Impresiones y pareceres

Enrique Vargas Sivila, el escritor olvidado

La literatura boliviana contaba con tres obras en las cuales la protagonista, una chola, lleva por nombre Claudina. Vargas rastreó a cada una de las Claudinas.
domingo, 6 de junio de 2021 · 05:00

Freddy Zárate
 Abogado

 

Al sociólogo Salvador Romero Pittari (1938-2012) se le conoce, sobre todo, por sus escritos señeros sobre Las Claudinas. Libros y sensibilidades a principios de siglo en Bolivia, texto publicado en 1998, por la Editorial Neftalí E. Caraspas de   La Paz. La investigación se preocupa en estudiar las novelas de Jaime Mendoza, Alcides Arguedas, Armando Chirveches, Demetrio Canelas, Enrique Finot, Adolfo Costa du Rels y Carlos Medinaceli. El autor subraya que detrás de estas novelas hay un trasfondo sociocultural de la sociedad boliviana de principios del siglo XX. Pues, esta narrativa exterioriza sensibilidades, desclasamiento, ascenso, descenso social, “encholamiento” y pasiones varias: todo esto fue pintado por diferentes autores, en donde la principal protagonista es la llamada Claudina. 

Posterior a la investigación de Salvador Romero, se publicaron otros estudios con diferentes matices y contrastes en torno al mestizaje, el cholaje, la colonialidad y el racismo en la sociedad boliviana de siglo XIX y XX. En cierta medida, estas investigaciones tomaron como referencia las pesquisas propuestas por el sociólogo Romero. Por ello, es que no hubo ningún cuestionamiento sobre la originalidad del estudio referido a Las Claudinas. Todo hacía pensar que Romero era un precursor en este inexplorado campo de la sociología literaria. Pero, al rastrear la historia de las ideas literarias de mediados del siglo XX, encontramos al escritor Enrique Vargas Sivila, quien se preocupó temprana en indagar las novelas referidas a las Claudinas. 

Enrique Vargas Sivila  

    Los datos biográficos que se tiene de Enrique Vargas Sivila indican que nació en Tupiza en 1904 y falleció en Córdoba (Argentina) el año 1991. Realizó sus estudios secundarios en La Paz; posteriormente se trasladó a la ciudad de Sucre para estudiar Medicina en la Universidad San Francisco Xavier de Chuquisaca; entre 1928 y 1933 ocupó el cargo de Secretario de Relaciones de la Federación Universitaria Boliviana; se graduó en 1939 como Doctor en Medicina y Cirugía de la Facultad de Ciencias Médicas en Sucre.

Luego se especializó en tisiología en la Universidad Nacional de Córdoba. A la postre, asumió la cátedra de Tisiología en la Universidad de Chuquisaca; también fue designado jefe de la sección de Sociología Sanitaria del Instituto de Sociología Boliviana en 1941. Fue elegido rector de la Universidad San Francisco Xavier para el periodo 1953 a 1956, pero la intervención del gobierno del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) en 1955 bajo proyecto de “Revolución universitaria” le impidió concluir su período rectoral, obligándolo a salir del país, exiliándose en Córdoba, donde se desempeñó como catedrático en Sanidad pública y Director de la lucha antituberculosa de Córdoba. 

A pesar de su exilio y su definitiva permanencia en el país vecino, no dejó de preocuparse por temas referidos a la literatura boliviana hasta el fin de sus días.
           
Las Claudinas   

A partir de los años 30, Enrique Vargas fue incursionando en el estudio de la literatura boliviana. Se tiene el dato que uno de sus primeros artículos fue: Al servicio de la nacionalidad. La tesis andinista de Jaime Mendoza, que apareció en el matutino El País de Sucre, el año de 1933; a la postre, la pluma de Vargas fue acogida en la revista Universidad de San Francisco Xavier. 

El año 1951 Vargas Sivila publicó el ensayo La tradición del inconsciente. Las tres Claudinas y una cuarta, en la literatura boliviana (revista Universidad de San Francisco Xavier, tomo XVI, Números 37-38, enero-julio 1951, Sucre).

 Al iniciar su estudio, Vargas afirma que “hasta 1947, la literatura boliviana contaba con tres obras en las cuales la protagonista, una chola, lleva por nombre Claudina. A fines de 1949, se da, asimismo, por cuarta vez, a una mujer de pueblo y no de campo, idéntica designación. Y como creemos que ésta y otras coincidencias no han debido de ocurrir por la simple casualidad”. 

Siguiendo esa inquietud, Vargas rastreó cronológicamente a cada una de las Claudinas.        

En las tierras de Potosí

La novela En las tierras de Potosí (1911) de Jaime Mendoza, relata la vida del joven chuquisaqueño Martín Martínez, “quien le gusta vivir holgadamente”, estudiante de Derecho, que queriendo hacerse rico como uno de sus amigos, decide dejar de momento sus estudios universitarios e ir a trabajar a Llallagua, “para volver de allí con los bolsillos llenos”. 

Al empezar su faena en un ingenio de Cancarañi, “tropiezan sus ojos, en la cancha, con una lavadora, ocupada en el laboreo del mineral, de la que –a pesar que las cholas le causan repugnancia– se enamora, sin poder remediarlo”; siente inquietud por ella, se embriaga, pero no va más allá de abrazos y halagos inusitados en una noche de Carnaval. 

“Pero en esos mismos días Claudina es seducida por un antiguo pretendiente, un mocito y es llevada a Uncía”. De esta manera Martín se libra… Sin embargo, “sentía que la amaba”. Después de su episodio amoroso, Martínez regresa a Sucre “pasando el charcal” sin ensuciarse.                

La Misqui-Simi      

En la segunda década del siglo XX, Adolfo Costa du Rels dio a conocer el cuento La Misqui-Simi (parte del libro El traje de Arlequín, 1921), que se desarrolla en el centro minero de Pulacayo. “La protagonista Claudina procede de un pueblo de reciente fundación y monótona existencia, Uyuni”. El protagonista es Joaquín Ávila, joven de “aire distinguido”, recién llegado de Cochabamba, que salió a buscar trabajo con el fin de ganar dinero para poder regresar a su tierra y casarse, “pues tenía una novia a la que amaba, y ella le prometió esperar”.

 Se hizo de a poco famoso en Uyuni, tocaba guitarra, cantaba y bailaba con picardía y propiedad. “Y en una  noche de tuna en casa de Claudina, la Misqui-Simi, Joaco, que así le llamaban ya sus amigos, se enamoró locamente de ella. Ya no habló de Cochabamba ni de su novia. En los labios de la Misqui-Simi había bebido el olvido. Se entrega a ella con toda su debilidad de carácter, hasta acabar en una piltrafa humana. Reemplaza la corbata por una pequeña bufanda de vicuña y al cabo de quince años completamente rendido ante la Claudina y el vicio del alcohol: uno de sus amigos lo encuentra en miserable existencia, de comisario de policía, ganando apenas para comer, colaborado por Claudina que vende chicha y con la pesada carga de cinco hijos”.         

La Chaskañawi

El novelista y ensayista Carlos Medinaceli publicó la novela La Chaskañawi (1947), cuyo argumento se encuentra centrado en la vida de Adolfo Reyes, natural de San Javier de Chirca, “huraño como un indio”, es sin embargo, “un joven de buena familia” que estudia Derecho en Sucre. 

Encontrándose de vacaciones en San Javier, después de cuatro años de ausencia, pronto traba amistad con la mujer más linda de su tierra, Claudina García, la Chaskañawi, de la que se enamora. No obstante, se enamora también, a media,s de Julia Valdez, del grupo de las señoritas de la provincia. “Su pasión por la Chaskañawi aumenta, con todo, día a día. Ella también al fin se enamora de él y se encapricha de él, de un modo casi salvaje, al punto de que en el carnaval (día de mayor regocijo en el pueblo), Claudina da la prueba de su ferocidad: se apodera de Adolfo”. 

Desde entonces, “Adolfo se sentía más enamorado de Claudina. Todo su ser empujaba a ella; su pensamiento no se apartaba de la imagen de ella (…). Entre tanto Julia, su novia, va a ser madre. Adolfo, obligado por esta circunstancia se casa con ella. Median escenas de alcohol, política y de pendencias pueblerinas en San Javier de Chirca. Adolfo interviene en todas ellas. Claudina se ve tanto más irresistible (…), queda hechizado por el genio sexual de Claudina y se va con ella a la finca (…). Su mujer, Julia, muere por eclampsia en el abandono”. Doce años después, Adolfo se encuentra completamente entregado a Claudina, algo liberado del alcohol, al grado de “watarruna” (siervo absoluto) y con tres hijos que cuidar.                

La Estrella de Agua

La cuarta Claudina fue esbozada por el escritor Oscar Cerruto bajo el título La estrella de agua, que fue publicado en el Suplemento literario de La Razón (La Paz, 25 de diciembre de 1949). 

Cerruto describe a Valerio como un hombre triste, “en un páramo abrupto de la puna en el empleó de todas sus economías, porque resultaron tierras de secano, cansadas sin haber dado frutos; ni cuando quiso trabajar en esas parcelas de Escoma, donde vive ahora con Claudina, su mujer quebrada ya por los sufrimientos, los rigores de la vida y esa carga más de afanes que le representa un hijo, convertido en un saquito de huesos”. 

La sequía iba consumiendo las humildes existencias. Sin embargo, “los labios de Claudina no se abrieron jamás en una queja”. Esta es una Claudina que no hace juego con la trilogía de las anteriores descripciones, sino, simplemente por el nombre. 

Décadas después, los bibliotecarios del Banco Central de Bolivia, “que en su trabajo de reorganizar las colecciones de la Biblioteca de Casto Rojas del BCB, descubrieron” la novela Claudina, escrita por José S. de Oteiza en 1855, que fue reeditada el 2012. Esta quinta Claudina no llegó a conocer Vargas Sivila.    

Similitudes de las Claudinas   

Enrique Vargas puntualiza algunos rasgos físicos detallados en cada una de las Claudinas. Jaime Mendoza la pinta como “una chica de pollera de bien formadas pantorrillas”, “una cara efectivamente simpática, aunque por lo regular estuviese empolvada de tierra”, “un busto soberbio de mujer apenas púber, y en total de cuentas, un conjunto de formas bellas aunque estuviesen detestablemente vestidas (…), y unas manos dignas de besar”. 

La Claudina de Costa du Rels, era de tez rosada, grandes ojos negros, mirada escudriñadora, mentón voluntarioso y boca sensual, carnosa, cerca de 30 años de edad. 

La tercera Claudina de Medinaceli tiene una atrayente fisionomía morena, “tipo de la criolla que más que propiamente que por la estatuaria belleza, seduce por ese algo inefable que se llama gracia, tanto en lo donairoso del andar como la picaresca sonrisa y el diamantino lucir de sus ojos negros”, de “cuerpo escultural, la cara rebosante de vida, frescos los labios (…), era la imagen de la mujer bella, en pleno triunfo de su vitalidad de hembra bien nacida”.

 A esto se suma un elemento recurrente en cada una de los relatos: el alcohol. “Pero todos siguen, la misma dirección abismal: la pollera y el alcohol”. 

Otro rasgo que menciona Vargas es que “no todas las Claudinas son temperamentalmente iguales, aunque parece que lo fueran o quisieran ser, ni los hombres que aquí figuran, a pesar de su semejanza, responden siempre a una idéntica sensibilidad”. También Vargas Sivila advierte que “los autores de las tres primeras creaciones proceden de la ciudad de Sucre, aunque el escenario de sus personajes sea siempre algún pueblo de provincia potosina. El de la última es natural de La Paz, y sus figuras humanas se mueven en el altiplano, junto al Titicaca”.     

  ¿Una cuestión sociológica? 

Enrique Vargas plantea que parte del ambiente social boliviano de las primeras décadas del siglo XX, en especial la vida cotidiana en las provincias no faltaba el alcohol ni el carnaval, pero ¿por qué son recurrentes las Claudinas?, “de soberbias cholas está poblada Bolivia, y por tanto ellas también podían estar ausentes en su literatura: de otro modo, ésta dejaría de ser boliviana; más eso no basta para que todas lleven irremediablemente el mismo nombre, ni para que todos sus admiradores, en todos los casos, sean precisamente jóvenes, de una casi determinada edad, más o menos semejantes en tantos aspectos, ni tengan otro fin que el perderse, o poco menos, por ellas”.

 Vargas afirma que la narrativa –En las tierras de Potosí, La Misqui-Simi y La Chaskañawi– constituye un problema de estudio dentro de la sociología, “no abordado aún a fondo por ningún de los novelistas”. 

El precursor olvidado 

Retrospectivamente se puede afirmar que los precursores en el campo de las ciencias sociales muchas veces suelen ser relegados por la memoria intelectual. Esto debido a que la cultura está fuertemente influida por sucesos políticos, tendencias y modas, que a la larga se cristaliza en una “versión canónica” del saber, la cual es recepcionada sosegadamente en círculos académicos y universitarios. 

No obstante de ello, se puede poner en cuestionamiento todo “canon cultural” al rastrear la historia de las ideas en el cual fluyen iniciadores, precursores y pioneros, pero, estos pensadores se encuentran ensombrecidos por la historia oficial.

Tal es el caso de Enrique Vargas Sivila con su estudio sobre las Claudinas, quien sufrió un “ostracismo cultural”, al no trascender ni marcar el quehacer cultural de su generación, por preocuparse de temas alejados de su contexto social y político. Una cabal definición de ello, fue emitida por el ingeniero agrónomo Wagner Terrazas Urquidi (1920-1989), quien dijo: “El precursor en vida pasa desapercibido y tras su muerte pasa al olvido”.

 

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