Pensamiento

La traición de los intelectuales latinoamericanos en el siglo XXI

Una crítica a los intelectuales que están al servicio de regímenes populistas y autoritarios, con especial énfasis en la obra del argentino Ernesto Laclau.
domingo, 27 de junio de 2021 · 05:00

H. C. F.  Mansilla
Filósofo y escritor

 

En 1927 Julien Benda publicó en París su obra más conocida, La traición de los clérigos, que ha sido traducida a muchas lenguas como la traición de los intelectuales. Estos últimos pueden ser considerados como los representantes modernos del estamento eclesiástico de la Edad Media, los únicos que en aquella época se dedicaban a las labores del espíritu y ocasionalmente al análisis social. Benda escribió un brillante alegato en defensa de los valores racionales y universales, de la democracia pluralista, de la libertad política y del Estado de derecho. 

Este autor comprendió que su deber principal era la crítica de las pasiones nacionalistas y de las inclinaciones totalitarias que los intelectuales exhibían en aquella época entre las dos guerras mundiales. De acuerdo a Benda, los intelectuales de entonces –nacionalistas y socialistas– se transformaron en apologistas de tribu y raza o se convirtieron en meros propagandistas de una ideología decretada desde arriba. En todo caso: cometieron una felonía contra el espíritu crítico.

Según Benda los intelectuales de aquel tiempo terrible, signado por el advenimiento del fascismo en el Occidente europeo y por el stalinismo en la Unión Soviética, fueron infieles a los grandes ideales racionalistas y democráticos de la tradición humanista y se consagraron a oscuras invocaciones de factores particularistas, como la etnia, el partido político y la clase social. 

La inclinación a deslealtades y perfidias similares continúa hoy vigente. En nuestra época, cuando la manipulación masiva de la mente sigue exhibiendo una eficacia considerable, los intelectuales también renuncian a su función crítica, es decir a practicar una distancia racional y analítica con respecto a todos los fenómenos políticos. 

Aquí se puede constatar lo que viene de muy atrás: las buenas intenciones de los clérigos contemporáneos, si es que existen, se subordinan a las modas convencionales del momento, por un lado, y a la seducción del dinero y del poder, por otro.

Hoy en día entre los intelectuales latinoamericanos persiste una vigorosa nostalgia por teorías verbalmente revolucionarias, teorías que preservan, en el fondo, viejas rutinas de comportamiento autoritario y jerarquías elitarias que contradicen los postulados igualitaristas de estos mismos pensadores radicales. 

En Rusia, China y Vietnam y también en regímenes populistas como Venezuela y Nicaragua, estos grupos privilegiados tenían y tienen como metas normativas los valores de orientación más rutinarios y convencionales: dinero y poder. 

Es decir: los grupos dirigentes de los iluminados políticos con una ideología radical anticapitalista se pueden transformar rápidamente en empresarios privados porque en el fondo sólo persiguen los caminos tradicionales de ascenso social. Los intelectuales que apoyan a estos regímenes carecen, por consiguiente, de ejemplaridad ética y cultural con respecto a los otros estratos sociales.

   En América Latina los intelectuales al servicio de regímenes populistas han llegado a ser fácilmente productores de un odio persistente al adversario, puesto que están convencidos del carácter sagrado de su misión. 

Estos soñadores de lo absoluto creen firmemente en el teorema de que los fines justifican cualquier medio. Precisamente por ello se puede aseverar que estos intelectuales han cometido también un acto de traición con respecto a las concepciones humanistas que inspiraron a los padres fundadores del socialismo científico. 

Estos pensadores contemporáneos están fascinados por los muy modestos logros de los modelos populistas, y por ello apoyan la mano dura de sus gobiernos y el culto a los grandes caudillos carismáticos. Sus opciones teóricas, influidas por diversas variantes del postmodernismo y por un marxismo purificado de su dimensión emancipatoria, se alimentan del relativismo axiológico y pasan por alto la dimensión de la ética social. 

Para ellos, los regímenes populistas practican formas novedosas de una nueva democracia directa y participativa, formas que serían, por lo tanto, más adelantadas que la democracia representativa occidental, considerada en la actualidad como obsoleta e insuficiente. 

   Estos intelectuales se han plegado rápidamente y sin escrúpulos morales a tres patrones habituales de comportamiento: seguir la moda del día, obedecer sin chistar las consignas que vienen de arriba y aceptar las migajas del poder y el dinero. 

Además ellos se distinguen por la utilización inflacionaria de ciertos términos. Algunos provienen de la tradición anti-imperialista, como Patria Grande o Nuestra América, pero los conceptos más habituales son simples invenciones filológicas postmodernistas, como la blanquitud, la dueñidad,  el especismo, la ceguera epistemológica, el sujeto racializado, la liberación cognitiva de las multitudes, la zona de confort, el lugar de enunciación y el capitalismo como máquina de guerra contra la vida.

 Estas creaciones terminológicas altisonantes sirven también como signos de reconocimiento mutuo entre los creyentes del nuevo dogma. Las autoridades intelectuales del populismo las han transformado en palabras de uso obligatorio, labor en la que han descollado Boaventura de Sousa Santos, Enrique Dussel, Maristella Svampa, Ernesto Laclau, Atilio A. Borón  y otros menos conocidos.

   En este contexto hay que examinar la retórica anti-imperialista, tan extendida en América Latina, que posee fuertes raíces católico-tradicionalistas, con rasgos inquisitoriales, antiliberales, anti-individualistas y antirracionalistas.

 De ello proviene su enorme popularidad entre los más diversos estratos sociales y grupos étnico-culturales. La retórica anti-imperialista tuvo y tiene notables funciones compensatorias, que son muy difíciles de ser reemplazadas por concepciones liberales y racionalistas. 

Entre estas funciones se encuentran la construcción de una legitimidad histórica centrada en la defensa inflexible de lo propio (amenazado este último presuntamente por los exitosos modelos civilizatorios foráneos) y la apología algo ingenua, pero muy efectiva de un camino revolucionario, que pondría fin a todas las falencias acumuladas a lo largo de una historia atroz. Estas concepciones están muy difundidas entre la gente con bajo nivel educativo.

 

Ernesto Laclau

Uno de los ejemplos más importantes de la traición intelectual es el personificado por el filósofo argentino Ernesto Laclau (1935-2014). Menciono su obra más importante, La razón populista (2005), porque sus ideas son hoy predominantes en los partidos izquierdistas de nuevo cuño en Chile, Colombia y Perú y muy influyentes en Argentina y México. 

Laclau y sus seguidores intentan promover conflictos irresolubles y configurar escenarios políticos polarizados: los buenos (los amigos) contra los malos (los enemigos). Esta oposición binaria excluyente de solo dos alternativas –patria/antipatria, nación /antinación–  fue propagada y legitimada por el jurista más célebre del nazismo alemán, Carl Schmitt, por el peronismo argentino y por el pensador boliviano Carlos Montenegro. 

Esta alternativa decisoria, evidentemente fácil de comprender, es ahora parte integral de ideologías autoritarias y populistas. Según Carl Schmitt, la dicotomía “amigo / enemigo” ayuda a expresar fácilmente la identificación del “pueblo” con el gobierno que propone disyuntivas plebiscitarias. Esta identificación contribuye, a su vez, a consolidar una democracia homogénea que expulsa sin grandes complicaciones a los elementos heterogéneos. 

Este tipo de “democracia” se exime de instituciones y procedimientos liberales y pluralistas, como lo expuso inequívocamente Carl Schmitt. Así se devalúa el carácter racional de los discursos políticos en general, lo que, sin lugar a dudas, sirve también para exculpar de toda responsabilidad histórica a las tendencias autoritarias. 

La mención de Carl Schmitt no es gratuita ni fuera de lugar: este pensador ha pasado a ser uno de los más leídos y “aprovechados” por todas las corrientes postmodernistas. Sus postulados han servido de inspiración a los nuevos teóricos del populismo, especialmente en la devaluación del individuo en favor de la colectividad.

Los discípulos de Ernesto Laclau enseñan a odiar al adversario, porque el odio es el mejor mecanismo para unir a los sectores subalternos de la sociedad. Se debe atribuir al opositor la responsabilidad por todos los males de la nación. Y ello se complementa con la inclinación a victimizarse, lo que siempre gana simpatías entre un público poco informado. 

Hay que generar, según ellos, demandas sociales inalcanzables, hay que desestabilizar el ordenamiento democrático y hay que someter y sojuzgar al adversario como el único camino adecuado de la actividad política. Se trata, por supuesto, de emociones y sentimientos instintivos, que dejan premeditadamente a un lado toda reflexión racional. 

Este enfoque justifica los fenómenos prerracionales, colectivistas y premodernos del populismo latinoamericano en su colisión con el ámbito de la modernidad, y les otorga de modo compensatorio las cualidades de una genuina democracia de amplio alcance, distinta y superior a la democracia liberal pluralista. 

Los seguidores de Laclau se oponen a la separación de poderes, a todo acuerdo racional entre partes y también a toda forma de debate plural. No es entonces sorprendente que Laclau haya apoyado la reelección indefinida de los gobernantes populistas.

   En un pasaje central de su obra más ambiciosa, Ernesto Laclau afirma que la razón populista es idéntica a la razón política. En el contexto de las teorías postmodernistas, entre las cuales se mueve la concepción de Laclau, esto equivale a devaluar todo esfuerzo racionalista para comprender y configurar fenómenos políticos, pues la razón “occidental” representaría sólo una forma de reflexión entre muchas otras que operan en el mercado de ideas para captar el interés del público participante. 

En el marco de un claro rechazo a la tradición racionalista de Occidente, Laclau asevera que la persona no debe ser vista como anterior a la sociedad; el individuo no posee una dignidad ontológica superior al Estado y no es el portador de derechos naturales inalienables, a los cuales la actividad estatal debería estar subordinada. Más allá del “juego de las diferencias”, asevera Laclau, no existe ningún fundamento racional que pueda ser privilegiado por encima de fenómenos contingentes. 

No tiene ningún mérito, por lo tanto, el esfuerzo por aproximarse a la verdad, ya que la mentira penetra de manera más rápida e intensa en la mentalidad popular en comparación con todo intento de esclarecimiento racional. Entonces lo único importante resulta ser la obtención y la consolidación del poder político.

Los seguidores de Laclau han limpiado y popularizado las postverdades mediante la idea central del relativismo postmodernista: no existe y no puede existir ninguna concepción de objetividad y verdad en sentido enfático, y por ello todo pensamiento profundo y todo impulso ético se convierten en algo superfluo. 

La verdad es solo aquello que proclama el poder populista. La verdad se reduce a ser una imposición autoritaria. Lo que sí puede afirmarse es los ideólogos creen sus propias mentiras después de tantos ejercicios para crear falacias. Contra estas peligrosas frivolidades no hay un remedio claro: sólo nos queda el cultivo persistentemente de un espíritu crítico, diferenciado e incómodo.

Admito que el tema siguiente es tedioso, pero hay que mencionarlo, aunque sea sumariamente. Uno de los fundamentos centrales del pensamiento de Laclau –la celebración de lo aleatorio– es un relativismo lingüístico fundamental. Apoyado en autores cercanos al postmodernismo, Laclau afirma que el lenguaje es impreciso, que no hay diferencias evidentes entre teoremas científicos y manipulaciones interesadas y, por consiguiente, entre “las formas racionales de organizaciones social” y los “fenómenos de masas”. 

Prosiguiendo esta argumentación se postula que no es posible discernir entre lo normal y lo patológico, entre lo lícito y lo amoral. De acuerdo a Laclau, la “indeterminación y la vaguedad” no constituyen “defectos” de los manifiestos emitidos por los izquierdistas sobre la realidad social, sino representan partes esenciales y obviamente positivas del discurso populista. 

   Según Laclau,  las demandas y los postulados del pueblo no pueden ser verbalizados de manera clara y directa, sino mediante  formas primarias de representación simbólica. 

La voz del pueblo se expresaría clara y abiertamente por medio de plebiscitos y referéndums, es decir a través de métodos relativamente simples, en los cuales la población se expresa de acuerdo al binomio sí o no. Esto tendría la ventaja de una gran cercanía a la mentalidad elemental de las masas. 

Laclau ha abogado por la disolución de la diferencia entre la esfera privada y la estatal. El Estado debería tomar a su cargo la indoctrinación de la consciencia de los “ciudadanos” y la manipulación de sus valores éticos. 

   Muchos intelectuales latinoamericanos  (y bolivianos) de la actualidad se asemejan a los sofistas de la Atenas clásica: habitualmente están cerca de las fuentes del poder y el dinero, a menudo venden su pluma al mejor postor, postulan una teoría relativista en torno a casi todos los asuntos humanos (menos en lo que se refiere a su bolsillo, sus privilegios e ideas) y siempre se acoplan a las modas del día. 

Nada nuevo bajo el sol, como se puede leer en el Eclesiastés del Antiguo Testamento, cuando se lamenta la vanidad de vanidades.

 

 

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