Reseña

Un caballero en Moscú

Una brillante novela de Amor Towles, heredera de la tradición novelística rusa del XIX, elegida por The Wall Street Journal como uno de los mejores libros del 2011.
domingo, 6 de junio de 2021 · 05:00

 

Ricardo Bellveser 
Escritor

He leído esta novela de 510 páginas, por recomendación de una culta amiga, María Garrido, en cuyo criterio confío, que me la regaló con el deseo de que con ella pasara un buen rato. Y así ha sido. Se llama Un caballero en Moscú (Salamandra, Barcelona, 2020) obra de Amor Towles (Boston, 1964) un autor de éxito, quien con su ópera prima, Normas de cortesía, fue elegido por el The Wall Street Journal como uno de los mejores libros del 2011 y obtuvo el Prix Pitzgerald en 2012. Un caballero en Moscú es su segunda obra.

La historia se sitúa en la Rusia, en el Moscú de la Revolución soviética. El elegante y refinado conde Alexandr Ilich Rostov es juzgado en 1922 por el Comisariado Político de los revolucionarios y condenado al paredón. Pero por intervención de estamentos superiores del Partido Comunista, la pena le es conmutada por un arresto domiciliario a perpetuidad. 

Como el conde vive en el hotel Metropol de Moscú, queda confinado a vivir para sus restos en su casa, que es el hotel, “pero no se confunda, si vuelve a poner un pie fuera del Metropol, será ejecutado”. El conde vive encerrado allí mientras fuera, en las calles y en el resto del país, suceden acontecimientos que cambiarán el mundo.

El Metropol fue un hotel elegante, situado junto a la plaza del teatro, a pocos metros del Bolshoi, famoso por la calidad de sus habitaciones, sus tiendas, sus servicios incluida peluquería y sastrería o su cuidada gastronomía. Baste como ejemplo que el hotel tiene una bodega con miles de botellas de vino de las más diferentes marcas, procedencias, denominaciones y calidades, de ahí que el conde, que es un hombre de gran delicadeza, para comer solía escoger el más apropiado sin importarle el precio, pero con la revolución todo esto cambia. 

Los soviets ordenan que se arranquen las etiquetas de las botellas y a partir de ese momento solo existan dos tipos de vino, el blanco y el tinto, y que todos cuesten lo mismo, pues “la existencia de nuestra carta de vinos contradice los ideales de la Revolución”, al tratarse, esos conocimientos, de  “privilegios de la nobleza” y un síntoma de decadencia. (P.166)

El conde vivía en una lujosa suite, pero ahora es trasladado a un reducido cuarto, una buhardilla de las que usaba el servicio, en la que no caben ni sus muebles ni su biblioteca, ni sus otras propiedades. Se le retira el tratamiento que recibía y se prohíbe al servicio que se refiera a él como “excelencia”, disposiciones todas ellas hijas de los nuevos tiempos.

¿A Gentleman in Moscow? hay una contradicción en los términos. Se puede ser un caballero en Londres o en París, pero en la Rusia post revolucionaria y bolchevique es un imposible absoluto ser y comportarse como un Gentleman pues es esa una de las principales cosas que los soviéticos combaten.

El trasunto de la historia se apoya en la relación del conde Rostov con una niña, Nina, a la que enseña cómo ser una princesa, niña espía que recorre las instalaciones hoteleras prohibidas gracias a una llave maestra que ha conseguido, niña que con el tiempo devendrá en la voz de las nuevas generaciones nacidas tras la Revolución, que va creciendo y más a lo largo de las páginas, representa el contrapunto pues evoluciona hacia la admisión del nuevo régimen. 

Se apoya también en, un gato tuerto y en el personal del Hotel Metropol, de las cocinas a la dirección, el que atiende la cafetería, el restaurante, la recepción, las cocinas o las partes no visibles y funcionales del edificio. 

Esto es importante porque el conde termina conociendo el funcionamiento interno del hotel, como se conoce el funcionamiento interno de las estructuras de un país incluso llega a ascender por su escala laboral.

El protagonista, ya lo he apuntado, es un experto en vinos europeos, refinamiento que es presentado como aristocrático, sobre el que los soviéticos muestran su ignorancia y su desprecio ampliable a toda cualidad singular. Es un experto en comidas como hombre de paladar refinado, “si la cocina del Boiarski es una orquesta y Emile es el director, su cuchillo de trinchar es la batuta” (P.199) y sobre los modos sociales elegantes.

Es esta una novela sumamente singular, que bebe en la tradición novelística rusa del XIX, cosa que no oculta ni lo pretende, porque el autor admira a Tolstoi, a Dostoievski, a Gogol y las tradiciones que ellos representan en lo literario, que no en lo político, pues Amor Towles es firmemente contrario a la revolución rusa y sus efectos, sobre todo el leninismo, el stalinismo y el comunismo real contra los que esta novela es un manifiesto (la luces del Kremlim están encendidas día y noche “como si sus nuevos moradores todavía estuvieran demasiado ebrios de poder para conciliar el sueño”) (147) y se convierte en su verdadero argumento, lo que redondea con insólitas notas a pie de página, que tienen un carácter documental e historiográfico. El sorprendente final de la novela viene a confirmar esto de un modo bien contundente.

La traducción de Gemma Rovira Ortega es impecable, sabe recoger las hermosas metáforas, diversas metonimias y paralelismos, con los que el autor se adorna. Algunas verdaderamente excepcionales.

 

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