Habéis venido a visitar mi sueño, María Virginia Estenssoro

Un acercamiento a dos escritos dispersos de la autora de El occiso. “Estenssoro deja una enorme obra para seguir visitándola en su sueño”, concluye este análisis.
domingo, 9 de enero de 2022 · 05:00

Jorge Saravia Chuquimia 


Galopó sobre el Tiempo y bebió la Distancia. Fue más allá de lo Eterno y Absoluto (MVS)

QHannah Arendt en el ensayo Walter Benjamín (1892-1940), de 1971, apunta que por los años 30, el nombre del escritor germano-judío “era ya conocido, aunque no famoso”, gracias a colaboraciones en revistas y en suplementos literarios de periódicos. Luego, en 1955, quince años después de su muerte, aparece en Alemania la edición en dos tomos de sus obras que provoca un “succès d’estime”. Y, considera que, en seguida, le llega a Benjamín la fama póstuma que, “tampoco puede decirse que sea la amarga recompensa de quienes se adelantaron a su tiempo”. Más bien determina que: “Al contrario: la fama póstuma suele estar precedida por la más alta estimación de parte de sus iguales” y de los lectores.

Esta apreciación me parece que no es demasiado arbitraria para establecer una correspondencia con la notoriedad literaria que provoca María Virginia Estenssoro (1903-1970), en el siglo XX, en Bolivia. Porque, de igual manera, por los años 30 eran aún pocos los que conocían su nombre. Resalto que la reputación ganada por la escritora deviene de colaborar con artículos en revistas y en el semanario gráfico La gaceta de Bolivia. Pienso, sí, que este reconocimiento es debido a que publica una corta y exquisita obra bajo la influencia del vanguardismo. 25 años más tarde de su desaparición terminan de publicar cinco tomos de las Obras completas (1971-1996), gracias al esfuerzo de los dos hijos de la escritora conjuntamente la editorial Los amigos del libro, y diríase que por esta aparición viene la fama póstuma de Estenssoro.

Con todo esto, pienso en ese famoso relato que es El occiso (1937). Pero es que, además, dentro ese parámetro proveniente de la narrativa en prosa y en poesía, me parecen sobresalientes dos textos dispersos que no figuran dentro la obra reunida, salvo que sea un desliz mío. Pues, ella escribe: “Carta a la eternidad a Don Juan Francisco Bedregal” (1944) y “Preludio” (1962) y puedo brindar una interpretación alegórica en el sentido de que existen, en ambas, y de diferente modo, alusiones autobiográficas a las que recurre la autora para construir relato para re-conocerse. En efecto, dentro esta referencialidad, mi intención es ocuparme en leer los dos trabajos sobre dos aspectos. La evocación a través del espacio del sueño es la exploración del espacio (auto)biográfico. El tono retrospectivo exhibe la silueta de una mujer-escritora que hace un ejercicio escritural para re-presentar-se desde un espacio ajeno.

Dentro este repertorio, el primer escrito es “Carta a la eternidad a Don Juan Francisco Bedregal”, publicado en la revista Kollasuyo, N° 56. El artículo-carta es parte de un conjunto de textos elaborados en memoria del escritor Bedregal. El segundo es “Preludio”, prólogo de la primera edición, pero incluido del mismo modo, en la segunda edición del libro de cuentos Tiempos viejos (1975), de Lorgio Serrate.

Dentro de este panorama, la primera posición a tratar es el sueño como posibilidad de edificar creación literaria. En muchos sentidos el sueño es un territorio de exploración y donde predominan los símbolos. Igualmente, es un lugar donde se permite construir un modelo de realidad y estas aproximaciones son aplicadas con toda vocación por Estenssoro, en el primer escrito. En esta óptica, el sueño es un recurso o un punto de partida para transitar imaginariamente en el recuerdo y reconstruir la figura del amigo ausente. Del mismo modo, es el sitio apropiado para explorar el perfil biográfico de sí misma. De esta manera, interpreto que el sueño es perpetrado estando despierta y lo forja a manera de carta predominando una visión lúcida, por tanto, no es producto de la imaginación de la noche.

La misiva está dirigida al “Querido don Juan Francisco” y es importante observar la expresión “don” que supone indica respeto y admiración. A continuación, el empleo de la forma verbal “habéis” (segunda persona del plural de Haber) confirma el éxtasis que estimula la presencia del conocido lejano: “Habéis venido a visitar mi sueño. He visto otra vez la sonrisa inolvidable de benevolencia y de jovial ironía que dibujaba una línea sutil en vuestros labios y que encendía una ligera chispa maliciosa en vuestros ojos”. Es un pasaje realmente extraordinario donde gracias al recurso del sueño se logra traer de la orilla del olvido a Juan Francisco. Ella relata desde el sueño y supone ser el medio onírico donde puede dibujar la imagen corpórea del visitante.

Cuando insinúo que esta epístola puede leerse como un retrato autobiográfico es porque aprecio que el relato da pistas de vivencias que sucedieron y suceden en la memoria de la remitente. El sueño reconfigura parte de esa experiencia pretérita y la transforma en un acto presente. Es la (nueva) presencia de Juan Francisco en el sueño de Estenssoro. Diviso una asociación: “Al despertarme de aquella extraña visita de la muerte al sueño, fue como si me hubiera aliviado de ese luto profundo que me oscureciera el espíritu después de vuestra partida”. Lo autobiográfico sale a flote cuando menciona “al despertarme de aquella extraña visita” y destraba el sentimiento de dolor del luto espiritual que guarda(ba) por la falta del conocido.

Con esa visión, Estenssoro lo libera de la muerte a Bedregal y lo transfiere a su sueño. Esta liberación también sucede en El occiso: “El hombre resurgía en el muerto, y soñaba como hombre que fue, no como larva que era, como fantasma que nacía”, por lo cual, ella problematiza la conciencia de realidad del hombre. El personaje se da cita en el sueño como un “ser en esencia. No era espiritual, ni elemental, ni cósmico. Era esencia”.        

En muchos sentidos, el milagro de la nueva presencia de la “esencia” en el sueño permite que Estenssoro siga construyendo narración autobiográfica con la libertad que posee todo escritor. Y con toda libertad relata a manera de anécdota dos visitas: “Yo no sé, amigo, cuándo os vi mejor: si ayer cuando ascendíais fatigado a mi vivienda y me abría vuestra charla la puerta de vuestro espíritu que era como un huerto lozano, pleno de frutos maduros, de jugos de miel y de oro, cuyo sabor era siempre exquisito, sin amargor, sin hiel ninguna, henchidos de sabiduría y dulzura; o si ahora, en las tinieblas, cuando no me hablasteis ni me mirasteis casi”. Vida y sueño se fusionan y urden ficción.

La carta a la infinitud finaliza: “Os espero. Alguna otra vez vendréis a mirar mis sueños, y yo sabré que estáis cerca con vuestra amigal benevolencia, con vuestra ironía sin hiel”. Firma María Virginia Estenssoro de Cusicanqui.

Hasta aquí advierto que el modelo de este artículo-carta de Estenssoro no es convencional y me causa gran impresión, por eso expongo y revalido la fama adjudicada a la mujer-escritora. Arendt citando a Séneca expresa que “para la fama no basta la opinión de uno solo”. Evidentemente, para consentir la fama póstuma de Estenssoro no es legítimo únicamente la apreciación mía, al contrario, en la visualización de su fama literaria coadyuvan elementos como el talento y la originalidad de su escritura, visto por críticos anteriormente.  

El segundo artículo es un prólogo que tiene el acento de la evocación. Está escrito con una visión romántica y nostálgica, además, que (tras)luce ver a la mujer-escritora en el destierro y donde es visible las huellas de esa partida. Desde este ángulo, antes, debo subrayar que, generalmente, se demanda a alguien con cierta notoriedad para erigir un exordio. Este es el caso en que un escritor cruceño solicita a una ponderada escritora paceña trazar el pórtico para su libro de cuentos. Casualmente ambos están fuera de la casa, fuera del terruño, fuera de su mundo original. Con estos elementos, es preciso anotar que el proemio de Estenssoro, que demanda mi lectura, está confeccionado en Brasil, con más precisión en Sao Paolo.

Como punto de partida copio la primera oración: “En un país extraño, pero semejante en el clima y en ciertas modalidades a su tierra cruceña, vive Lorgio Serrate”. Significativamente esta frase representa detectar dónde es el lugar de enunciación, ya que entiendo que “En un país extraño” podría ligarse a tres interpretaciones. Primero: Es una directa insinuación al lugar donde peregrina Serrate (El). Segundo: Es la confirmación de una declaración autobiográfica, tal que  Estenssoro transita por allá (Yo). Tercero: Ambos miran al hogar desde otra latitud (Nosotros).

Esta disquisición es necesaria para desplegar la lectura de un Yo hacía un El. Es un coloquio de desterrados. Así, Estenssoro comenta sobre Serrate: “Se ha acomodado espiritualmente al Brasil, aunque ha conservado, muy hondamente todo lo que es atribuido del ´camba`. Es como si impecablemente vestido con traje cortado por un sastre de moda, guardase tatuados en los brazos o en la espalda, los símbolos de su estirpe nativa”. Ella escoge describir a Serrate como aquel “camba” que no ha perdido la típica vestimenta, fuera de la tierra natal. Es un mensaje visual que rescata de su memoria. 

La actitud de puntualizar la apariencia exterior del prologado me permite concebir la idea de que ellos, en Brasil, han creado un pequeño mundo que no es paulista ni camba ni tampoco paceño, sino es un espacio suyo, propio de ellos y está en estado de suspensión. Este espacio satelital en que habitan es el de Nosotros y es imaginario. No pierdo de vista que no pueden, de ninguna manera, desarraigarse de la patria que los vio nacer. Esta actitud es clara cuando la prologuista expone que: “Hay además un mérito superior en Tiempos viejos: el profundo amor a la Patria. Amor por sus cosas chicas y por sus cosas grandes; amor a la Naturaleza: con qué ciencia habla, en el lenguaje del terruño, de peces, de reptiles, insectos y aves…”.

Surgen de modo imperativo los recuerdos sobre las cosas chicas y las cosas grandes del terruño confrontadas con los relatos de Serrate: “…Amor, en las cosas chicas, a esa gente provinciana, con sus pequeñas malicias, sus pasioncillas, su pacatería aldeana y su amaneramiento pueblerino, donde a veces saltan rasgos de señorío o brotes románticos…”. Localiza que en los cuentos de Serrate hay la visión del país y tienen esencialmente un referente del espíritu (camba) nacional. La evocación engarza deliberadamente lo autobiográfico porque ella conoce esa Naturaleza. Seguidamente, aparece en el preámbulo un giro de tuerca ya que se deslizan reflexiones sobre ella misma.

El Yo arremete en un tono melancólico: “Personalmente yo no sé juzgar ni obras ni personas. En general, la corriente que he seguido está fuera de mi país, quizás por eso se me ha llamado, repetidas veces, ‘afrancesada’”. Sin duda, Miriam Quiroga Gismondi en la biografía María Virginia  Estenssoro. Escritora, periodista y profesora boliviana (1997) narra que “En París estuvo en dos ocasiones (1929-1932). (…) El espíritu impetuoso de María Virginia Estenssoro queda impregnado de todo lo afrancesado, de la bohemia, de las boites y fumoir, que desarrollaron una inclinación por todo lo bohemio, nada convencional, pero al mismo tiempo elegante, lujosos, chic…”. Concluye que años después retorna a Bolivia “absorbida de costumbres afrancesadas”.

La declaración de la acepción “afrancesada” da sentido a como la mira el medio literario y la sociedad de la época y eso posibilita esa notoriedad fijada en ella. Podría decirse que es la fama que iba conquistando la mujer-escritora por el estilo de escritura que efectúa. Sin embargo, Arendt precisa que la fama es un fenómeno social: “Y ninguna sociedad puede funcionar adecuadamente sin clasificar, sin una disposición de hombre y cosas dentro de clases y tipos prescritos”. Complementa que la fama póstuma “parece ser, pues, la dote de los inclasificables, es decir de aquellos cuya obra no se ajusta al orden existente”. Y la “afrancesada” Estenssoro con esa categorización juguetea irónicamente en el prólogo.

Transcribo citas que ilustran el extremo de lo irónico en Tiempos viejos: “Lo forman relatos anecdóticos de una frescura muy natural, plaquettes que muestran figuras curiosas, como un cartón con tipos de insectos, estampadas un poco anacrónicas en la vida de vértigo del siglo XX”; “…yo agradezco que me haya invitado a ponerle unas cuantas frases de ouverture, que pueden ser un bautizo de clara agua salada”. Estenssoro introduce las expresiones plaquettes y ouverture en francés (cáusticamente) para homologar la influencia acumulada en su estancia en París. El preludio culmina: “Vayan pues del Oriente al Norte, estas páginas de ´Cuentos` de Serrate, y ojalá sean acogidas en Bolivia, como lo hago yo, con los brazos abiertos”.            

Este acercamiento a los dos escritos dispersos de María Virginia Estenssoro, como dije al principio, es una sumatoria para contribuir a visualizar la fama póstuma de la talentosa mujer-escritora boliviana. La lectura de los dos artículos me brinda resaltar dos planos de entendimiento, dos posibles escenarios narrativos que ofrece su narrativa. Por un lado, el espacio del sueño y, por otro lado, la evocación desde el destierro proyecta un escenario autobiográfico. Crean la imagen de una escritora que no deja de sorprender con sus relatos cortos y dentro de estos hay que valorar esa retórica que está adelantada a su tiempo. Para expresarlo sin rodeos, Estenssoro deja una enorme obra para seguir visitándola en su sueño.
 

Jorge Saravia Chuquimia / Arquitecto

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