Espacios

San Javier de Chirca: de la letra a la imagen

Uno de los sitios más admirables en las letras nacionales de nuestro tiempo es San Javier de Chirca, donde se desarrolla la novela La Chaskañawi.
domingo, 8 de agosto de 2021 · 05:00

Jorge Saravia Chuquimia
Arquitecto

El interés vinculante que tengo por la literatura y la arquitectura podría motivar a confeccionar, a futuro, un atlas de mapas emblemáticos de lugares creados de similares novelas representativas bolivianas. Por ahora, uno de los sitios más admirables en las letras nacionales de nuestro tiempo es San Javier de Chirca, territorio donde se desarrolla la novela La Chaskañawi (1947), de Carlos Medinaceli.

Este espacio ficcional puede ser leído en el relato, o, dicho de otro modo, la escritura da vida al pueblo. Por ende, y entre otras cosas, de la lectura de la obra en cuestión, plasmaré el dibujo de un mapa o plano de ubicación del pueblo con la ayuda de elementos arquitectónicos. En esta mecánica, el referente urbano será la villa natal donde actúan, enamoran y transitan Adolfo y Claudina. 

 La imaginación del novelista Medinaceli configura, desde el principio de la ficción, la identidad de una zona geográfica con características propias del campo necesitado del valle potosino boliviano. Para consumar el proyecto de diseño me guiaré en la edición de la Colección de las 15 novelas fundamentales de la literatura boliviana (Ministerio de Culturas y Turismo, 2014). 

El punto de partida empieza cuando Adolfo retorna de Sucre al terruño : “desde el abra se puso a contemplar la villa natal. Media legua quebrada abajo se asentaba el pueblo. Era humilde: casas de una sola planta, con techumbre de barro, lo que le daba un aspecto terroso. Sólo el arbolado, molles en su mayoría, algunos álamos y eucaliptos, resaltaban la verde jugosidad de su fronda sobre la pardura del caserío. A la orilla del villorrio, la ancha playa grísea por donde el río arrastra sus aguas azulosas con tedio, por el arenal sediento” (39). 

Adolfo describe arquitectónicamente las características constructivas del entorno rural de Chirca, desde una vista aérea. En esta perspectiva a vuelo de pájaro preponderan nítidamente los colores ocres del paisaje aldeano. 

 Para efectuar el proyecto trazaré el plano, previa inspección del pueblo y esta acción la genero leyendo el relato. Es interesante apreciar que la narración grafica dos lugares urbanísticos claramente notorios. La primera área es la zona central, que es más diseñada o configurada. Es la parte importante del pueblo donde viven las familias tradicionales de Chirca. Adolfo es de “buena familia” y, por tanto, habita en ésta: “De su casa, esquina de la calle General Mariscal” (43). La segunda región es la franja periférica o caserío de indios, que es un asentamiento urbano emergente. Un día, a mediodía, Adolfo pasea y “desembocó en la quebrada occidental, llamada popularmente de Uraycanto. (…) Quebrada abajo fue caminando en dirección a la playa. A la derecha, los muros traseros de las casas, defendidos por diques de cal y canto; a la izquierda, el desparramado caserío de los vecinos y chociles de los indios” (43). Claudina vive en este lado de la población.  

 El sector central es el punto de encuentro de todos los habitantes de Chirca, sin distinción y más que todo los domingos: “A las nueve ha comenzado a repicar la campanita de la capilla de San Javier, llamando a misa. Señoras y señoritas, cholas e indias, se encaminaban al templo. La capilla se encuentra en la plazuela llamada San Javier, a la cabecera del pueblo, avanguardada en sus tres frentes por el caserío y al Norte, por el cinturón blanquecino del “dique” (45).

 El trazo de la urbe de Chirca tiene sustento gráfico en el damero español.  El trazo damero es un planeamiento urbanístico que permite armar la estructura urbana de Chirca. Es un legado arquitectónico de la conquista española y sobresale por el diseño de las calles en ángulo recto, estableciendo manzanas cuadriformes. En este tipo de planeación, tanto la plaza central San Javier, la plaza Campero, la iglesia, casa prefectural y demás edificios oficiales están alojados en el centro histórico del pueblo. 

 En cambio, en el otro ámbito acontecen las escenas sociales alrededor del alcohol. Es el área de occidente autoconstruida que no tiene una estructura vial definida. Las calles son senderos gracias a los relieves geográficos que presenta la topografía. Los señoritos y las cholas se emborrachan lejos del centro. En esa línea, la protagonista “Claudina vivía en la quebrada de El Algarrobal, donde tenía una tienda y expendía, a sus parroquianos, chicha, vino y singani” (50). 

La quebrada es un límite natural que divide el radio urbano. El nombre de El Algarrobal sugiere que el autor nomina este sector porque habría arraigo de numerosos árboles algarrobos. La lectura de la novela, con estos dos contrastes urbanísticos, me hace re-conocer el modelo de un tipo de ciudad que tensiona la relación ciudad/campo.

 En este orden de posibilidades, a nueve leguas fuera del radio urbano, en el oriente, están edificadas las estancias de las familias fundadoras de Chirca. Por eso, Adolfo: “de San Javier más allá, sólo conocía las haciendas de Río Abajo, hasta Viñapampa, donde él heredó una extensa propiedad” (57). En esta región extensa es donde se consuma el amor adúltero de los personajes principales: “Adolfo ensilló su alazán. Se dirigió a La Palca. Era una bonita encallada, a no más de dos kilómetros de La Granja. Chacritas y viñedos de los indígenas, maizales y alfalfares. Doña Clara poseía allí un pequeño sembradío, en un delta formado por el río de Charaya, que bajaba desde las sierras de Porco por un lado, y del otro por el río Chirca. Juntándose ambos ríos, constituyen el llamado Río Grande de Viñapampa” (229). 

En La Palca estaba esperando Claudina al amado. La presencia del elemento geográfico del río, no es hostil, por ende, completa el escenario rural de Chirca dando naturalidad al relato.  

 De este ejercicio de urbanismo-literario puedo manifestar que la escritura de La Chaskañawi es una veta primordial para componer el diseño arquitectónico del sitio donde se instala la historia. Diría que es un mecanismo complementario (no imprescindible, por supuesto) y proclive a disquisiciones. Sin embargo, ayuda(ría) y guía a visualizar, en otra dimensión San Javier de Chirca, escenario espacial que ostenta paisajes llenos de verdor y colores ocres y apropiarse de ella, con esta construcción visual. Concluiría expresando que el resultado es una forma atravesada de jerarquizar la lectura de esta majestuosa novela boliviana.
 

 

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