Obituario

La aventura de vivir

Homenaje a Luis Mérida Coímbra, el Pájaro, un cochabambino que llevó en sus genes la destreza del arte de la imagen.
domingo, 6 de junio de 2021 · 05:00

Luis González Quintanilla
Periodista

A mi amigo, Ramón Rocha, le tocaba una de sus épocas de vacas flacas, que fueron muchas y que con buena honra las llevaba, y decidió acometer la tarea de ayudar a otros a escribir semblanzas de vida. Aprovechaba de sus recursos de talentoso periodista y  escribidor de dedos veloces para alentar a futuros clientes. Un día leí su columna que trataba de la importancia de que cada uno escribiera su propia autobiografía. Luego de leerla, lo llamé  haciendo befa  y cachondeo de su frase. Sí, le dije, no conozco a nadie mejor que uno mismo para escribir su propia autobiografía. Con su buen humor tomó nota del gafe y se rió conmigo. 

A propósito de autobiografías, he leídolas de varios importantes y sesudos historiadores y biógrafos que a este género no le llevan mayor apunte. Lo utilizan como referencia para sus investigaciones, pero no como fuentes válidas y primarias para su trabajo académico. Suelen decir que las autobiografías sirven más bien al autor para dos cosas de mucha importancia, sobre todo cuando éste cobra valía en el imaginario público: para encontrar impulsos a la tan humana acción de autojustificarse o exculparse de su accionar; o también para cobrarse cuentas que no pudieron hacer en el pasado. Esto terminó de convencerme de que las biografías son más objetivas y acercan más a la “verdad” histórica que el subjetivismo del propio juicio en la semblanza que se publica de uno mismo. 

Algo parecido se decía de un descomunal personaje como Winston Churchill: mejor lo hacía para la verdad, la academia y el mundo, cuando escribía biografías o narraba pedazos de la Historia, como la biografía de su antepasado Marlborough: su vida y su tiempo, o su monumental Historia de los pueblos de habla inglesa; obras mejor calificadas que aquellas con pinceladas autobiográficas. Caricaturizando, se decía que hasta el desastre de Galípoli en la Primera Guerra Mundial, aparecía bajo su potente pluma como victoria estratégica. 

Yo he sucumbido a escribir humildes semblanzas de personajes en mis crónicas o columnas periodísticas, o para completar  capítulos de algunos libros. Todo lo que puedo excavar en los recovecos de la memoria... La seria sistematización de las investigaciones académicas no es mi oficio y no se me ha dado bien. Los personajes de mi atención fueron gente cuya vida me inspiraba mucha curiosidad; o la de otros amigos y compañeros a los que tenía especial cariño. Ello bajo el principio que mientras alguien esté en el recuerdo de otro, su muerte no necesariamente significa su desaparición. 

Recibí la lamentable noticia de la muerte de un compañero muy conocido en el ámbito de la generación de las luchas democráticas: Luis Mérida Coímbra, se quedó con el apodo de Pájaro, supongo que por su silueta de ave, libre y voladora. Un cochabambino que llevó en sus genes la destreza del arte de la imagen. 

Lo conocí en la campaña electoral de 1985 en Cochabamba, que los miristas tallamos a mano. Él y su grupo, Wallparrimachi, participaron con pasión pergeñando nuestros primeros spots, a pesar de la tristura –que es una tristeza más honda,  según inventa el Gato Salazar– que lo embargaba  desde la división del partido. Nos encontramos  en los mismos quehaceres en las elecciones posteriores. 

Era Luis Mérida un espíritu libre y aventurero. Pero no le hizo el quite a las responsabilidades políticas en los tiempos bravos de la lucha clandestina, en los que en algún momento llegó a formar parte de la dirección nacional. Tuvo que huir del país por los caminos trashumantes del exilio.  

Llegada la democracia, el Pájaro estuvo detrás en cada proyecto en los medios de comunicación cuyas responsabilidades me encargaron. Hubo asperezas, claro, entre el burócrata partidario y el espíritu bohemio y la alegría de vivir del poeta. Pero lo que quebraba el fiel de la balanza era su talento creador, su ternura, su  poesía y su perseverancia en cumplir con los mandatos de su arte. Así, en las televisiones universitarias como en el canal nacional. 

También, Mérida hizo un documental donde recorrió los caminos del Che de la mano de uno de los sobrevivientes  cubanos del círculo íntimo de la guerrilla de Ñancahuazú.

Alguna vez que me tocó dirigir un programa de desarrollo alternativo en el Chapare, Mérida, luego de convencerme, me ayudó a hacer lo propio con mi co-director europeo, un alemán de típico razonamiento prusiano, para que apoyáramos su proyecto, una película sobre leyendas y sueños de los yuracarés. 

Su resultado fueron varios cuentos que los pasamos por capítulos en más de un canal de televisión. Todo fue bien hasta que Luis Mérida creyó que su trabajo no se cumplía sin el estreno de la obra junto a los protagonistas, en plena selva. Con la ayuda del proyecto y algunos colaboradores se metió hasta los claros donde los yuracaréss vivían. 

El resultado del estreno estelar y el  correspondiente festejo fue que los miembros de ese pueblo secuestraron los equipos, vehículos y a los autores del documental, por unos días. El rescate se llevó a través de la autoridad y el cariño que el proyecto tenía en la región.

Cuando Henry Oporto, su amigo de toda la vida, me comentó apenado la noticia y los detalles de la buena muerte del Pájaro, (rápida, seguramente, sin muchos padecimientos); le comenté   que era la que correspondia a un luchador político inquebrantable, amante de la vida y talentoso creador. 

La que debería siempre tocar a un buen hombre, que es el grado más alto que uno puede alcanzar en la vida. 

 El Pájaro no escribió su autobiografía, aunque tenía los mimbres literarios para hacerlo. Pero su  vida novelesca  bien merece una biografía o semblanza más sistemática, porque está llena de anécdotas, de lucha y compromiso y del talento de su  elevado espíritu. 

Luis Mérida terminó en este mundo su aventura que parecía sin fin. Estará ahora haciendo proyectos en el otro.

 

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