Aullidos de la calle

Nada será igual

domingo, 1 de agosto de 2021 · 05:00

Mónica Heinrich V. 
Reseñista y cinéfila de corazón

Un día, las Torres Gemelas cayeron y ese acto bastó para que en el mundo surgiera una nueva guerra, la guerra contra el terrorismo. Y digo nueva, porque todo lo que toca a las grandes potencias magnifica a monstruos que siempre estuvieron campantes por las calles. 

Definamos terrorismo. Según la RAE: Sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror.  Actuación criminal de bandas organizadas , que , reiteradamente y por lo común de modo indiscriminado , pretende crear alarma social con fines políticos .

Ajá. Terror. Alarma social. Fines políticos.

¿Y qué hicieron las grandes potencias cuando sufrieron “ataques aleatorios” de “loquitos musulmanes”? incrementaron la tensión y el miedo en sus ciudadanos, y les hicieron creer que esos ataques podrían ocurrir todos los días y que nunca, jamás estarían seguros. Sus ciudadanos vieron cómo se crearon “planes de seguridad” y se empezaron a ejecutar medidas que de ejercerse en cualquier otro país serían tildadas de medidas dictatoriales y en contra de los derechos humanos. Para EEUU, Francia, Inglaterra o España, solo fueron medidas defensivas.

Lo cierto es que el terrorismo nunca fue propiedad exclusiva de los países del medio oriente y el director francés Giovanni Aloi así lo interpreta. 

En su película La Tercera Guerra se habla de una amenaza constante. Esa amenaza convive con la vida diaria de los franceses que quedaron traumatizados por los ataques en la sala de espectáculos Bataclan o en el semanario Charlie Hebdo. No hace falta ser francés para recordar con horror los 90 muertos de Bataclan o los 12 de Charlie Hebdo, y ataques de esa naturaleza en una sociedad que vive cómodamente alejada de esos peligros hace que el Estado se invente respuestas de contención. El plan Vigipirate, dispositivo permanente de vigilancia, prevención y protección, es una de las principales herramientas de lucha antiterrorista en Francia. 

Giovanni Aloi no estaba en París cuando sucedieron los terribles hechos de Bataclan, pero regresó al día siguiente y percibió un apagón en la siempre agitada vida parisina. Las calles estaban vacías, los comercios cerrados, el miedo era el principal habitante de una de las ciudades más turísticas del mundo, una ciudad conocida como la “ciudad del amor”. 

Semanas después, le llamó la atención que grupos reducidos de soldados, en su mayoría jóvenes, patrullaban las calles como parte del plan Vigipirate. Así es, cazaterroristas. Estos jovencitos estaban armados con el armamento del ejército, así que su capacidad de respuesta podía ser inmediata independiente de lo real o ficticia que fuera la amenaza.

La Tercera Guerra tiene como protagonista a uno de estos soldaditos. Leo (Anthony Bajon) es un chico del campo que llega a una París que le resulta ajena. Observa con preocupación su entorno mientras su compañero Hicham (Karim Leklou) le advierte que todo puede ser sospechoso o que un ataque es inminente en el momento menos pensado. Leo es muy joven. No debe llegar ni a los 25 años. 

A lo largo de la película, se descubre que el chico viene de una familia disfuncional, que enlistarse al ejército le ha significado una salida a una madre que no respeta y a una rutina diaria que lo agobia, que el ejército es orden en un mundo caótico. 

El guion, escrito por el mismo director y su colaborador Dominique Baumard, está muy bien concebido en cuanto a la tensión generada por un entorno siempre “amenazante” mientras el mismo Leo está en proceso de implosión.

Puede parecer que a lo largo de la película no pasan muchas cosas. Los patrullajes y la rutina de Leo, el universo de camaradería banal en el regimiento, solo esbozan detalles de lo que está mal en su estructura mental o en el hecho de que gente tan joven sea puesta en una situación de estrés y constante alarma. 

Leo tiene salidas ocasionales, en su habitación se lee un letrero: “Bañado en agua para vivir en llamas”. Y eso, quizás, engloba el tono de la película.

No, no es el “terrorismo” el verdadero enemigo de Leo. El sargento que trata de esconder su embarazo para conservar su autoridad en un rubro lleno de testosterona, el colega de Leo al que todos ven “desestabilizado” pero que ante sus ojos representa menos amenaza que un bolsón abandonado al lado del cubo de basura, la necesidad de autoconvencerse que el trabajo que realizan es trascendente cuando los mismos parisinos los encuentran inútiles, son más barrotes de esta jaula de miedo. 

Un trabajo de dirección muy sólido por parte de Aloi, que sigue a su personaje principal sin juzgarlo y sin ofrecerle al público una empatía u antipatía superficial. Eso también es virtud de Anthony Bajon que ya tiene un Oso de Plata a Mejor Actor por La Priere y que ha sido nominado a los Premios César por Au nomme de la terre. Bajon compone a un atormentado y querible Leo, al que dan ganas de sentar en una silla y decirle muy cerquita: Relajate, la vida hay que disfrutarla no sufrirla.

Aunque Aloi debuta con esta opera prima de manera sobria y auspiciosa, puede que su final fuerce demasiado el naipe. La figura aleccionadora se entiende y conmociona, pero hay algo que no termina de cuajar, quizás porque la tensión hasta ese momento simbólica se resuelve con torpeza.

Las secuencias de la manifestación, que también se alza como una amenaza real en la que dos fuerzas internas de Francia, se enfrentan sin medir consecuencias, fue trabajada de forma impactante desde la cámara de Martin Rit. 

En esas secuencias descansa otra mirada que la película ofrece: una Francia convulsionada por problemas reales, y peligros propios. Los enemigos no solo pueden ser los loquitos musulmanes, sino las fuerzas del orden, los civiles o uno mismo.

 

 

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