Obituario

El mago, en memoria de Roberto Valcárcel

Con él descubrimos el poder y la capacidad de transformación del arte. Con él aprendimos que todo puede ser usado para hacer arte...
domingo, 1 de agosto de 2021 · 05:00

Gonzalo Araoz
Antropólogo, artista plástico y escritor

 

El espacio para las clases de arte estaba ubicado en el punto más alto del colegio, con vistas a las montañas que rodean la ciudad. Después de pasar a la derecha el bloque de primaria y los árboles de eucalipto en el pequeño canchón que de niños imaginábamos un bosque, trepamos las últimas gradas del empinado sendero y finalmente entramos en la sala. Sobre la mesa del profesor yacía un cadáver. No era un cadáver, pero esa fue nuestra primera impresión. Un par de botas emergían bajo el manto que cubría la forma corporal que había sido dispuesta sobre la mesa en dirección este-oeste. 

Tras entrar, algunos resoplando de cansancio, otros riendo o charlando, todos callamos. Fue como soñar que al ingresar a un parque de entretenimiento o algún otro espacio de diversión ligera, nos encontramos en una morgue. El profesor no estaba en la sala, seguramente quería dejarnos a solas con el bulto difunto. Habiéndonos repuesto de la sorpresa, nos acercamos en silencio a observar la instalación, musitando breves comentarios y moviéndonos lentamente y con cuidado, sin tocar nada. 

Luego caímos en cuenta que nos comportábamos como si estuviésemos en un velorio. Nos había cambiado el escenario o, como solíamos decir, nos había movido el piso. Teníamos la impresión de ser observados, y posiblemente estaba contemplando nuestras reacciones desde algún escondite. Finalmente lo vimos ahí, en una esquina, mirándonos con ese gesto de sonrisa invertida que decía mucho sin hablar. Nadie lo  vio entrar y nunca supimos de donde salió. 

Es que el joven profesor de arte no era solo arquitecto y artista, era también mago. Era un hombre alto y delgado, de dedos largos y cabeza rasurada. Vestía ropa holgada y colorida, a su gusto y comodidad. Aunque generalmente solo decía lo necesario, su grave voz era muy expresiva. También lo eran sus manos y su rostro.

En lugar de hablarnos durante horas sobre sus experiencias, nos mostraba imágenes y objetos, para incentivar nuestra curiosidad y reflexión. El arte, de ser algo bonito y agradable para la vista pasó a convertirse en un instrumento eficaz para despabilarnos y sorprendernos. 

Más tarde, al ver a los alumnos de primaria jugando, cuando retornábamos al patio de segundaria en los bajos, pensamos que quizá Roberto nos hubiese observado en forma similar alguna vez cuando terminaba sus estudios como el mejor alumno del colegio. Hoy, tras décadas de no haberlo visto en persona, vuelvo a entender cómo y por qué influyó el mago en mi interés y pasión por el arte y la antropología. Aquella mañana en que nos presentó su cadáver sobre la mesa, nos infectó la curiosidad hacia esa mezcla de terror, sorpresa y extraño placer, y nos llevó eventualmente a indagar no tanto los significados del arte como sus efectos.  

Es lo que en la terminología académica actual se entiende como la “agencia” del arte, que significa justamente la capacidad del arte de efectuar cambios en las cadenas o vectores de causalidad. Es decir, la forma en que el arte afecta al público receptor. En su obra póstuma Arte y Agencia, el antropólogo británico Alfred Gell analizó producciones artísticas, tanto  occidentales como “no occidentales”, a partir de un esquema de relaciones donde prima la intencionalidad que provoca la emergencia de objetos particulares.  

El arte, entendido de esta manera, no es un sistema codificado de símbolos, sino un sistema de acción. Gell apela a la noción de la “tecnología del encantamiento” donde el sortilegio de la magia empática en una sociedad tribal, por ejemplo, es equiparable al encantamiento estético de una obra de arte expuesta en un museo metropolitano. 

Nunca sabré si Roberto leyó a Gell o no, pero algunos de sus actos artísticos produjeron en nosotros respuestas emocionales que podrían ser equiparables a los resultados de actos mágicos. Con él descubrimos el poder y la capacidad de transformación del arte. Con él aprendimos que todo puede ser usado para hacer arte, que todos somos artistas en potencia y que el quehacer artístico está, o debería estar al alcance de todos.  

Entendimos desde entonces que hacer arte a tiempo de ejercer nuestra humanidad implica, entre otras cosas, estar conscientes de la presencia latente de la muerte. Ha muerto el mago, pero nos queda su magia. Descansa en paz querido maestro.

 

 

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