, claro, de los museos del mundo.

Los maravillosos libros  de Denise Schmandt-Besserat están llenos de mapas y es toda una cartografía y una arqueología minuciosa las que se movilizan en pos de lo más diminuto y desperdigado entre las grandes ruinas, las excavaciones, los entierros: los primeros signos inscritos, las cuentas (tokens) pre escriturales, las bullas o “sobres” en que se guardaban, y las primeras tablillas de arcilla y hasta luego la escritura propiamente dicha, la escritura cuneiforme, esa en cuyo mayor esplendor habría de escribirse e inscribirse, para siempre, el Código de Hamurabi o la gesta de Gilgamesch, hoy alistada como la primera gran narración, o poema, de la literatura misma. 

¿Cómo se llegó a tanto?

El proceso que dio lugar a la escritura, desde las primeras marcas, tallas, pinturas, cuentas (tokens), pictogramas a la escritura lineal propiamente dicho, tomó no siglos: milenios. Unos tres o cuatro.

Para entender el extraordinario trabajo que Denise S-B llevó a cabo, recordemos primero que las pequeñas figuritas de arcilla de abajo en la foto que ilustra esta misma página, son las cuentas (tokens en inglés, más bonita palabra para el caso) y que la circunferencia grande al lado es una bulla, o “sobre”, donde, en otra fase de lo que acabaría yendo a parar a la escritura, se guardaban las cuentas, que según sus formas, podían significar unidades de trigo, carneros, jarras de aceite, o de miel, vestidos… Antes de que se inventen los números se procedía siempre en una relación uno-a-uno: por cada marca o cuenta, una unidad de esto o lo otro… por seis, seis… hasta antes de la concepción e invención del número 6.

Cada vez más elaboradamente, se fue marcando en el exterior de la “bulla” el contenido que se encontraría en ella, así como se fue imprimiendo, con mayor frecuencia, sellos de propiedad o proveniencia, en un juego de naturaleza que ahora sabemos semántica y empezaba a echarse a rodar.

Para hacer su trabajo, Denise S-B examinó, reunió, contó, anotó, dibujó, reprodujo, encontró, buscó, en esos lugares mencionados o por todos los museos y desvanes apropiados, exactamente “8.162 cuentas (tokens), consistentes en 3.354 esferas, 1.457 conos, 1.095 discos, 806 cilindros, 278 cuadrángulos, 233 triángulos, 220 tetraedros, 204 ovoides, 129 animales, 85 paraboloides, 81 vasijas, 45 óvalos, 33 misceláneos y 31 herramientas”.

Después de tan minuciosos estudios, siguiendo paso a paso los procesos (por ejemplo, a través de los diferentes niveles de excavación de una misma “ciudad”, que van mostrando evoluciones o variantes de un mismo artefacto según en qué nivel se lo encuentre: develando su propia historia), las conclusiones de Denise S-B son claras, tajantes, variadamente demostradas: la escritura llegó, a través de un lentísimo proceso de milenios, a medida que las cuentas y contabilidades se fueron simplificando en el trazo, complejizándose en el significado, haciendo sistema y fundando los primero códigos, números (antes y después de la aparición de los primeros números, ellos mismos aparentemente anteriores a la escritura –su primer paso–), precisando, añadiendo, siguiendo las tendencias por sí mismas creadas, casi como en un verdadero proceso autopoiético y vivo, derivado de pulsiones contables y de las magias del número y la identidad de lo mismo.

Este proceso, conste, fue tan lento, y llegó tan tardíamente, que es una delicia escuchar a Denise S-B,  contar que “El arte ya era viejo de siglos cuando la escritura comenzó. En Anatolia, imágenes de bisontes y venados, grabados en la cueva de Deldibi y piedras esculpidas junto a cornamentas en Karain, dan cuenta de que en el paleolítico, 15000 a.C., los humanos ya estaban produciendo sentido con pinturas”.

Es decir, el arte ya había dado lugar a la capacidad de simbolización y producción de sentido de tal manera que la primera talla, la primera cuenta, la primera “representación”, ya estaban precedidas por la pintura, o la presencia de un animal, o por el trazo de un flanco de ocre, o una venus de piedra.

Y cuando las cuentas empezaron a desbordar, no puede sorprender que ello haya sido contemporáneo, causa y efecto de la llegada, al mismo tiempo, de cuanto llamamos el neolítico: de la producción agraria, la sedentarización, los excedentes de producción, la necesidad de crear stocks, quiénes los administren, los cuenten y cómo, mientras al mismo tiempo se articulaban sociedades jerarquizadas, ejércitos y reyes, sacerdotes y escribas.

En muchas páginas y capítulos, con muchas ilustraciones y mapas, Denize S-B va mostrando y demostrando todo, deshilvanando el cuento, contando las cuentas. Primero fue… y aunque el origen esté siempre diferido y sea inhallable, digamos que apareció con la voluntad de que una marca, una muesca, valga por, quiera decir, represente, tal o cual otra cosa. 

En ese principio, entonces, se estaría nada más que operando localmente sobre secuencias discretas, “significando” y sin que se supiera que se estaba en el ojo del huracán de la escritura que se venía. Las marcas con que se significaban las cuentas, empezaban a hablar y dirigir las operaciones. A su vez las cuentas de arcilla, no lo olvidemos, reemplazaron a, digamos, las piedrecillas. Ahora se las fabricaba de arcilla y se las quemaba, duraban. Se sabía que cada una representaba algo –otra cosa de la que era–.

Algún momento, las marcas y los sellos pasaron a las tabletas de arcilla. Y algo más tarde todavía, esas pequeñas tabletas, ya con signos más que meras marcas, fueron liberándolos, a los mismos signos y progresivamente, de su referencia concreta, local y ocasional, para que ellos valgan por sí mismos, de forma abstracta y universal. Y así empezaban a modificarse y mejorarse, lentamente, las inscripciones en la arcilla, que iban persiguiendo, imaginando las representaciones, las pictografías, que se irían abreviando hasta alcanzar a la letra, a la palabra…

 

 

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