El cine o la vida imaginaria

En “Fue la mano de Dios” hay una mirada acrítica a la apatía de la familia por el trastorno mental de algunos de sus integrantes. Y descubrimos cómo Maradona le salvó la vida a Sorrentino.
domingo, 16 de enero de 2022 · 05:00

Mónica Heinrich V.

Lo de  Paolo Sorrentino y Maradona es de película. La primera señal que tuvimos de esta relación especial fue el 2014 cuando La gran belleza (gran y bella película) ganó el Oscar a Mejor Película Extranjera. Ahí, un italianísimo Sorrentino subió a recibir su premio y dijo: “Gracias a la Academia, a todos los actores, productores... Gracias a quienes me inspiraron, Federico Fellini, Talking Heads, Martin Scorsese y Diego Armando Maradona”.

Diego Armando Maradona supo (o fue informado) de ese agradecimiento oscarizado, ya sabemos que no era insensible a las demostraciones públicas de idolatría de otros famosos, así que llamó a Sorrentino y tuvieron una charla afectuosa.

Años más tarde, Sorrentino seguiría gritando a los cuatro vientos su amor por el argentino: “No sería director si no hubiera existido Maradona”; o “Le debo mi vida a Maradona”. Parecen frases de groupie o de ese delirio de fan futbolero que reafirma la creencia de Borges de que  “el fútbol es el opio del pueblo”, pero no. Lo de Sorrentino es real y tiene fundamento. Es de película y se hizo película. 

Fue la mano de Dios está inspirada por el director mexicano Cuarón, que narró en Roma sus vivencias familiares. Sorrentino decidió escribir, dirigir y producir un repaso de su vida y cómo, efectivamente, Maradona le salvó la vida.

Fabietto Schisa (Filippo Scotti) tiene 17 años en la Nápoles de los 80. Vive con sus padres, su hermano, su hermana y es parte del típico familión italiano. Fabietto hasta ese momento es un chico que es fanático de Maradona. En Nápoles, ya se corren los rumores sobre la posible llegada del 10 al equipo emblema de la ciudad. Cuando el pelusa es fichado por el Napoli, ninguno de los habitantes de esa pequeña ciudad italiana lo puede creer. Maradona se convierte en lo más importante, es Dios.

Sorrentino, a través de la memorable fotografía de Daria D’Antonio, narra con mucha sensibilidad cómo la rutina de Nápoles es trastocada por la llegada del ídolo. Hay mucha nostalgia en ese retrato ochentero de Italia, del fútbol, de una familia que tenía todos los personajes que un guionista podría necesitar en una película de estas características: la tía que era la fantasía sexual de los chicos jóvenes, la tía que nunca se sacaba el abrigo, las infidelidades, las comilonas, el pariente corrupto, los paseos en barco, el cine italiano de oro en cada esquina, uno conecta emocionalmente con el relato de la infancia de Sorrentino.

Es esa pastilla de “qué felices éramos”. Hay una mirada acrítica a la apatía de la familia por el trastorno mental de algunos de sus integrantes, por la normalización de la violencia doméstica. Y luego, luego descubrimos cómo Maradona le salvó la vida a Fabietto/Sorrentino. Y la pastilla deja de ser esa de “qué felices éramos” y se convierte en esa de “cómo seguimos adelante”.

El punto de inflexión que marca una vida y un destino, hace que Fue la mano de Dios sea un coming of age, ese género que nos habla del crecimiento del protagonista, el forzado despertar a la adultez.

Y cuando el adolescente Fabietto crece de golpe y Maradona le salva la vida, lo acompañamos en lo único que lo hace continuar: su pasión por el cine. Sorrentino una vez dijo también que  “el cine nos hace sobrevivir” y en esta película, entendemos porqué su frase va más allá de una pose poética de cineasta famoso.

Fue la mano de Dios conmueve y te arrastra a sus pasadizos nocturnos, al mar picado, a sus teatros ochenteros, a la alegría de la Copa Italiana, a la alegría de la Copa del Mundo, a la alegría de una familia y a la tristeza de una familia.

Sorrentino eligió un casting interesante y cumplidor. Sin embargo, el joven Filippo, que fotografía muy bien en pantalla, no alcanza a transmitir la enormidad del relato, para eso se necesita una experiencia que no tiene y se entiende, pero la película sufre por esa falta de densidad actoral en su protagonista. Me estorbaban, también, algunas actuaciones secundarias un poco fuera de tono para el cine actual, pero muy en tono con las actuaciones más estridentes del cine clásico italiano.

Otro detalle no menor, es que la película se alarga demasiado. Hay muchas escenas que la llevan al terreno de lo episódico, escenas puestas con calzador porque el director las recuerda con cariño más que porque tengan una importancia real en la trama.

El guion alcanza un clímax muy bonito cuando la hermana sale del baño. Ese contraste con la celebración que hay en las calles era como un punto final devastador, pero Sorrentino se regodea en Fabietto, en él mismo y estira el chicle. La charla con el cineasta Capuano, que también existió, es demasiado didáctica, y la salida del chico por tren se me antojó eterna. Esas decisiones terminan mermando la carga emotiva.

Probablemente esta sea la película más accesible de Sorrentino hasta la fecha, eso no quita que el resultado final, amén de que como espectadores entendamos lo que nos quiso contar, sea algo disperso.

Cuando salen los créditos aún flota en tu mente una escena: ¿Tenés una historia para contar?, le grita Capuano a Fabietto/Sorrentino. Y el chico a sus 17 años dice: Sí. Me quedo con ese momento en el que Maradona le salvó la vida a Sorrentino y, además, lo convirtió en cineasta para que nos contara esa historia.
 

Mónica Heinrich V. / Reseñista y cinéfila de corazón

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