El reseñista

Coup d’État, de Edward Luttwak

La tesis es que el coup d’état se dio imperfectamente en los últimos 300 años y solo el Estado moderno habría hecho posible su valor esencialmente “democrático”.
domingo, 11 de julio de 2021 · 05:00

Joaquín Tapia Guerra
Crítico literario

 

Primero, un breve resumen

Coup d’État está escrito en un formato que el militar boliviano llamaría “ayuda-memoria”: puntual y práctico. Tiene 5 capítulos, el 1ro define el coup d’état, el 2do da las condiciones que lo harían posible, el 3ro dice cómo “incorporar” a los “medios de coerción” del Estado, el 4to dice cómo “neutralizar” a sus “fuerzas políticas” y el 5to da el paso a paso desde la víspera hasta consolidar la nueva autoridad. 

En manos correctas, el libro de veras pretende conducir a donde apunta. Las pautas que da son aplicables en todo contexto porque están dadas en términos funcionales. El nombre del régimen a derrocar, sus atropellos y promesas, si es liberal o reaccionario, para Luttwak esto no importa. “Un rasgo distintivo del coup d’état, dice, es que no implica ninguna orientación política concreta”.

Luttwak nació en una familia judía pudiente en Rumania, que huyó por la invasión soviética en 1947. Estudió en la London School of Economics, en Londres, y en la Johns Hopkins University, en Maryland. Desde los 70 fue influyente en el Pentágono y desde 1980 fue consultor de seguridad de Ronald Reagan, luego se lo retiró por criticar la ineficacia del ejército. 

Hoy en día es un “consultor” privado, ayuda a resolver “problemas” tanto en agencias de inteligencia como en regímenes de facto y de jure, indistintamente, y cobra muy bien por ello. A sus 78 años, ha publicado más de 20 libros, pero la 1ra edición de Coup d’État, que es la que usamos aquí, se publicó en 1968, a sus 26. En cuanto a las palabras “Bolivia”, “Siglo XX”, “Catavi”, “Comibol”, “MNR”, todas ellas aparecen literalmente en el libro. Es más, entre 1997 y 2015 Luttwak fue co-propietario de una hacienda en Beni, así que el caso boliviano no le es extraño.

El libro en cuestión

La tesis de Luttwak es que el coup d’état se dio imperfectamente en los últimos 300 años y solo el Estado moderno del siglo XX habría hecho posible su valor esencialmente “democrático”. En las monarquías feudales, con guerras, abdicaciones y delfinados, todo cambio de poder era “desde adentro”, pero en el Estado moderno, dice, el coup permite tomar el poder “desde afuera” y lo hace de forma menos sangrienta que las clásicas “revolución” y “guerra civil” porque consiste en “la infiltración de un segmento pequeño pero crítico del aparato estatal, que luego se usa para desplazar al gobierno de su control sobre el resto”.

 O sea, no tiene intenciones bélicas y si está bien hecho debería pasar inadvertido. Esto es posible si un Estado es lo bastante moderno para funcionar de forma estandarizada, como una máquina burocrática, y lo bastante grande para ser infiltrado de forma anónima.

De ahí su distinción entre los Estados sofisticados del primer mundo y los semi-tribales del tercer mundo (teniendo en mente que escribió esto en 1968). 

Contra nuestro prejuicio, Luttwak no insinúa que los Estados semi-tribales sean buen sitio para un coup; son muy pequeños y dependientes de lazos étnicos que hacen toda infiltración imposible. Tampoco dice que el primer mundo sea invulnerable a un coup. Lo que sí subraya como clave del éxito es la “indiferencia” de la alta burocracia, los medios de coerción y la ciudadanía. En las élites educadas, esta indiferencia implicaría aceptación, y en las masas no educadas, una falta de la comprensión necesaria para tener una postura al respecto. Entonces da los tres requisitos formales para un coup: Que el país-objetivo sufra retraso económico; que no tenga una soberanía falsa; que no esté dividido en regionalismos internos.

En adelante da un manual para quienes tengan la disciplina para arrebatar un Estado de ese tipo. Según dice, el bien más valioso de estas personas es la información. Aunque los Estados en crisis están predispuestos a la eventualidad de un coup, son estructuras grandes y no pueden cubrir todos los flancos. Por eso la estrategia será estudiar a fondo al país-objetivo antes de hacer ninguna movida. 

Una buena infiltración deberá reclutar solo las palancas relevantes en la cadena de mando, empezando por los medios de coerción y recordando que los altos oficiales tienen valor ceremonial pero son prescindibles, mientras que los técnicos son esenciales para secuestrar las telecomunicaciones en el Día D. Todo recluta será valioso por su poder de convocación y por eso será un peligro potencial. Los integrantes del coup deben intermediar la comunicación de principio a fin, evitando así una coalición oportunista en su contra.

Lo siguiente es neutralizar a las fuerzas políticas. Esto no habrá que agendarlo sino hasta el Día D, porque si un gobierno supiera del plan en su contra, el coup ya no podría ser. El poder efectivo que tiene es casi nulo y la maquinaria estatal lo supera con creces. Las fuerzas políticas no siempre son parte del Estado, pueden ser figuras públicas o “lealistas” del partido, por eso deben ser retenidas y a menudo serán sus únicas “bajas”. Siempre y cuando los reclutas colaboren, los altos burócratas vean el peligro de oponerse y la ciudadanía sea indiferente, el coup será posible. Solo esto permitirá convertir el poder en autoridad, y a largo plazo el éxito seguirá en duda hasta que no se tenga, además, un reconocimiento diplomático en el exterior.

Nuestro comentario

La visión de Luttwak es cínica y globalizada. Sus ejemplos van del golpismo nobiliario de la Rusia zarista, pasando por el célebre coup Francés de 1958, hasta los paramilitares “zombies” de Duvalier (alias Papa Doc) en Haití. En general se limita al tercer mundo (África, Medio Oriente, Sudamérica) y en ese terreno no atribuye consistencia alguna a las marcas, inicialmente occidentales, de “izquierda” y “derecha”. 

En esto Luttwak es tan poco condescendiente que hiere, pero es honesto. Como lo define, el coup sería una hazaña demasiado sofisticada para la política boliviana. Ni el caudillismo del XIX ni las dictaduras de 1964-82 darían la talla, porque fueron coaliciones “desde adentro”, por eso “semi-tribales”, no “democráticas”. Solo llama su atención el coup que habríamos tenido en 1952. Pero entendemos el escándalo que sería rebautizar nuestra “Revolución”.

En sentido estricto, lo ocurrido en 2019 tampoco sería un coup, por 2 motivos. 1) La oposición fue incompetente y por eso incapaz de aprovechar el apoyo de las movilizaciones llamadas, peyorativamente, “pititas”. En esos días hubo desorden, violencia y racismo mutuo, sí, pero no la inteligencia necesaria para un coup. 2) Morales Ayma dijo temer un “golpe” ya antes del 20 de octubre, y como vimos un coup requiere que su víctima ignore el plan en su contra. Por todo esto, y a pesar del reciente interés boliviano en el tema, nos parece que el libro es incompatible con todo nacionalismo, ya sea el “revolucionario” de ayer o el “plurinacional” de hoy. La educación de Luttwak muestra cuán asimilado está él en la escuela anglosajona de pensamiento, y para enojo de los opinadores de La Razón, eso explica por qué su nombre no figura en el programa de estudios del MNR.

 

 

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