Lenguaje

¡Cuánto éxito tiene la palabra gay!

Pese a las discriminaciones, la palabra gay debería ser vista ahora con la misma naturalidad con la que fue concebida en tiempos de Safo de Lesbos.
domingo, 27 de junio de 2021 · 05:00

Óscar Ordóñez Arteaga
 Poeta, escritor y periodista

El sábado 28 de junio de 1969, la suerte de la palabra gay cambió su destino y el de miles de personas. A la 1:20, de aquel día, cuatro policías vestidos de civil y dos patrulleros uniformados irrumpieron en el bar Stonewall Inn, del barrio neoyorquino de Greenwich Village. La música se calló y se encendieron las luces principales. Había como 200 personas. De inmediato se sembraron el pánico y el nerviosismo.

Un grupo de gente curiosa se aglomeró a las puertas del local y a sus alrededores. Adentro, el abuso, autoritarismo y la resistencia no tardaron en gritar. Y estalló la gresca. Así, Stonewall Inn y los gais reescribieron la historia de esta opción sexual que hoy es un movimiento mundial.

De este acto violento, y desde las cortinas conservadoras, el uso de la palabra gay salió con mucho orgullo a los periódicos estadunidenses. Ahora, gay adquirió reconocimiento social en la historia y ocupa altos lugares en la toma de decisiones del poder. Ha triunfado también ante los insultos de sodomita, homosexual, marica, maricón, ser de la cáscara amarga y afeminado, entre otros.

Si hiciéramos una lista de extranjerismos buena onda, puede que gay esté entre los primeros puestos: suena a todo dar (lo que le da prestigio) y su éxito periodístico de tres letras, ante las diez de homosexual, le garantiza privilegios en los titulares. Es correcto que se atribuya gay también a las mujeres. Lo mismo que homosexual, que reúne a ellas y a ellos.

Además, triunfa el hecho arrollador de valorar como personas a quienes, ya sin tabúes, se reconocen dentro de esta opción. Sin embargo, es penoso que algunos digan que un gay, por su condición, sea un enfermo, un subnormal. Ya es hora, con la educación, el respeto y las leyes, de derrotar prejuicios discriminadores.

Gai

Gay es palabra occitana (de una lengua romance del sur de Francia) y se escribía gai, que –desde antaño– era una expresión cotidiana para referirse a la alegría.

Luego, en el siglo XII, gai (con su mismo significado) encalló en la costa este de Gran Bretaña y se transformó en gay. Así, tal cual, viajó a Estados Unidos y poco después la escuchamos cantando: And we’ll all feel gay when Jhonny comes marching home… (Y todos nos sentimos alegres cuando Jhonny se dirige marchando a casa). Esta pieza, When Johnny comes marching home, la interpretaron los soldados de la Guerra de Secesión (1861-1865), con el deseo de que sus seres queridos y amigos vuelvan a casa sanos y salvos. La compuso Patrick Giulmur.

Pero en 1890, en Estados Unidos, gay adquirió un matiz general de la promiscuidad. A los vagabundos homosexuales les decían gatos gay para calificarlos como frescos, vagos y diferenciarlos de aquellos que sí eran trabajadores. Y estos gatitos sufrían atropellos por su homosexualidad. Ello puede deberse a que desde 1630 ya sugería cierta inmoralidad en una sociedad conservadora.

Gay dejó de ser una palabra oscura y formó parte de los diccionarios Oxford y Collins, con el sentido de “hombre que muestra inclinación erótico-afectiva a individuos de su mismo sexo”. En el argot inglés, gay significa homosexual y apareció por escrito en estudios sicológicos, a finales de los años 40.

Torcido

Hay otro término con el que en Estados Unidos se calificó a los homosexuales: queer (extraño, descentrado, perverso, raro, torcido). Se la empeló con valor negativo en las últimas décadas del siglo XIX y su origen nos remite al antiguo alto alemán twerh (oblicuo).

Con el sentido de homosexual, queer se registró por primera vez en 1922. Y desde finales de la década de 1980, la comunidad que apoya los derechos de las lesbianas, gais, bisexuales y transexuales comenzó a reivindicar el significado del término, para despojarlo de toda negatividad a la cual estaba relacionado.

Vistoso

El occitano gai se transformó en gayo y gaya en lengua castellana. Según el historiador español de lengua y literatura hispánicas, Pancracio Celdrán, son voces elogiosas antiguas que significan vistoso, llamativo, alegre. “Se dice de la persona o cosa que atrae hacía sí el ojo de quien lo mira, de quien lo observa, de quien lo contempla”, añade.

Estas palabras, pese a vivir en el diccionario gordo de la RAE, ya no se las utiliza, son  voces moribundas. “Quizás se deba al revés semántico en nuestro tiempo por su cercanía fonética y gráfica con gay, que es el homosexual masculino”, deduce Celdrán. La riqueza del idioma obedeció a la sencilla razón de la brevedad en el habla, una de sus leyes fundamentales.

Frotar

A la mujer que siente atracción sexual o erótica hacia otra, le decimos lesbiana, del latín lesbius, por alusión a la poetisa Safo, quien vivió en el siglo VI, antes de Cristo, en la isla griega de Lesbos, un importante centro cultural de la antigua Grecia. Hoy, Izmir (Turquía). Al tener amoríos con hombres y mujeres, Safo –según sus biógrafos– demostró un amor puro y limpio de toda morbosidad.

En Calamares a la romana, el filólogo español Emilio del Río afirma que “la denominación para lesbiana era tribas, que viene del verbo griego tribein, que significa ‘frotar’”. Se llamó así “a la mujer que frotaba sus órganos sexuales con los de otra mujer”. De tribas, aunque no lo diga el diccionario de la RAE, derivaron tribada o tríbada, que en sentido poético significan lesbiana. Las estrofas de amor que Safo escribió las llaman sáficas. Y en su libro 300 historias de palabras, Juan Gil afirma que a lesbiana se suma la voz safismo como sinónimo culto de lesbianismo.

Es curioso que –a diferencia de las lesbianas– los hombres homosexuales no tengan, en español, una palabra concreta que los defina. Ante esa duda, se dicen gay, en singular; y gais, en plural.

Pese a los conservadurismos y las discriminaciones de pocos, la palabra gay ha demostrado, con su alegría y su vistosidad, que es un término buena onda y que su éxito debería ser visto ahora con la misma naturalidad con la que fue concebida en tiempos de Safo de Lesbos.
 

 

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