Literatura

Un análisis inconcluso de Antonio Paredes

Paredes Candia nos muestra otra historia oculta de nuestro país: sexo, hegemonía y cultura, en una serie de diez títulos que nunca fueron publicados.
domingo, 20 de junio de 2021 · 05:00

Oscar Córdova Sánchez 
Estudiante universitario y gestor cultural 

 

La bibliografía es muy escasa en relación a la trascendencia histórica que tuvieron aquellas primeras mujeres que desarrollaban el comercio con su cuerpo y labia.Antonio Paredes Candia escribió un libro, de una serie de diez títulos que nunca fueron publicados, que marcó una línea para develar los orígenes de la prostitución en nuestro país. 

Publicado en 1998, el título del primer fascículo es llamativo. De Rameras, Burdeles y Proxenetas. Historia y tradición, publicado por Ediciones Isla, aquella casa editorial que publicaba títulos y estudios más que sugerentes. La dedicatoria era para aquellas “hadas madrinas que tomaban en belleza la tosquedad del existir”. Este primer capítulo, ordenado cronológicamente, sería la primera serie de la colección La vida galante del país, que tenía otros títulos como: Diplomáticos que dejaron historia sexual, Pequeñas biografías de bujarrones célebres o Picardías y curiosidades sexuales. Así, truncado sólo en el primer fascículo que ahora abordaremos, Paredes Candia hubiera publicado una aproximación casi completa de la historia sexual en las calles de nuestro país. 

El libro está dividido en dos partes: La primera es un recuento cronológico del desarrollo de la prostitución en Potosí, Sucre y La Paz, otorgando más cabida a esta última por tener varias zonas donde funcionaron estos negocios de intercambio sexual; y la  segunda describe las leyes, reglamentos y los nombres vulgares con que se señalaban a varias mujeres que ejercían la prostitución. 

Entre el siglo XVII y XVIII, en la época de esplendor de Potosí,   muchas mujeres españolas y mestizas se dedicaban al negocio. Mientras crecía poco a poco, fue frecuentado por nuevos clientes: potentados, nobles y gente de toda estirpe social. Con el paso del tiempo el oficio fue censurado por imposiciones eclesiásticas. Entre los escritos de ese tiempo, se encuentran los de Jimenez de Espada y Bartolome Arzans de Orsua y Vela. 

En  la ciudad de Sucre (antigua Charcas) los datos del  inicio de la prostitución son más precisos. Paredes menciona a Jose Antonio Del Busto Duthulburu, donde refiere este acontecimiento: “Las busconas o rameras pueden tener su principio con Juana Hernandez... pero pruebas más fehacientes señalan a María del Toledo, que ejercía la prostitución en la Villa de la Plata (Sucre)”. Pero todo el contexto general y de búsqueda histórica de la prostitución se inicia en los albores del siglo XX, con el arribo de las chilenas al país. 

Tristán Marof escribe al respecto: “Por ese tiempo llegaron a Sucre por primera vez, unas mujeres chilenas y pusieron un burdel. El escándalo en la sociedad fue mayúsculo, pues su conservatismo era rígido y cerrado”. Paredes da a conocer que ellas venían por el buen camino económico que nuestro país tenía en la época liberal. 

En cuanto al contexto histórico de La Paz, Paredes realiza una labor dedicada y con mucha abundancia de nombres, lugares y personajes que coadyuvaron a la aparición de estos centros de lujuria y placer. El inicio de la prostitución en La Paz se inicia en los años 70 del siglo XIX, algo tardío en comparación con otras ciudades. 

Este fenómeno se caracteriza por la llegada de damas peruanas. Su lugar de acogida, “La Casa de las Limeñas”, ubicada en la actual calle Colombia, fue el primer prostíbulo conocido y diseñado para una estética de clase internacional. Con el tiempo, la casa se fue vaciando, ya que muchas damas encontraban el abrazo de algún galán que las sacaba de tal lugar y oficio. Algunas peruanas que no tuvieron la misma suerte que sus compañeras, deambulaban por la ciudad encontrando el barrio de Chijini como un lugar propicio para volver a ejercer su oficio. 

Ya entrados los primeros años del siglo XX, Ismael Montes, siendo presidente de la República, quería crear al estilo extranjero un burdel elegante para los hijos de la alta alcurnia paceña; delegando a un ministro trajo a varias damas chilenas y se instalaron en una casa antigua localizada en la calle Sucre, a la altura de la calle Jaén. La “Torre de Oro” era frecuentada por políticos; la lengua popular señalaba que el presidente asistía para beber champagne hasta altas horas de la noche. En cuanto a las clases medias y bajas, se inauguraron nuevos locales por el famoso callejón Conde-Huyo.

 Paredes  menciona que “estaba llena de tiendas de abarrotes y algunas bodegas de ínfima categoría”. Estas damas se distinguían de otras por portar un pañuelo rojo en la cabeza. Otro caso fue el de las “mutinchas”,  mujeres de alta categoría. Entre sus clientes estaban ministros y presidentes como David Toro o Enrique Peñaranda. 

Tanta fue su fama que escritores como Carlos Medinaceli  consideró  que lo primordial era “extirpar de raíz esta clase de negocios ilícitos que comerciando con personas en forma asquerosa e antihigiénica, van propagando diferentes enfermedades sexuales”. 

El callejón Topater tenía dos famosos prostíbulos, que eran, en ese momento, los más conocidos por el pueblo paceño. Uno de estos fue dirigido por la chilena Ana Ramirez, quien daba instrucciones y lecciones a sus nuevas empleadas, para dar una forma más placentera al sexo opuesto. Paredes menciona que tenía un amante de fina categoría política y literaria; ese fue “A. C., el famoso y admirado Chueco C,, escritor boliviano de fama internacional”. 

Diversión, fama y codicia, los prostíbulos tenían características singulares, pero también las damas cumplieron un rol durante los tiempos bélicos: es el caso de la Guerra del Chaco.

El gobierno de Daniel Salamanca ordenó llevar al Chaco a mujeres que ejercían su labor sexual. Se crearon tres regimientos de prostitutas: Luna, para oficiales y subtenientes; Terán, para suboficiales, sargentos y cabos; y Cabo Juan, para la tropa en general. En Villamontes, se creó “La Casa Blanca”, donde la Marihui, la más deseada por la tropa, sólo daba su cuerpo a aviadores; o la Miss Chawaya, que daba servicio a suboficiales y grados superiores. También fue famosa la Trimotor, cuya habilidad era saciar los deseos sexuales con tres hombres a la vez. Fue en esta época donde creció el comercio sexual. 

Paredes nos muestra otra historia oculta de nuestro país, aquella que todavía sigue siendo interpretada a través del imaginario colectivo de manera dispersa y errónea.

 

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