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La llegada de la escritura

La lenta creación de la escritura, hace miles de años, tuvo consecuencias enormes y que hoy mismo están en acto.
domingo, 18 de julio de 2021 · 05:00

 Juan Cristóbal Mac Lean E.
Escritor

Ponerse a indagar y leer sobre algo tan lejano y tan antiguo que casi rebasa lo verosímil, volver a escuchar las palabras Sumeria, Mesopotamia, Babilonia, no sólo obedece a una supuesta “sed del conocimiento”, como se lo suele formular, sino que es ante todo sucumbir a las seducciones de lo primordial, al claroroscuro de lo que nace, es asomarse, casi con un espíritu gótico, a gestos originarios, estancias y altares, personajes misteriosos y con túnicas a la luz de antorchas. Y primeros escribas y reinados, leyes, sacerdotes, signos y tablillas. La aparición de la escritura.

Y dicho sea entre paréntesis, no es en vano, después de todo, que tanto éxito tuviera el Nippur de Lagash de Robin Wood, ese comic de primera que venía en la revista argentina D’Artagnan y que agitó tantas infancias, actualizando una  fascinación que atravesó continentes, edades y formatos. Extremos, en todo caso,  a los que se llega merced de la escritura, creada en esos sitios hace tanto como más de cinco mil años. Y la escritura, conste, no es otro prodigio más entre otros (la rueda, el cero, la domesticación de animales y plantas) sino que merece un rango aparte, tan decisivas y profundas son sus consecuencias.

Dentro de la “arqueología cognitiva”, como la llama Denise Schmandt-Besserat, ella señala que el año 3350 a.C. podría ser una fecha recordable, ya que registra uno de los puntos de partida de la interfase entre la escritura y las meras marcas con que contar diversos productos. Aparecieron las primeras las primeras tablillas y se vio que anotar en ellas, en dos dimensiones, podía suplantar de hecho a las cuentas de arcilla y las marcas de las bullas en que se las ponía y las bullas mismas.

A partir de ahí, el proceso se precipitó con mucha mayor rapidez que antes, cuando los procedimientos (contables) se eternizaban iguales durante milenios. Y se pasó entonces a la invención del número y se apeló parcialmente a inscripciones de orden fonético silábico, en que determinados signos valían más por cómo sonaban que por cualquier representación anterior que hubieran tenido. Esto ocurrió, sobre todo, cuando se quiso escribir nombres propios. Primero nombres de dioses, nombres de reyes, nombres de escribas, nombres de propietarios y finalmente, cuando la escritura ya había irrumpido del todo, los nombres de cualquiera, los nombres de quienes apelaban a magias y ruegos de salud, hechizos, y encantamientos, de los que quedan muchas tablillas.

En el origen de la escritura, pues, números y nombres; contar y llamar, distinguir y apelar, numerar y nombrar. ¿Se puede interpretar ese hecho? ¿Cómo, con qué herramientas o conceptos? Queda en pie la pregunta.

Los tempranos encantamientos mágicos y rituales (muy similares a los que se encuentran hoy por todo el mundo, en claves esotéricas o simplemente con brujos o doctores de esos que se anuncian en clasificados) hablan de otro aspecto formidable de esa naciente autonomía de la escritura: que era capaz de independizarse de su origen contable para poder anotar o exponer cualquier temática no supervisada u originada por el sacerdote o por el príncipe. Por ejemplo una carta cualquiera (se encontraron cientos de fragmentos). O, mejor aún, una trivial receta de cocina. El asiriólogo Jean Bottero, armó un libro de recetas mesopotámicas con la traducción meticulosa de tres tablillas de arcilla que contenían nada más que eso: recetas de cocina… ¡de 1.600 años antes de Cristo!  (descargable en internet, traducido al castellano como La cocina más antigua del mundo).

Hacia el 2500 a.C., en todo caso, la escritura misma, fonética y silábica, ya estaba puesta a punto, capaz de expresar cualquier palabra o, mejor aún, capaz de dar paso a la poesía, como de hecho ocurre con la ahora llamada Épica de Gilgamesch, redactada en tablillas del 2100 a.C. Mucho más tarde todavía, la escritura fonética terminaría por afianzarse y reducirse a 22 letras: el primer abecedario data del 850 a.C., casi con nuestras mismas letras y desde entonces no ha cambiado. Lo usamos hoy.

En otro libro no menos hermoso (When Writing Met Art. From Symbol to Story), Denise S-B estudia el impacto de la escritura en el arte, llamando arte a todas esas primeras representaciones figurativas que se hallaban en cerámicas, muros, columnas, tumbas, cuevas. Para hacerlo, compara las representaciones de antes de la escritura y las de después, encontrando enormes diferencias. La escritura/lectura ha creado y delimitado un espacio, con su arriba y su abajo, su derecha y su izquierda, con un orden lineal y secuencial, el sentido de conjunto. Se ha ido, como su propio subtítulo anuncia, del símbolo a la historia, de lo puntual a lo narrativo. Dejaron de pintarse cosas sueltas o meramente repetidas y de pronto hasta la geometría misma se presentó más claramente.

Sobre las enormes consecuencias que acarrea la escritura en la forma de pensar, recordar, organizar el discurso, modalizar la misma percepción de la realidad, y sobre las grandes diferencias que se abren entre culturas con escritura y aquellas que sólo están confiadas, cada vez, sólo a la performance de la palabra hablada, un libro verdaderamente instructivo, clásico en su campo y que aclara la enorme dimensión de estas diferencias, es el de Walter Ong: Oralidad y escritura. Tecnologías de la palabra.

Aparte de la escritura fonética y con alfabeto, están por supuesto las escrituras orientales, desarrolladas por su propia cuenta y, en América está la escritura maya, las más descifrada, pero no desenganchada de formatos religioso rituales.

También sin duda que hay otros sistemas de significación, incluso alta y estéticamente sofisticados, pero hasta ahora nadie ha podido “leer” o “traducir” ningún quipu o tokapu, que yo sepa, y eso que me he pasado tiempo buscando y leyendo –hay una gran oferta bibliográfica en internet–. Si se revisa esta bibliografía, muchos dicen, y en muy buenos artículos, que se trata de sistemas altamente codificados, ampliamente utilizados y se los describe del derecho y del revés, asegurando que se trata de otras modalidades de escritura pero igual, y con todas las aproximaciones que se quiera, nunca se alcanza a establecer claramente, digamos, ninguna frase, lingüística y pasablemente indiscutible.

Volviendo a la escritura cuneiforme, en unas tabletas de 1800 a.C., dedicadas a una deidad de nombre Šulgi, ella declara: “Que mis himnos estén en la boca de todos; que las canciones sobre mí no se extingan con la memoria. Que la fama de mi alabanza... nunca sea olvidada… la he hecho escribir línea por línea en la Casa de la Sabiduría de Nisaba en sagrada escritura celestial…”.

 

 

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