Cine

For Sama, la vida en un paisaje de muerte

Este documental nos recuerda el nombre de esa minúscula criatura nacida bajo la fetidez de las balas en la lejana Alepo, Siria.
domingo, 6 de junio de 2021 · 05:00

Diego Ayo
Politólogo

Para Sama se llama este documental producido por Waad Al-Kateab en 2019. Es un filme estampado por una sanguinaria guerra en Siria donde los ganadores parecen ser únicamente aquellos que logran sobrevivir. En este pavoroso lugar del planeta se produjo esta obra maestra y en Europa se la premió con una nominación al Óscar.

¿Qué nos dice? La muerte ronda en Alepo, allá en la lejana Siria. ¿Alepo? ¿Siria? ¿Qué son estos nombres? ¿Me importan y deben importarme? ¿Debería seducirnos este filme sobre la destrucción de una ciudad, el deceso de tantos familiares, amigos y conocidos, el horror de las bombas anónimas detonando una y otra vez alrededor o el peligro para los niños, los inocentes, ¡tus propios hijos!? Sí. Un enorme sí es la única respuesta posible. 

Debe seducirnos: no es usual dejar la carrera de economía en la universidad y ponerte a filmar. No es común quebrar la senda rutinaria de la profesionalización para dedicarte a recoger imágenes envueltas en sangre, luto y pena. ¿Por qué hacerlo? ¿Por qué no optar por el camino obvio: escapar? La respuesta no parece clara en la claridad intuitiva de los protagonistas: “es nuestra ciudad, debemos quedarnos”. La cinta con los detalles de la guerra, pues, debe subsistir. Ahí reside el motivo de nuestra permanencia. ¿Cómo huir? ¡Debemos contar al mundo los abusos y crímenes cometidos! ¿Se imaginan que nadie hubiese podido recordar la Segunda Guerra Mundial? ¿Podemos imaginar que no existiese una sola foto que contara el exterminio? 

Afortunadamente no es el caso: el detective de esta trama histórica se llama Waad Al-Kateab, quien debe enseñarnos lo sucedido. El dictador Bashar al-Assad miente y lo haría una y otra vez si el ruido penetrante de los estallidos no hubiese sido registrado. Eso no lo sabe el genocida. Cree que sus enemigos son aquellos que portan armas, lanzan bombas, atacan a sus soldados. Se equivoca: hay un enemigo mayor, de pequeño tamaño, de ojos profundos, de mirada gigantesca: Waad. Ella es quien filma, quien desnuda el asedio constante, quien denuncia la voracidad asesina del régimen, quien exhibe lo que el mundo debe ver. Ella recoge escenas sin saber aún que esas escenas tendrá miles de visores, acá, allá y acullá. 

¡Qué soldado peligroso eres Waad, aunque no sepas siquiera apretar el gatillo! ¡Qué impúdicamente valiente eres Waad, haciéndonos ver el sonido de las bombas al caer! Ese es el rifle que usas: tu fantástica valentía convertida en cinta. Primera cosa excepcional. 

¿Has visto a algún soldado enemigo? No, son invisibles. Tan sólo arremeten contra los edificios de aquella ciudad de casi cinco millones de rivales que deben morir. ¿Ante quién cabe rendirse? Se acuerdan mis distinguidos patriotas a Murillo arengando frente a la horca: “la tea que dejo encendida, nadie la podrá apagar”. ¿Por qué lo dijo? Bueno, hoy lo sabemos: porque pudo. ¡Porque al frente suyo estaba el enemigo! Acá no. Un héroe como el recordado patriota del siglo XIX, se hubiera atorado solito con sus palabras, repetidas como el soliloquio de un loco. 

Nadie al frente, tan solo la certeza de que vienen, qué están a pocos metros, que arrojan proyectiles, ¡que los quieren muertos! Parece un cuento de terror: “ya vienen”, “están ya cerca”, “no respires, nos pueden observar”. Ese mundo le tocó vivir a Waad y a ese mundo lo filmó en su arribo impredecible y caótico, rondando siempre con la guadaña al hombro. “¿Al Assad?” “Ausente/Presente”, o como lo decía el gran Franz Tamayo, “cuando la ausencia se hace presencia”. Segunda cosa excepcional.

¿Qué parecería ser lo “natural”? ¡Correr y escapar! Nada más. Los protagonistas desdeñan esa patraña: “nos quedamos”. “Pero, ¿para qué carajo se quedan?”. “Para besarnos, amarnos y tener una hija: Sama”. ¿Es posible? ¿Es posible desnudarte, ¡oír las bombas!, besar, ¡escuchar los gritos!, amar, ¡sentir la muerte!? ¡Es posible! En verdad, es la única ruta que parece subsistir y funcionar: cuando todo está perdido, siempre queda algo, el amor. Waad se enamora de Hamza, el director de un centro médico, y fabrican ese ser que inunda sus vidas y guía las nuestras: Sama. For Sama, se llama este documental, recordándonos el nombre de esa minúscula criatura nacida bajo la fetidez de las balas. Tercera cosa excepcional.

Las escenas embrujan. Lo real parece irreal. ¿Son tomas trucadas? No, no lo son: ellos conviven con gente de su entorno, extraños, las más de las veces, amigos, las menos de las veces, convertidos en furibundos hermanos, ¡inseparables!, ¡casi gemelos! La masificación de la amistad es un hecho contundente. La pestilencia de la parca nos une, briosamente, para esbozar el perfume de la vida a 20 o 30 minutos de que ésta cese. Siempre es mejor el abrazo colectivo, la risa multitudinaria, la efervescencia del grupo a pocos segundos de partir. No debemos negarlo: la muerte une, más que la ferocidad entrañable de la vida. Cuarta cosa excepcional.  

Los protagonistas forzados del filme podrían ser payasos y celebrar alguna broma, ¡¿la última broma?!, que reivindique la risa, o podrían ser bailarines y brindarnos el goce, ¡¿el último goce?!, de algún zapateo frondoso. Si lo podrían hacer, pero son médicos y tan solo pueden celebrar la infinita posibilidad de salvar vidas. Ese es su rol. Esa menudencia es lo “único” que les queda por hacer: curar heridas, y en caso de ser derrotados, cerrar pupilas. ¿Y los paseos, las comidas en algún local, los parques, los teatros? En otra vida. En esta, sólo cabe salvar a quien debamos salvar. Quinta cosa excepcional.  

¿Pude disfrutar este documental? Todo es tan azaroso, las imágenes son movedizas, la continuidad no parece ser el fuerte entre un evento y otro. Ergo: debió molestarme, debí sentirme frustrado y hasta debí apagar la cinta ante semejante caos. ¿Sí? No, es un caos perfectamente ordenado el que se vislumbra. Las tomas son repentinas, saltadoras y quizás inconsistentes. Pero, ¿saben qué? La coherencia es una sola: la posibilidad de vivir, la necesidad de ayudar y la dicha de salvar. ¿Hay algo más abrumadoramente coherente? No, este magnífico desorden ordenado conmueve. Sexta cosa excepcional.

La vida es bella. ¿Te quejas de que tu sopa está fría? Jodete. ¿Te lamentas de que la wawa llora mucho y no te permite estudiar? Jodete. ¿Te sulfuras porque tu amigo consiguió un trabajo con mejor sueldo que el tuyo? Jodete. La vida es mucho más que eso. La vida es poder reír aún ante las ráfagas resonantes, ante el humo que te asfixia, ante el enemigo que no se deja ver. La vida es bella y este documental lo sabe. Séptima cosa excepcional.

 

 

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