Las bestias sensibles que somos

La pluma de Zambrana Gutiérrez trabaja la piel de sus personajes con la precisión de un tatuador experto; los habitantes de estos relatos mudan de piel a través de rituales propios.
domingo, 22 de agosto de 2021 · 05:00

Según los cuentos de Tarántula, (Juan Carlos Zambrana, Ed. 3600, 2021) en cualquier dirección en que se mire, hay hombres en suspenso. Y les creo, porque en los once textos veo materializados los lugares, las condiciones y las circunstancias en que existen estos hombres cuyas vidas han sido coartadas o hasta descuartizadas de alguna forma. ¿Qué hacen y sienten estos tipos flotando? ¿Qué los haría aterrizar? Estos son personajes que o bien se estancan en casas corroídas del campo y en cuartos de alquiler, o bien transitan pajonales del Chaco, pueblos y campos, o avenidas, plazas y taxis de la ciudad. ¿Qué con ellos? ¿Qué con la pausa –que anuncia una explosión– en la que los encontramos? Un suceso aún más terrible es lo que pondrá fin a esas suspensiones en cada historia. Y las lectoras y lectores estamos ahí para verlo.

Hay una atmósfera maravillosamente contaminada en Tarántula; un universo en el que ya han pasado demasiadas cosas –previas a nuestra presencia en las páginas– como para esperar ilusamente que cada día haya brisa fresca y viento limpio. Esta atmósfera puede ser un refugio entre lugares de aire aún más enrarecido o puede ser una cámara asfixiante. En cualquiera de los casos, sentiremos alteraciones en la respiración (que es un signo de la existencia).

Algo les ha pasado a estos personajes, algo que no se cuenta. Hay un misterio pre-texto, como si todos los cuentos comenzaran en medio de la acción. ¿Y no es así, acaso, nuestro universo? ¿No despertamos cada mañana ya siendo alguien? ¿Viendo el mundo desde cierto lugar?

“Porque esto no es un cuento, solo la vida” escribió la octogenaria Alice Munro en su cuento Querida vida y es una frase que se me quedó como recordatorio de que en la escritura, a diferencia de los hechos del día a día, sí se puede establecer control sobre las causas y los efectos. En Tarántula vemos ese control en distintas formas.

En los detalles sensoriales del libro, por ejemplo, que están ahí, pienso yo, para ponernos en contacto con nuestro cuerpo; el olor de la carne en la muerte, el olor de la carne en el sexo, el olor de la carne en la soledad absoluta de una habitación en la que un hombre decide dejar de vivir. Que no es lo mismo que decidir morir. También podemos hablar, no podríamos no hacerlo, del dolor de la carne. Puesto en código, en eufemismos que lo refieren y lo representan y lo recuerdan, el dolor palpita en los cuentos de Tarántula. Y el dolor de la carne es la forma más material que se me ocurre para darle forma al dolor del alma.

Puedo decir que este libro es bueno porque funciona como dispositivo: al tocarlo –figurativamente hablando, claro, porque no me refiero al objeto sino al contacto con las palabras– se activan cosas en una. Cosas tan abstractas como la angustia y la desolación, pero también cosas tan concretas como nudos en el estómago o la temperatura del sol sobre los párpados cerrados.

La sensorialidad en la escritura funciona como pista de lo concreto. Un sentimiento puede tener nombre y aún así ser desconocido para la persona con la que se conversa. Para acercarnos lo más posible a eso que se nombra sin saber qué es exactamente, es necesario darle a la palabra el peso de una mano, el color de una secreción y el sonido de un resoplido.

El dispositivo logra todo eso que pienso que tiene valor a través de una mecánica narrativa a la que podría describir con los siguientes atributos: densa en detalles que importan, puntiaguda, penumbrosa y consistente. No hay cabos sueltos. No hay, ni siquiera en los pincelazos más machistas de los personajes más machistas, nada gratuito, y créanme que en esto último me encontré examinando con lupa, con preocupación y  suspicacia. Pero encontré que todo está puesto en su lugar por una lógica creadora muy consciente de sí misma.

Otro aspecto de la escritura de Tarántula es el hecho de que muchas de las emociones humanas se dimensionan en la animalidad. Desde el título del cuento que da nombre al libro, hasta la sensación de hinchazón de una mano como un sapo. Hay también arañas, moscas, perros y gatos destripados que se colocan como parámetros de medida de lo que se ensucia, lo que se sufre y lo que se mata. Quizá es impresión mía por la fascinación que me causa la palabra, pero creo que el título del cuento Una bestia enferma ilumina desde el techo el resto de los cuentos, recordándonos eso, precisamente: que lo humano es, empíricamente, bestial. Nada más que un refinamiento.

Además de la sensorialidad y la animalidad que refieren más a un orden poético de la escritura, una tercera zona que me llamó la atención de Tarántula fue el estilo; en cada cuento reconozco un ritmo propio de sí, una cadencia particular que va rápido y mirando al frente, en algunos casos, o que deambula y piensa en voz alta y se tropieza, en otros. Esta habilidad de asignarle a cada historia un tono que se acople bien con el movimiento emocional de los personajes es un atractivo del libro, algo que invita a seguir leyendo para descubrir qué vendrá a continuación, tanto en la página siguiente como en la obra futura del autor.

Natalia Chávez Gomes da Silva Narradora y ensayista

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