Sergio Suárez Figueroa, el escritor satírico

Bajo el seudónimo de Quasimodo, el humor político de este escritor destacó en la revista Cascabel, que se publicó desde 1961 hasta 1978.
domingo, 4 de julio de 2021 · 05:00

Jorge Saravia Chuquimia
Arquitecto

A cinco años de la muerte temprana de su amigo, el crítico y dibujante Jorge Villanueva Suárez publica el domingo 2 de septiembre de 1973, en el periódico Presencia, suplemento Presencia Literaria, el artículo “Recordando a Sergio Suárez Figueroa”.  El autor de la reseña, a manera de semblanza, refleja la suerte que gozó (en vida) de entablar una atractiva amistad con el “fecundo y buen dramaturgo”, Sergio Suárez Figueroa (1924-1968). 

Al revisar esta nota confirmo lo escrito por Villanueva Suárez: “Tuve la suerte de conocerle cuando el escritor se presentó en la redacción de la revista de humor político Cascabel donde yo trabajaba como dibujante. El motivo de su presencia fue muy grato, se incorporaba a la planta de la revista como un colaborador más a invitación de Pepe Luque. Allí nos hicimos amigos mientras él escribía ya sea ‘golpeando’ a la Power Company o a los ‘camaleones’ de nuestra política criolla, y yo dibujaba a los personajes de moda de esa temporada. Quiero hacer hincapié en que esta faceta de la vida de Sergio Suárez es casi desconocida, ahora la hago conocer porque trabajé junto a él”. 

La cita me provoca la sensación de multiplicidad que despliega el escritor en el escenario cultural nacional.

Cuando manifiesto “multiplicidad” quiero exponer que Suárez Figueroa desempeña otro rol literario, el de escritor de sátira política, en las páginas de Cascabel. De esta revista habría que comentar que la edición está finamente armada con dibujos caricaturescos de miembros de la política de la época, editoriales irónicos, poesías satíricas, breves obras de teatro, entrevistas ficcionales, montaje de fotos e historietas. El conjunto está elaborado con fino humor y destacable burla. Además,  este volumen reúne a grandes escritores y dibujantes bolivianos.

 En esta línea, Suárez Figueroa colabora poco tiempo, allá por el año de 1965. Es menester indicar que la revista salta a la esfera pública quincenalmente, desde 1961 hasta 1978, aproximadamente. Cascabel sufre abruptamente una pausa larga obligatoria, en el medio de las impresiones.   

Jorge Villanueva Suárez, en relación a este detalle editorial, añade en el comentario periodístico: “Como es dominio público, en Bolivia las revistas no tienen duración, de manera que cuando por una temporada un poco prolongada dejó de circular Cascabel, cada uno de sus componentes se fue por su lado; es así que por una feliz coincidencia nos volvimos a encontrar en El Diario, allí Suárez consiguió el puesto de redactor de la sección cultural, y yo el de caricaturista de la página editorial”. Con esta confesión, subrayo que uno de los propósitos de este comentario es evidenciar la fuerza del destino, o llámese coincidencia para afianzar la amistad de dos amigos escritores, en torno a su arte.  

Ahora corresponde complementar que tanto escritores como dibujantes de Cascabel no publican con su nombre verdadero  por temor a represalias del gobierno dictatorial de turno. Es el caso de Sergio Suárez Figueroa que usa el seudónimo de Quasimodo. El uso de sobrenombres de redactores y dibujantes está claramente sobrentendido, con fino humor, en el número 50, edición extraordinaria de la revista. 

Empero, el director Pepe Luque asevera: “Jorge Villanueva, tierno valor del humorismo y admirable por firmar con nombre propio, en actitud desafiante a la DIC”. Salvo error u omisión, el significado de la sigla sería Dirección de Inteligencia y Comunicación.

Suárez Figueroa escribe en condición de redactor varios artículos para la revista, pero no coloca la firma de autor. En contraste, es bueno mencionar que destacan dos artículos suyos en forma de relatos satíricos ficcionales (con harta referencia literaria), presentes en dos diferentes ejemplares, rubricando como Quasimodo. Los dos textos (hallados) están inmersos en una sección creada por él, denominada “Aguafuerte”. El primer relato está presente en el número 44, titulado como “Los pigmeos aprenden la grandeza”. La segunda narración sale a la luz en Cascabel, en el número 47, sin título. Reproduzco dos fragmentos, uno de cada discurso, para apreciar la calidad literaria de las sátiras políticas. 

En “Los pigmeos aprenden la grandeza”, el narrador relata la historia de un tipo de pigmeo de estatura normal (en clara alusión a un “camaleón” político bajo de estatura) con aire de Einstein, que hace escuchar música estereofónica desde un pick-up y tortura las orejas de los que la oyen. Más: “¿Conoce usted querido lector algún eficiente insecticida, con qué hacer desaparecer del planeta Tierra, a este exquisito amante de la música que no tiene nada que ver con el ‘sublime sordo de Bonn’? Que me ahorquen si comprendo los maléficos designios de este maldito pigmeo de estatura normal”.

En el segundo relato, también en “Aguafuerte”, el autor “golpea” o efectúa una punzante declaración por el servicio público de la Bolivian (Power Co.), ya que dicha empresa canadiense, por aquellos años, perpetra bastantes cortes de luz mermando la asistencia de luz a la población. Por ende, es motivo para que el carácter sarcástico de Quasimodo arremeta con mucha claridad: 

“Tan brillante empresa era tan pudorosa que no osaba por ningún motivo encandilar al prójimo con luces hirientes. Tan brillante empresa, le tenía ojeriza a cualquier apelativo subido de tono: resplandor, iluminación... Tan brillante empresa solía murmurar a propósito de las noches de luna que hacían reverberar los cerros nevados y los ventanales de las grandes mansiones de Obrajes. Tan brillante empresa le cobró un odio gratuito a aquellas memorables frases bíblicas que decían: ‘Hágase la luz y la luz se hizo’”.

Con mucho brillo el amigo escritor Jorge Villanueva Suárez relata el último encuentro, no casual, con el multifacético escritor: “Recuerdo perfectamente el día de su entierro, el féretro partió de la Casa de la Cultura. Llevamos –mejor dicho nos disputamos por llevar su ataúd– nueve personas, de aquellos yo conocía a don Julio de la Vega, a Gastón Suárez Paredes, al pintor Fausto Aóiz y a un artista de teatro cuyo apellido era Jáuregui. Íbamos a lo largo de la calle Ingavi, allí, a la altura de la avenida Alto de la Alianza, Guido Calabi Avaroa a nombre de sus amigos le dio el postrer adiós en medio de una consternación general. Su señora esposa y sus hijos estaban más atrás. Fue la última vez que estuve muy cerca de Sergio Suárez Figueroa”. Fue la última vez que se vio a Quasimodo recorriendo las calles de Nuestra Señora de La Paz. 

 

AVISO IMPORTANTE: Cualquier comunicación que tenga Página Siete con sus lectores será iniciada de un correo oficial de @paginasiete.bo; otro tipo de mensajes con distintos correos pueden ser fraudulentos.
En caso de recibir estos mensajes dudosos, se sugiere no hacer click en ningún enlace sin verificar su origen. 
Para más información puede contactarnos

11