Contante y sonante

Luto

Hay que tener cuidado, sumo cuidado con estar o no en duelo. No vaya a ser que sea engañoso, una apariencia que finja dolor donde no lo hay. Suele pasar...
domingo, 25 de julio de 2021 · 05:00

Óscar García
Músico y poeta

El paceño tenía en su carnet el dato que siempre, en toda ocasión, lo hacía retroceder y apoyarse en una pared o agarrarse de una silla. Decía nacido en Cochabamba y no es que haya tenido alguna razón que rondara la discriminación ya que en estos días hasta mirar de reojo o defender la palabra empeñada puede ser un acto de discriminación o un pretexto para las múltiples y gastadas victimizaciones. 

No. El paceño sospechaba del accionar de algunas personas cochabambinas que de a poco convirtieron ese accionar en una suerte de modelo de comportamiento social. Se trata de algo así como una mezcla de envidia, rencor, hipocresía, zalamería y hambre. No le parecía justo estar emparentado con esa clase de actitud. Por eso renegaba. Renegar parece más una cosa del arrepentimiento, como renegar de una religión o de alguna militancia. No era el caso. El paceño renegaba, de rabiar. Era comprensible y seguramente pasa con otros casos. Abrazar una identidad ciudadana, amar a la ciudad, más que a la gente, y de pronto, percatarse de haber nacido en la ciudad opuesta, equivocada.

El paceño sabía muchas cosas de aquí y de allá. La cerveza si no era fría, era pis. Aun cuando el clima no iría a ser propicio, digamos que una cerveza fría a 2 grados en medio de la pampa de Pucarani no es una buena idea. Pero dadas las circunstancias y el azar de encontrar una tienda abierta en medio de la nada, lo primero que preguntaba es si había cerveza fría. La respuesta, por supuesto, era algo como que “no hace falta joven, natural es, asi ya es fría”. 

No había forma, por supuesto, de que el paceño fuera convencido de tal estado de la bebida. O es fría o es pis, decía y se iba caminando con un cigarrillo encendido y el firme propósito de encontrar en alguna otra parte del altiplano, una cerveza salida de un refrigerador. En la ciudad, en la ciudad de los ladrillos, en la ciudad de las calaminas, en la ciudad de los rompe muelles, en la ciudad de los bloqueos, en la ciudad de la hostilidad, en la ciudad de las mentiras, en la ciudad de los ministerios, en la ciudad de los cohetillos, en la ciudad de las caseras, en la ciudad de las tucumanas, en la ciudad de las subidas al infinito, en esa ciudad, en su ciudad, las tiendas tienen refrigerador con bebidas dentro, pero no los enchufan. Qué les pasa, cavilaba el paceño.

El paceño tenía pasión por la cocina. Tenía una organización minuciosa y sistemática de los sartenes, por tamaño y por uso. Claro, razones varia tenía. No se iba a usar el sartén para freír un huevo, luego para hacer una chorrelana. Ni hablar. Los sartenes lo eligen a uno, no al revés, solía decir en medio de la preparación de un suculento aji de fideo que sí tenía aji. Nada de medias tintas, o picaba o no era aji aunque algunas lenguas no lo aguanten. 

Para qué se meten, solía decir. Pero claro, las gentes alrededor, haciendo tripas corazón, para no contrariar al paceño, que no tenía otra cosa para el resto del mundo si no bondad, se lo comían moqueando moqueando y de rato en rato desaparecían en solitario a hacer uso del baño o a llorar al patio con un silencio parecido al olvido.

El paceño era escoltado por dos perritas y un perrito que con el pasar de los años cambiaban porque unas morían y aparecían otras, de ahí a que el paceño andaba como siempre llevando un luto para adentro. A lo mejor así es que fue enfermando, de luto. El luto es algo que se lleva o no se lleva pero que no necesariamente se muestra. El luto, de luctus, duelo, aflicción, deriva en el duelo pero también el duelo, que proviene de duenos, se refiere al “hombre que se teme” y esta frase a su vez se emparenta con el griego theos, que es duo, dos. Resulta curioso, por otra parte, que del latín dolus, que proviene del verbo dolere, se entienda también lo engañoso, lo fraudulento, lo doloso. 

De ahí a que habría que tener cuidado, sumo cuidado con estar o no en duelo. No vaya a ser que sea engañoso, una apariencia que finja dolor donde no lo hay. Suele pasar. Las plañideras son un buen ejemplo y en la ciudad de las tienditas, con frecuencia en los entierros, no faltan las personas que para comprar su caldito del día, se ofrecen para llorar.

El duelo es, o no es.

El paceño sabía muchas cosas. Que lo amaban. Por ejemplo. Sonreía medio de costado, apagaba un cigarrillo y prendía otro. Así se preparaba para jugar. A cualquier cosa. Jugando es que se pasaban los días y las noches, perdiendo y ganando sin discutir. Porque así es un poco la vida, se gana, se pierde, se vive, se muere.

Claro, ahora el luto toca de este otro lado. El paceño, cuya energía va a estar cambiando de lugar en la mesa, también lo sabe.

 

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