Reseña

Congo: memoria devuelta

David von Reybrouck construye un relato a partir de cientos de documentos, pero sobre todo de las voces de quienes vivieron la historia.
domingo, 6 de junio de 2021 · 05:00

Alfonso Gumucio Dagron
 Escritor y cineasta

Cada país debería tener un libro como este, que sintetice su historia y represente su diversidad, que lo describa con sentimiento y sentido crítico, y lo haga de una manera agradable a la lectura. 

Aunque el título de David von Reybrouck es simplemente Congo: una historia (2014), su ensayo de 860 páginas es mucho más que eso: un relato a partir de cientos de documentos, pero sobre todo de las voces de quienes vivieron la historia. Los informantes de la investigación son muchos, algunos con más de 100 años de edad, que vivieron el periodo pre-colonial de su país, como Nkasi, que en el río vio nada menos que al explorador Henry Morton Stanley. 

“El río” no tenía nombre. Es tan extenso y caudaloso, que no lo necesitaba. Es el segundo en África después del Nilo y nadie lo había recorrido en sus 4.700 kilómetros. Los exploradores lo llamaron río Congo y atraviesa un gran territorio que no tenía fronteras definidas. Las primeras las dibujó el rey Leopoldo II con lápiz rojo sobre una hoja de papel, a miles de kilómetros de distancia, para apropiarse de un territorio que nunca conoció, 77 veces más grande que Bélgica. El Congo no nació como colonia belga, sino como “territorio independiente” propiedad de Leopoldo II de 1885 a 1908. 

El caudal del río se vierte en el Atlántico como “una sopa amarillenta” encima de más de cien kilómetros de agua salada. Con esa misma fuerza abigarrada fluye el apasionante relato del Congo antes de que fuera país, antes de que fuera colonia, para llegar a un presente republicano incierto y sorprendente. Pocos territorios del mundo habrán cobijado a través de los siglos tanta riqueza en su superficie y en el subsuelo: primero el marfil que exterminó la población de elefantes en la época precolonial, luego el caucho que enriqueció a Bélgica cuando aparecieron las bicicletas y los primeros vehículos motorizados. Luego los diamantes desde las manos de niños mineros empobrecidos a las de millonarios ostentosos, y el cobre, uranio, oro y estaño. En décadas recientes el coltán para los teléfonos celulares: 80% de las reservas mundiales. ¿Bendición o maldición? 

Por esas riquezas hubo violencia colonial y guerras tribales, con saldos sangrientos: cientos de miles de muertos. El exterminio de una tribu por otra era de un encono que no tiene parangón: los vencedores arrancaban el corazón de sus víctimas y se lo comían para que el espíritu vengador no regrese. 

El autor tomó el desafío improbable de escribir un libro por los 50 años de independencia de un país donde la esperanza de vida es de 45 años, pero logró tejer con la vida cotidiana el relato de la geopolítica mundial, el comercio, la sociedad y la cultura, sin caer en un sesgo euro-centrista pero tampoco en la parcialidad de las miradas congolesas tan numerosas como irreconciliables. 

“Nada es tan actual como el recuerdo” escribe para significar que lo que se dice hoy sobre el ayer es tan poco confiable como basarse en textos inefablemente escritos por las clases dominantes. De ahí su elección de no obviar los escritos, pero de hacer énfasis en las voces testimoniales. Nkasi, su principal informante de la etapa colonial, tenía 126 años de edad cuando lo entrevistó, había nacido en 1882. En cada etapa, se apoya en nuevos y valiosos testimonios. 

Hasta 1879, el centro de África no era sino una mancha blanca en los mapas. Tierra incógnita que un puñado de aventureros, entre ellos Stanley, había logrado atravesar desde los grandes lagos a la desembocadura del río Congo. En ese territorio misterioso se tejió la compleja trama de 400 grupos étnicos, cada uno con su lengua y sus tradiciones, en medio de la disputa entre exploradores, mercaderes árabes, misioneros evangelizadores y múltiples religiones locales que en contacto con el cristianismo adoptaron sus símbolos como fetiches mágicos.  

Unas tribus sometían a otras. La esclavitud era un fenómeno que existía antes de la llegada de los colonizadores occidentales. Los árabes coparon el comercio africano antes que los europeos. La innovación de los colonos fue exportar esclavos a América, pero todo el trabajo sucio lo hacían los propios africanos. Algunos belgas eran asesinos seriales: el comisario Léon Fiévez asesinó personalmente en cuatro meses a 572 congoleses. 

La obra aborda enfermedades como la “mosca del sueño” (que acabó con 60% a 90% de la población en la ribera de los ríos); la sustitución del trueque por papel moneda que hizo a los congoleses más dependientes de las transnacionales; las historias de congoleses que combatieron en la II Guerra Mundial (la bomba de Hiroshima hecha con uranio del Congo); la llegada de la independencia con 14 mil kilómetros de vías férreas, 140 mil kilómetros de caminos, 40 aeropuertos, 100 centrales de electricidad, cuatro gobiernos y cuatro ejércitos (pero solo 16 diplomados universitarios); el asesinato de Lumumba (ejecutado por Moisés Tshombe y los belgas); los 32 años de dictadura de Mobutu; la salvaje guerra interna con brujería, canibalismo, amuletos y flechas envenenadas; la guerrilla del Che Guevara (apenas unas pocas líneas); Kabila y otros caciques; el genocidio en Ruanda; el fútbol, la música y la cultura popular. El libro finaliza en Cantón (China) en barrios donde miles de congoleses viven para comerciar con África. Esta enorme historia se teje con pequeñas historias cotidianas. 

Los detalles de los personajes son apasionantes: Lumumba no miraba nunca a los ojos, Mobutu acumuló una fortuna personal que lo convirtió en el séptimo individuo más rico del mundo mientras los congoleses eran asesinados con machetes, para no gastar balas. 

Trabajé y viví cuatro años en Nigeria, y durante meses y semanas en otros 20 países africanos, pero hasta leer esta obra no imaginaba la fuerza gravitacional que tuvo el Congo sobre sus vecinos, por ejemplo, en el genocidio en Ruanda. Creí que Nigeria era el país más difícil de África, pero Congo lo supera con creces. 

Mezcla de antropólogo, historiador y novelista, von Reybrouck teje su relato con muchas voces y con detalles precisos escrupulosamente documentados: 38 páginas de bibliografía y 27 de notas (por suerte al final). Sorprende constatar que no haya grabado ni filmado las entrevistas, solo se basa en notas que tomó (con el riesgo que ello conlleva). El escritor está en la categoría de cronistas como Mark Kurlanski o Jared Diamond, autores de ensayos que se leen como novelas porque son amenos, narran episodios históricos como alrededor de una fogata en una noche fría. 

La edición francesa obtuvo el Premio Médicis 2013 al mejor libro extranjero, y el premio Le Mot d’Or a la mejor traducción, realizada por Isabelle Rosselin, cuyo nombre aparece en la tapa como homenaje a su trabajo. La prosa es bella, sin duda también en la versión original en holandés. 

 

 

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