El cuenta clavos

El hombre sacude una miga de su pecho, pequeña, que vuela como una libélula y sale por la puerta al infinito y más allá...
domingo, 19 de septiembre de 2021 · 05:00

En El señor de los tornillos hay un hombre que cuenta clavos. Los vacía de una bolsa de como cuarto de kilo, los acomoda sobre un mostrador y los cuenta, poniéndolos de vuelta en la bolsa. Una vez terminado su cometido, pesa la bolsa. Mentalmente le quita, a cálculo de ojo, el peso de la bolsa y así obtiene el peso solo de los clavos.

El hombre limpia el mesón, con un trapo anaranjado, dos veces. Apoya sus codos en el mesón y piensa. El hombre piensa. Saca de su mente algunas cosas que no sabía que estaban ahí. Sonríe a ratos, se pone triste, siente dolor, reniega. Así, como pasa en los días de las gentes, en todos los días. El hombre saca de su mente una gelatina verde con un especial brillo que se produce al pasarla frente a un destello de sol que entra por la ventana. Acerca su nariz, la huele. Se acuerda de Argos oliendo a Ulises para reconocerlo. Se acuerda de la relación entre oler y pensar, y morir.

Trae de su mente lo inolvidable que tienen los sonidos y se esfuerza mucho. Es más fácil recordar una imagen que un sonido. Una imagen pareciera estar guardada completa, intacta. Los sonidos se deben reconstruir como un rompecabezas. El tiempo fragmenta los sonidos, hay que saber re agruparlos y volverlos a oír. Trae así la lluvia, una lluvia, las gotas sobre la calamina, poliritmia, autopoiesis, signos múltiples. Trae de su mente ese día preciso, esa tarde. Imagina una espalda querida, yendo. Yéndose. Para eso sirven las espaldas, piensa. Para irse. Imagina sonando. Imaginar proviene de imago. ¿qué palabra usar para lo que suena sin que suene?

Imagina, con la memoria sonora o solamente con el esfuerzo de hacer presente lo desconocido. De hacer cuerpo la nada como lo hace un ritual, de hacer real lo ficticio, carne lo inmaterial, onda la quietud, estruendo el humo.

Imagina sin más adjetivo que la ausencia de éste, el sonido de un almendro al respirar, el de un microscopio asombrado, del licor reposado e inmóvil, el de los riscos por los que han pasado los cuerpos que no flotan.

Imagina sonando el deseo en la clase nocturna y los ojos clavados en la melodía de su acento foráneo.

Imagina la sonoridad de la tregua allá por los años de trinchera, los jardines secos, la casa detenida en una fotografía.

Imagina el crujir de la madera en el cuartito de Van Gogh y la tos de la embarcación que encubrió a Ulises.

Imagina la voz de Scherezada contando del uno al siete en reversa. al átomo y al quarc trabajando en su hábitat subatómico y completo.

El sonido del verbo imaginar y de las sombras curioseando en la caverna de Platón mientras esperan a la luz y a la entropía.

A los fusiles colgados en la armería una noche antes de la noche de San Juan.

Al sonido estertóreo del señor mantis a la hora del amor.

A la reina aburrida en un juego de ajedrez mientras el enemigo se devora a su propia sombra.

Imagina el canto, el canto, el más triste, el sentido, austero, incomunicable, de una ballena solitaria.

Eso, el imaginar sonando, eso es un poco uno de sus días en silencio absoluto.

El hombre sacude una miga de su pecho, pequeña, que vuela como una libélula y sale por la puerta al infinito y más allá. Vuela alto miga, piensa y la despide moviendo la mano izquierda como una miss saludando a nadie, a una cámara y a un camarógrafo más aburrido que una hostia en el ritual satánico de unos adolescentes que creen en dios y por ende, en el diablo. En el bien y en el mal como las dos únicas posibilidades que aprendieron en las clases de botánica y de ajedrez.

El hombre atiende a una cliente que pregunta por unos clavos. No tengo, dice. Se me acabaron. Mira a la cliente de arriba abajo, la ausculta con la mirada, la huele, la escucha. Le parece sospechosa. Toda la gente le parece sospechosa. Ha perdido, hace mucho tiempo, la confianza en las personas. Las sabe mintiendo, inventando excusas, apuradas, impostoras, desleales. Las sabe callando lo que piensan, las sabe traicioneras. Debe haber otra clase de personas, piensa, debe haber.

El hombre se despide de sí, cierra su mente, acomoda sus cosas, se retira, para siempre.

 

Oscar García / Músico y poeta

 

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