Literatura

Fantasía coral en las montañas

Fernando Diez de Medina nos hace reflexionar sobre lo que en realidad entrañan la escritura y el alma de quienes la ejercen.
domingo, 8 de agosto de 2021 · 05:00

Ignacio Vera de Rada   
Escritor

Solo un escritor con versación humanística y amor por el arte universal, por un lado, y devoción por la tierra andina y el americanismo, por otro lado, podría prestarse el título de una de las más grandes piezas de Beethoven para intitular uno de sus libros. Sí, hablaré una vez más de Fernando Diez de Medina, sublimador de las más puras características de la raza y exaltador de las mayores expresiones del arte y la filosofía universales. Como muchos –yo me cuento entre éstos–, no profundizó con rigor de sabio ninguna disciplina, pero en cambio sí trató de asir a través del arte y la ciencia universales el espíritu del mundo y el hombre. Su cristianismo, además, le situó en un relieve superior a otros escritores de su época, quienes, subyugando sus plumas a los vaivenes de la política y el resentimiento cotidianos, lidiaban –y lidian aún– el torvo combate de la rencilla y el insulto.

En 1958 se publicó este libro, ocho años después de que su autor recibiera el Gran Premio Nacional de Literatura por el Nayjama. Se trata de un compilado de ensayos breves, críticas y polémicas. La mejor parte del libro es la que contiene los ensayos; la menos buena –sin ser mala– es, acaso, la última.

El autor comienza abriendo su prosa con una comparación entre la Fantasía coral y la Novena beethovianas. Sin menospreciar esta última, exalta la primera, atribuyéndole gracias y dones comparables a los que sobre el destino humano y el alma moderna presenta la dramaturgia shakesperiana. Si la Novena le supera en arquitectura musical y dramatismo, la Fantasía coral aventaja en la captación del Destino de los hombres: “El pasado en su belleza estatuaria, el futuro en su enigmático esplendor, el presente alado, efímero, relampagueante, solo a través del habla mágica de Beethoven se entienden en su grande y concertada enarmonía”.

Finalmente, Diez de Medina termina deplorando que la pluma del escritor jamás podrá alcanzar los confines de las notas del músico. Y haciendo acción de gracias a Dios Todopoderoso y a su Santo Espíritu por la existencia de un Beethoven en el mundo: “Gracias te sean dadas, Señor, por Beethoven, padre del dolor conmovido que purifica, padre también del júbilo que aclara y fortalece. Y por la Fantasía con coros, hija de su genio, que a los hombres nos fue donada en gracia del Espíritu”. Bella introducción para un libro que, aunque no ahonda, es profundo porque toca asuntos esenciales.

Los siguientes ensayos son de corte más bien político. El segundo, titulado Insurgencia de la nueva América, es una réplica a un legislador brasileño de nombre Assis Chateaubriand, quien planteó el liberalismo económico y la apertura de mercados para los pueblos de América del Sur como solución a muchos de los problemas. El tercero, Bolivia, el astro ignorado, hace un examen más o menos detallado de la conformación social y económica de la Bolivia de mediados del siglo XX, atribuyendo a la Revolución de 1952 una importancia capital en la ruptura de viejos esquemas de opresión y sumisión. En ambos textos, puede notarse claramente el tono recurrente de Diez de Medina: un romanticismo vernacular, una exaltación poética del suelo y la raza americanos. Estilísticamente hablando, la prosa es brillante.

Los siguientes textos son de tono cultural y literario. Cultura como libertad y tolerancia aplaude la institución del Premio Nacional de Literatura. Pero primero hace referencia a la labor editorial y tipográfica en el país y a la dura lucha que tiene que enfrentar el escritor que crea en función de sus íntimos ideales estéticos y no de las preferencias comerciales del momento. Faltan, además, espacios en los que el escritor pueda dedicarse a escribir sobre temas profundos o espirituales… “En Bolivia, donde tantos manejan la pluma y tan pocos saben escribir, porque solo merece el nombre de ‘escritor’ el que tiene la vocación, la dignidad, la técnica lenta y difícil del oficio, debemos respeto y gratitud al hombre de letras cuando se da en la plenitud de un destino constante”.

Alcide D’Orbigny es un retrato breve del sabio naturalista y viajero galo, pero que además le atribuye dotes de poeta. Diez de Medina lo enfoca desde una diferente perspectiva; no ensalza solamente su creación descriptiva y taxonómica de la naturaleza boliviana, sino también su empuje idealista y soñador de viajero infatigable, ejemplo para las juventudes de siempre.

Pero creo que el mejor momento del libro es el ensayo El combatiente responsable, una alegoría al oficio del escritor, uno de los más nobles, sacrificados y hermosos que existen. El autor comienza parafraseando al viejo Goethe: el hombre es eterno combatiente, sus fatigas jamás terminan. El escritor puede herir más que un puñal (cuando desciende a libelista) y restaurar más que un antibiótico (como los autores de los Upanishads o, sobre todo, de la Biblia). Insta, por eso, a que el escritor se acerque nuevamente al misterio del mundo y la sociedad, pues su hado es develar las pulsaciones del espíritu humano, en todos los órdenes y todas las áreas. El escritor, el verdadero, se recluye en su estudio para pensar y crear desinteresada y noblemente, y luego sale con bizarría al vendaval de fuera para lanzar al público su verdad, cueste lo que cueste. Diez de Medina concluye atribuyendo al oficio una jerarquía de la que pocos de los propios del rubro saben: “Escribir es don de Dios”.

Oscar Cerruto y Cifra de las rosas, Ricardo Jaimes Freyre y Agustín Aspiazu son tres críticas de gran valía. En primer lugar, debe decirse que Diez de Medina sabe hacer lo que se dice realmente crítica literaria: sin tecnicismos o academicismos fútiles y evitando la rencilla personal o la superficialidad apreciativa. El texto sobre Cerruto hace apreciaciones de fondo sobre lo que es la poesía y luego analiza la pulcritud de algunos de los poemas del vate boliviano. Los otros dos textos hacen además semblanza integral, uniendo al análisis de sus respectivas obras el tipo de personalidad de sus autores y su empuje creador en la vida, como maestros de la juventud, la ciudadanía y la sociedad en general. A Jaimes Freyre lo pone al lado de los más grandes modernistas como Lugones y Rubén Darío, y de Aspiazu dice que fue nuestro homo universalis.

Guillermo Francovich y Dos libros de Augusto Guzmán son críticas a libros que, según Diez de Medina, no son de lo mejor que aquellos dos escritores bolivianos podrían dar. Finalmente, el libro concluye con la polémica que Diez de Medina sostuvo con Augusto Céspedes. Allí se nota, de una y otra parte, la simbiosis de la crítica literaria y la pasión personal. Sin ser mala –pues vierte apreciaciones interesantes sobre la historia arguediana y sobre lo que constituyen la rama y el oficio del historiador en general–, no es la mejor parte de la obra. Lo que rescato de ella es la ilustración de Diez de Medina en cuanto a teóricos de la historia, como Leopold von Ranke o Benedetto Croce.

Fantasía coral es de aquellos libros de Diez de Medina que, como Del escritor y sus caminos (compendio de delicados y nobles pensamientos en torno al oficio y la vida del escritor), nos hacen reflexionar sobre lo que en realidad entrañan la escritura y el alma de quienes la ejercen con sentido de servicio y, sobre todo, de verdad.

 

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