Conozca cómo fueron guardadas las cartas eróticas

lunes, 25 de enero de 2016 · 08:35

El Mundo

Algo así como un siglo quedaron sepultadas en una caja y dentro de una cartera de cuero las cartas que Simone (una anónima Simone) escribió a su amante Charles entre 1928 y 1930. Textos furtivos que alguien guardó serenamente en un desván para que otro alguien los descubriese. Había en el gesto de conservar estas hojas viejas una ambición: la de que fuesen leídas de nuevo. Casi como un fetichismo de papel. Casi como un pecado. Casi como una fiesta. El diplomático francés Jean-Yves Berthault recuperó aquel conjunto hace algunos años mientras ayudaba a una amiga en la mudanza. Encontró la caja detrás de unos marcos viejos. La abrió. Halló una cartera de cuero y de ella extrajo un puñado de sobres. Buscó por dentro y silabeó al azar algunas líneas con la extrañeza de quien irrumpe en un secreto que no estaba previsto.

Aquel material resultó fascinante. Doscientas misivas de una calentura insólita. Extremada. Hiriente. De un erotismo que llega sin prejuicio a la pornografía. Un detallado relato sin exceso de literatura. Tan sólo con el menester de fijar en papel un deseo. Una pasión. Una lujuria de dos cuerpos que se exploran hasta donde casi nadie confiesa. Una literatura fisiológica que Berthault descifró siguiendo la misma secuencia que establecen ciertas novelas. Y con ese aire de historia real e inverosímil a la vez, reunió una selección de piezas y le dio este título al conjunto: La pasión de Mademoiselle S., publicado en España por Seix Barral.

«Tuve la extraña sensación de que ahí, al alcance de la mano, tenía una aventura extraordinaria, de que estaba ocurriendo algo importante», dice el diplomático. «Como cuando a uno se le presenta una buena oportunidad y cree ser testigo de un milagro, y se le pone la piel de gallina... Le compré a mi amiga la correspondencia entera y aquí está». Tardó un año en fechar la secuencia. Y algo más en ordenar los documentos, en escoger los más interesantes, en armar el puzzle cambiando los nombres para evitar que alguien, aun 100 años después, pudiera identificar a los protagonistas. Él tampoco sabe quiénes fueron. La caligrafía de los originales es limpia, lenta, concentrada. Y lo que revelan: ardiente, feroz, vibrante. Al placer del texto se suma el placer del sexo.

«Bajo esa caricia nueva tiembla y vibra todo tu ser. Tu cuerpo pesa sobre mi cuerpo, sólo somos uno, nos abrazamos estrechamente. Y, durante largos minutos, lamemos mutuamente nuestras carnes hasta el delirio, y el goce ardiente y doloroso nos mantiene jadeantes». Es el tono general de la correspondencia, aunque ésta es su parte más suave, incluso la más lírica. Las cartas, en orden cronológico, dan cuenta de un celo creciente donde ella, Simone, lleva la brújula. Ordena. Pide. Exige. Descubre. Inflama. Charles se deja llevar. Mejor: se deja hacer.

El erotismo de las primeras alcanza temperatura de obsesión más adelante. Charles está casado. Es más joven que ella. Ella es una mujer libre que ha encontrado en esa libertad una conquista y un campo de pruebas. Su cuerpo es el mapa. Al principio los encuentros furtivos suceden varios días a la semana, pero la cadencia y el tiempo enfrían antes o después los fuegos. «No puedo dormir, amor mío, soy espantosamente desgraciada y tengo el corazón encogido. Me pregunto qué ocurre para que te hayas vuelto de pronto tan indiferente, tan despegado de nuestra pasión, hasta el extremo de que puedas estar tres largas semanas, casi un mes, sin que nos veamos».

Sucede que el tiempo todo lo cura como todo lo traiciona. Incluso las más fuertes historias de amor. De sexo y amor. Como en Las once mil vergas, de Apollinaire. Como Historia de O., de Pauline Réage. Como Justine o los infortunios de la virtud, del Marqués de Sade. En esa órtbita se instala esta aventura que tiene su charca originaria en los años 20 de París, cuando los sueños aún eran ciertos e imposible su herida.

No se trata exactamente de literatura, sino de vida vivida. El funcionamiento intelectual de los textos está fuera de la moral. Tan sólo sirven en el espacio donde la intimidad se dispara sin dios ni amo. «Sí, Charles, cuando vuelvas nos entregaremos a los delirios más intensos. Nuestros cuerpos estarán irresistiblemente unidos por miembros sobrenaturales, y ya nunca más, no, nunca más, podremos olvidarnos. Pues ¿no eres el mejor amante? Pues ¿no eres la mejor amante? Pues ¿no formamos los dos cuatro cuerpos? ¿Por qué buscaríamos en otra parte las ebriedades que jamás podrían igualar nuestro vicio mutuo? Los amores como los nuestros son cosa rara». Cuatro cuerpos en la cama: todos son hombre, todos son mujer. Y sus apetitos, insaciables.

Dos años duró la relación. Charles dejó de ir en busca de Simone. Ella quedó devastada. No se sabe qué sucedió. Tampoco si existieron en lo real. O si ella es ella. O si ella es Charles mientras otro fue Simone. Qué más da. Pocas veces una correspondencia dejada al azar despierta tanto enigma excitado, tanta mística de la sexualidad abierta, tanto freudismo pantagruélico, violento e incesante. Casi en estado de emergencia, como si sólo se pudiera soñar.

 

 

 

Sobre la última encuesta de Página Siete

Si usted es de los que necesita estar bien informado, puede acceder a la encuesta electoral completa de Página Siete, suscribiéndose a la aplicación PaginaSietePro que puede descargar de App Store o Google Play

 


   

Comentarios

Cargando más noticias
Cargar mas noticias