Esbozos culturales

Los mitos políticos en la era de la posverdad

“Los mitos políticos tienen el fin de destruir, aniquilar y eliminar al enemigo; una nueva máquina para liquidar a los opositores”.
domingo, 27 de junio de 2021 · 05:00

Óscar Rivera Rodas

Escritor

No deja de ser perturbador el desarrollo de los relatos míticos en la política gubernamental de las dictaduras fascistas latinoamericanas, encubiertas bajo la etiqueta de “socialismo del siglo XXI”. 
El filósofo y sociólogo prusiano Ernst Cassirer (1874-1945) advirtió de los antecedentes de este hecho en su libro El mito del Estado (1946). En la primera página describió el carácter alarmante en el desarrollo del pensamiento político moderno “la aparición de un nuevo poder: el poder del pensamiento mítico” (1968: 7). En sus investigaciones, demostró además que este recurso ha caracterizado a los “defensores del fascismo”. Reflexionaba sobre la política europea, pero en nuestros días puede observarse ese fenómeno en las dictaduras latinoamericanas. 
 Prolífico escritor de una extensa obra filosófica sobre la cultura humana, Cassirer está aún vigente, como veremos fácilmente en esta exposición. Además de extensa, su obra es profunda. Ahí están los 3 volúmenes de su Filosofía de las formas simbólicas, y los libros Las ciencias de la cultura, Antropología filosófica, cuyo subtítulo dice: Introducción a una filosofía de la cultura. 
En 1946, Yale University publicó póstumamente The Myth of the State (El mito del Estado), escrito mientras era catedrático en esa institución, y después en Columbia University, Nueva York, donde falleció el 13 de abril de 1945. 

Mitos políticos actuales
Enfocado en el período de treinta años entre la primera guerra mundial y la segunda, Cassirer muestra, en El mito del Estado, la grave crisis política y social europea. Escribe: “Hemos experimentado un cambio radical en las formas del pensamiento político”; y precisa: “Tal vez el carácter más importante, y el más alarmante, que ofrece este desarrollo del pensamiento político moderno sea la aparición de un nuevo poder: el poder del pensamiento mítico. 
La preponderancia del pensamiento mítico sobre el racional en algunos de nuestros sistemas políticos modernos es manifiesta” (1968: 7).
 El filósofo explicaba que los nuevos mitos políticos no surgen libremente, pues son elaborados con fines específicos; son “cosas artificiales, fabricadas por artífices muy expertos”; y añadía: “Le ha tocado al siglo XX, nuestra gran época técnica, desarrollar una nueva técnica del mito. Como consecuencia de ello, los mitos pueden ser manufacturados en el mismo sentido y según los mismos métodos que cualquier otra arma moderna, igual que ametralladoras y cañones... Ha mudado la forma entera de nuestra vida social” (1968: 333-334). 
En nuestros días, y en América Latina, podemos ver que esos artífices son políticos ineptos encaramados en dictaduras. El mito político es un instrumento más para atacar con falsedades y ofensas, y consumar crímenes. Los mitos políticos tienen el fin de destruir, aniquilar y eliminar al enemigo; una nueva máquina para liquidar a los opositores. 
Si en el sentido tradicional los mitos fueron y son todavía fábulas y leyendas narradas fuera del tiempo histórico, y representadas por personajes sobrehumanos e invencibles; en el siglo XXI, los mitos políticos de las dictaduras buscan justificar falsedades y patrañas.
El régimen actual del MAS, desde su primer día, acudió a las mentiras, para realizar purgas políticas, persecuciones, encarcelamientos y eliminación de opositores. El régimen mascista estrangula ahora a la ciudadanía boliviana con el mito que ha titulado “golpe de Estado”.
El pasado 14 de junio de 2021, en un discurso a los excombatientes de la Guerra del Chaco, el cabecilla del gobierno, Luis Arce, cantó ese mito político favorito del MAS, aunque sin guitarra, y dijo: “Hace tan sólo un año y medio sufríamos un cruento golpe de Estado que trató de llevarnos de retroceso en la historia”. 
El mismo día, otro destacado mitómano, el que funge de vocero de la Presidencia, Richter, ensayó varias versiones del mismo “golpe de Estado” para apuntar a políticos opositores e instar a los persecutores del régimen a encarcelarlos. Por su parte, el ególatra Evo ha ampliado su mitología a “tres golpes de Estado”, cuando escribió en su cuenta de Twitter: “El golpismo en Bolivia sigue operando desde 2019. Podemos hablar de tres golpes”.
 Dos días antes, el 12 de junio de 2021, Arce Zaconeta, en su designación de enviado a la Organización de Estados Americanos, prometió que “la razón más importante” de su misión será “evidenciar la verdad histórica de los hechos”, particularmente “el golpe de Estado que sufrió nuestro país en noviembre de 2019”. Este enviado se convertirá en un mitómano internacional y embajador del “golpe de Estado”, aunque hoy es apenas un principiante. También el ministro de Justicia, en su afán vindicativo, urdió la gestación de un nuevo mito: “movimiento sedicioso”.
 Estos gobernantes viven atrapados en sus mentes prelógicas e irracionales; sus relatos carecen de causas empíricas, reales y ciertas; su pensar deambula en su propia fantasía y la ficción. Mientras tanto, la pandemia arrasa miles de vidas ante la inoperancia del régimen...

Culto al caudillo y a la raza
Otros dos motivos fundamentales caracterizan a los políticos de pensar mítico: los cultos al caudillo y a la raza. Cassirer escribe: “En las luchas políticas de las pasadas décadas, el culto del héroe y el culto de la raza han estado de tal modo unidos que parecían confundirse enteramente en todos sus intereses y tendencias” (1968: 264).
 Sus investigaciones señalan que las causas de esos motivos se debieron a lecturas e interpretaciones erróneas de los libros de dos autores. Uno, el historiador escocés Thomas Carlyle (1795-1881) y su obra On Heroes. Hero Worship, and the Heroic in History (1841; traducida Los heroes. El culto de los héroes y lo heroico en la historia). El otro, el escritor francés Arthur Gobineau (1816-1882) que publicó Essai sur l’inégalité des races humaines, 4 volúmenes (1853-1855; traducido Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas). Cassirer comenta extensamente las interpretaciones equivocadas de esos libros.
Del primero afirma: “Los modernos defensores del fascismo no dejaron de encontrar ahí su oportunidad, y pudieron fácilmente convertir en armas políticas las palabras de Carlyle. Pero acusar a Carlyle de todas las consecuencias que hayan sido derivadas de su teoría sería contrario a todas las reglas de la objetividad histórica”; rechaza las interpretaciones fascistas: “Lo que Carlyle entendía por “heroísmo” o por “caudillaje” no era en modo alguno lo mismo que encontramos en las modernas teorías del fascismo”.
Más aún, agrega: “Carlyle no pudo decir nunca ni pensar que las mentiras fueran armas necesarias o legítimas en las grandes luchas políticas. Cuando un hombre empieza a mentir, como Napoleón en su último período, deja inmediatamente de ser un héroe” (1968: 256). Bien sabe esto la ciudadanía boliviana: ¡los mentirosos no pueden ser héroes!
 Del segundo autor, Cassirer escribió: “Para percibir el alcance del libro de Gobineau, tampoco debemos leerlo a través de esas tendencias políticas posteriores, las cuales son completamente ajenas a la intención del autor. Gobineau no se propuso escribir un panfleto político, sino más bien un tratado histórico y filosófico… Su filosofía no era activa. Su visión de la historia era fatalista” (1968: 265).
Lo cierto es que el escritor francés se remontó a épocas prehistóricas para comentar sobre los pueblos arios, o indogermánicos, hacia el lejano año 7000 antes de la era actual, y de quienes dijo que eran “hombres de energía superior”. La lectura errónea de este libro sirvió para que el dictador alemán Hitler se identificara con el mito originario de la superioridad racial, extendiéndolo a su Partido Nacional Socialista o Partido Nazi. Esos modos de pensar irracional y mítico, apoyados en la falsedad, y sustentados por mentiras continuas, fueron imitados más tarde por las dictaduras fascistas que impusieron sus prácticas de culto a los caudillos y a la raza. 
El culto al caudillo se ha definido claramente en las últimas décadas con las dictaduras, que obviamente no reciben el respeto de sus pueblos; menos aún algún tipo de veneración. El culto es impuesto desde el régimen político, criminal y corrupto, mediante la fuerza y la violencia, concentrando el poder en una persona, y en un grupo, que reprimen los derechos humanos y las libertades individuales. 
En nuestros días, el culto al caudillo en Europa es evidente con Putin, que oprime al pueblo ruso, y Lukashenko que sojuzga a los bielorrusos. En América Latina son conocidos los monigotes castristas, chavistas, maduristas, y la pareja Murillo-Ortega que busca imponer el sistema putinesco al pueblo nicaragüense. La mitología presente en territorio boliviano tiene un nombre definido por el mascismo: “evismo”. El “evismo” es el culto al caudillo único y singular, Adán y Evo, dos mitos en uno, adoración concebida por él mismo.

Los mitos políticos y el lenguaje
Ocupada la mente de estos políticos en mitos y ritos, ajenos a la realidad empírica, viven entre falacias y ficciones, lo cual se observa en el lenguaje que emplean, urgidos por sus embustes, falsedades y engaños. Un lenguaje de falsificaciones, patrañas y calumnias.
De este hecho también advirtió Cassirer, que ha escrito que, si observamos los “mitos políticos modernos y el empleo que de ellos se ha hecho, encontraremos para gran sorpresa nuestra que no sólo han transmutado los valores, sino que también han operado una transformación del lenguaje” (1968: 334). Explica más adelante: “Se han acuñado palabras nuevas, y aun las viejas se emplean con un sentido nuevo; han sufrido un cambio profundo de significación… Nuestras palabras comunes están cargadas de significados; pero estas palabras de último cuño están cargadas de sentimientos y pasiones violentas. (1968: 335).
Ciertamente, el lenguaje que las dictaduras emplean para dirigirse a la ciudadanía, especialmente a quienes no piensan como ellos, es un lenguaje de odio, cólera, altivez, desprecio y arrogancia. No se puede dejar de ver la degeneración de la actividad política en las dictaduras latinoamericanas actuales, sistemas primitivos que acuden a la venganza y al castigo, a la injusticia y al hambre cuando sus mitos son inaceptables por sus pueblos. Vivimos la era de la “posverdad” (post-truth, según el diccionario británico Oxford), que la academia castellana define como distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales.

 

AVISO IMPORTANTE: Cualquier comunicación que tenga Página Siete con sus lectores será iniciada de un correo oficial de @paginasiete.bo; otro tipo de mensajes con distintos correos pueden ser fraudulentos.
En caso de recibir estos mensajes dudosos, se sugiere no hacer click en ningún enlace sin verificar su origen. 
Para más información puede contactarnos

Valorar noticia