¿Qué ondas?

Un pequeño homenaje a Raymond Murray Schafer, el creador del concepto de “paisaje sonoro”, que deja un enorme legado.
domingo, 22 de agosto de 2021 · 05:00

Gratitud, honor. Memoria. Eso falta, tanto. Propensos a olvidar o a aclamar lo superfluo, lo que brilla un tiempo y desaparece. Festejar la imagen, la apariencia, las auto campañas de éxito. Aplaudir las imposturas de gentes que más que trabajo, tienen campañas. Esas las tendencias de estos días de apuro intrascendente.

Ha muerto un hombre que supo escuchar al mundo, con detenimiento, con detalle. Lo supo escuchar y supo enseñar a hacerlo, y a describirlo, y a proponer los conceptos más importantes en el campo sonoro, durante el siglo XX. Paisaje sonoro y Eco acústica. Ha muerto Raymond Murray Schafer. Aquí, unas palabras para su inmenso legado.

La ciudad de La Paz es una hoyada. Un cráter sin mediación de meteorito alguno, una batea cuyos horizontes en 360 grados son las montañas. Una suerte de coliseo romano sin Roma, con las paredes hechas de casas de ladrillo sin revestimiento debido a que el más mínimo revestimiento afecta a los impuestos.

La Paz y sus paredes anaranjadas trepadas a los cerros está condenada por el sistema impositivo, a ser monocolor y aburrida como imagen. Lo que no se puede normar ni impedir ni hacer que se vuelva una fealdad, es la producción sonora. Hay normas contra la contaminación acústica que a lo mejor se cumplen, alguna vez, en alguna parte de la ciudad con alguna conciencia sobre ecología acústica. No hay, no podría haberlas, normas para constreñir la producción sonora. Desde los cerros, como una de las marcas sonoras de La Paz, descienden lejanas tubas y ladridos sin raza ni tamaño ni cara conocida.

A lo mejor no se lo ve pero se lo escucha al heladero que siempre está donde nadie más puede llegar. Aparece multiplicado en los desfiles sin motivo o con motivos bastante peculiares. Se desfila para penar, se desfila para marchar por las pérdidas mientras las músicas abigarradas de yelow submarine y la marcha de los colorados de Bolivia conforman una pista de estilo concreto que hubiera sido la envidia de Stockhaussen.

Durante el año entero, el centro de la ciudad hierve en bandas sonoras hechas de gritos, consignas, maldiciones, apoyos incondicionales al delito democratizado, dinamitas, cohetes, cantitos en riguroso tiempo binario sin más opciones que la forma “presupuesto para la U”, la ciudad de las marchas y de los rompemuelles se desconcentra fuera del centro.

Hay sitios en los que los cantos de los pájaros son el despertador al alba, en zonas como Huayllani, las agujas de Huayllani, cantan gallos, conversan burros, suenan ríos escuálidos pero dan paz. El viento de invierno meciendo a los árboles en las noches, ayuda a menguar las tensiones.

Durante el día, hasta el lugar más pacífico se violenta con las cornetas del camión del gas, hubo por un tiempo un horroroso huayño que anunciaba su llegada. No lo hay más. Hay una pieza del barroco tardío francés que suena junto a los carros de recojo de basura, como si Luis XV manejase un carro basurero acompañado de una orquesta de cámara subida en el lomo del vehículo.

Hay un mercado en cada zona los fines de semana. Todos incluyen ofertas con voceadores de tímbricas distintas. Con la tecnología y el siglo presente, hay recursos nuevos que cambian los paisajes. El megáfono y los anuncios grabados se han sumado a la multipista de la ciudad. Voces españolas tan chinchosas como el doblaje español para cine suenan anunciando fotos, pimienta molida, chuletas de chancho, queso menonita, aceite de almendras y más, mucho más. Hay tantos paisajes como mercados hay en La Paz.

Y están las ferias, para todo hay ferias. La alasita, la del pescado, la de la mandarina, la feria de plantas. Ferias y kermesses y canchas de basket en las que se juega fútbol de salón al aire libre. Cada cosa sonando, cada cosa viva, vibrando. Cada sonido naciendo, durando y muriendo en una constante sin fin.

La Paz suena como La Paz. El sonido de un helicóptero asombra y hace temer a las personas. Es inusual. Al menos estos dos últimos años en los que ya no pasea uno rojo quemando combustible y plata de los bolsillos más denigrados. Hay otras ciudades que son las ciudades de los helicópteros o de los barcos, o de los campanarios. La Paz suena. Las gentes de la ciudad la hacen sonar así, con sus tradiciones, con su habla, con su fiesta general indefinida, por el momento colgada en el tiempo de la indolencia y de las muertes eso sí, silenciosas.

Óscar García  Músico y poeta

AVISO IMPORTANTE: Cualquier comunicación que tenga Página Siete con sus lectores será iniciada de un correo oficial de @paginasiete.bo; otro tipo de mensajes con distintos correos pueden ser fraudulentos.
En caso de recibir estos mensajes dudosos, se sugiere no hacer click en ningún enlace sin verificar su origen. 
Para más información puede contactarnos