Zweig es a la biografía lo que Shakespeare a la dramaturgia

Stefan Zweig fue un incansable estudioso de la vida de sus retratados. Sus viajes, su dominio de varios idiomas y sus relaciones fueron el complemento cabal para ello.
domingo, 9 de enero de 2022 · 05:00

Augusto Vera Riveros

A priori, parecería una osadía hacer una analogía entre el austrohúngaro del siglo XX y el inmortal autor de Hamlet. Es simple: más allá de la obra de uno y otro, claramente  Stefan Zweig casi ha pasado al olvido. William Shakespeare, en cambio, es de aquellos escritores favorecidos por un aura que los hacen inmortales.

Efectivamente, una crítica ecuánime, desapasionada y culta no podría jamás comparar Romeo y Julieta con Momentos estelares de la humanidad. Ni el género, ni la técnica, ni la evolución de la literatura permitirían aquello. Y con esas consideraciones, ya nomás nos adentramos en quién es protagonista de estas líneas. En aquél que, como el gran dramaturgo de todos los tiempos, ha definido un estilo de una prosa tan refinada que la biografía en su pluma funde el laberinto del alma que penetra profundamente en la sensibilidad humana con la infalible organización gramatical del preclaro escritor.

Y si María Antonieta o María Estuardo son expresiones sublimes de lo alto que se puede volar también en este género, no se debe exclusivamente a la destreza retratista de Zweig, porque en el subgénero biográfico ésa es una parte de la narrativa. Para que tan insignes obras sean luz de tan extraordinario destello se requiere de una vocación ingénita de investigador. Zweig fue un incansable estudioso de la vida de sus biografiados. Sus inacabables viajes por Europa, Asia y América, su dominio de varios idiomas y sus relaciones fueron el complemento cabal para ello.

A pesar de que Stefan Zweig ha incursionado en una variedad de géneros literarios -con rotundos éxitos incluso en tragedias que fueron puestas en escenarios de los más célebres teatros de la Europa de la post primera guerra mundial- no cabe la menor duda de que la biografía, cuyos perfiles psicológicos quedan testimoniados en sus libros, ha recibido la influencia de sombras geniales como Goethe, Victor Hugo o Zola, no para biografiar, pero sí para escribir, ya que esto de retratar la vida de las celebridades parece no tener antecedentes en la obra de quien era poseedor de un extraño magnetismo. Y si alguna tendencia siguió para modelar en este campo sus escritos, fue en alguna medida la escuela plutarquiana, principalmente por sus virtudes moralistas.

No obstante los lauros literarios que en parte de su vida alcanzó el conjunto de su obra, Zweig, que en casi toda su existencia tuvo un tránsito en contrasentido con los valores humanos, tuvo un inconformismo incurable, y es que el destino lo ubicó en una etapa probablemente de las más grandes tragedias que la historia padeció, y fruto de ese azote el gran escritor austriaco se consideraba, en el peor momento de su vida, un ser de ninguna parte y forastero en todas.

Dentro de toda la obra bibliográfica, pero concretamente dentro de su formidable producción biográfica, el gran escritor intensifica el relumbre de su talento con la impecable descripción que contiene su probablemente obra cumbre: El mundo de ayer: Memorias de un europeo. Se trata de una autobiografía atípica, que rompe todo molde y esquema del género. La obra, que fue publicada póstumamente, tiene virtudes literarias de las que pocos escritores pueden vanagloriarse. En el retrato delicioso de la Europa en que él vivía, el autor tiene la sutileza de, literalmente, pintar a su natal Viena con la concentración de los más notables intelectuales, músicos y escritores en esa ciudad que, como todos lo sabemos, tuvo un esplendor inusual, convirtiéndose en el centro de la cultura europea desde muy antes de la primera guerra mundial y hasta la segunda conflagración bélica.

El imperio de los Habsburgo, de muchos siglos y bajo el cual Zweig dio sus primeros pasos en la vida y en las letras, es tema no central pero relevante en su autobiografía. La determinante contribución del judaísmo -al que él mismo pertenecía- en el desarrollo de las artes y muchas expresiones culturales, también marca el nudo de la obra. Pero hace también una demoledora denuncia de la hipocresía en que en esa Alemania vivían los jóvenes que no tenían derecho de ingreso a una biblioteca o a asistir a una obra teatral. La derrota nazi y, con ella, de Austria develó el verdadero sentir de la juventud.

El mundo de ayer hace una narración del orden, pese a todo, que en la Alemania de la década del 20 del siglo pasado regía y de la expectativa de que un episodio como el que acababa de superarse nunca más se replicara. Pero en el capítulo “De nuevo a mundo traviesa”, el autobiografiado se reconoce a sí mismo como un necio, pues sin saberlo, la siniestra historia ya estaba madurando la otra conflagración, la que destruiría, y esta vez por diferencias ideológicas, gran parte de Europa.

No se habla de su vida privada, es decir, de lo que tiene que ver con la parte más íntima de sus afectos, sino de manera muy casual y únicamente de su segunda esposa, porque lo que realmente se destaca en el libro es lo que tiene que ver con su obra artística, con las decenas de miles de ejemplares de libros que hubo vendido, de las decenas de idiomas a las que sus obras fueron traducidas, de su pasión por coleccionar manuscritos de partituras musicales, novelas y toda otra pieza literaria de los más grandes artistas que la humanidad procreó. 

La influencia que tuvo Stefan Zweig en los círculos de poder y del pensamiento de la época es algo que no deja pasar por alto. Y con seguridad en ello no hay ni el más mínimo ápice de soberbia; más bien es un mensaje al lector de cuánto una vida dedicada a la preparación intelectual puede significar. Pudo cultivar amistades con quienes en su juventud no pasaban de ser ídolos inalcanzables. 

El mundo de ayer es una experiencia autobiográfica única por su estilo, un conmovedor relato para entender la etapa inmediatamente anterior a la Gran Guerra y la de la transición a la segunda. Su vida, así narrada, hace una querella contra las injusticias que supusieron la proscripción de Shakespeare de los escenarios alemanes o de Mozart de las salas de concierto inglesas o francesas, con el mismo desconsuelo por la prohibición a su anciana madre de sentarse en una banca pública.

El libro es un tributo a la paz y a la armonía de los hombres y de los pueblos. La  felonía humana le hizo entender que había que declararle guerra a la guerra. La estremecedora narración nace de una pluma que tiene la precisión del mejor cirujano.

Hastiado y sumido en una profunda depresión, se quitó la vida junto con su esposa. El 23 de febrero de 1942 un criado los encontró muertos en su cama.

 

Augusto Vera Riveros / Abogado

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