Mujeres gitanas, árabes y chinas: cuando el maltrato es tabú

miércoles, 7 de diciembre de 2016 · 07:05
El Mundo / Gema Peñalosa
María (nombre ficticio) estaba más preocupada por lo que pudiera pensar su padre de que estuviera sentada ante un juez llena de morados que por la paliza que le acababa de dar su marido. María, gitana, no concebía las preguntas que le estaban haciendo sobre algo que consideraba tan íntimo.

No tenía ninguna intención de que lo que su pareja le hizo, o le hacía, trascendiera ni a la Justicia ni, mucho menos, al resto de su familia. Eran cosas que sucedían en casa y allí debían quedarse.
Quería seguir viviendo los golpes en silencio, como el resto de mujeres de su colectivo. Sucede lo mismo con las árabes y con las chinas, con el añadido de que el miedo a una hipotética expulsión del país (en caso de no tener los papeles en regla) si denuncian hace que no se lo planteen.

Por regla general, el terror al desprestigio, el deseo de evitar conflictos a toda costa -más que el miedo al maltratador- o la normalización de episodios de golpes y humillaciones hace que muchas mujeres gitanas, árabes y chinas vivan una doble vida. Digieren la violencia de género de puertas para adentro. Para ellas, el maltrato es tabú y no hay otra manera de vivirlo que con secretismo.

Lo dicen año tras año los datos que manejan los juzgados y la Fiscalía de Violencia sobre la Mujer, quienes no ocultan su «inquietud». Un expediente de cualquiera de estos tres colectivos es residual porque las denuncias que se tramitan sonescasísimas. Y lo que es más alarmante: casi ninguna mujer denuncia a su maltratador. Pocos juicios de estas características. Entonces, ¿cómo llegan al juzgado (con cuentagotas) estos casos?

A menudo son los hospitales o la Policía quienes lo ponen en conocimiento de la Justicia. Muchas veces, estas mujeres no tienen más remedio que acudir al médico por las graves lesiones que les deja una paliza, con lo que siempre trascienden los casos más graves. Del maltrato psicológico, ni hablar. El hospital y los agentes son quienes actúan. Pero ellas, después, se quedan en silencio cuando se les pregunta por los hematomas que tienen.

Tampoco ayuda, en la mayoría de los casos, que la familia viva el maltrato como algo normal que pasa entre las parejas y que sólo les incumbe a ellas. Que esté tan admitido es un claro obstáculo. María al igual que el resto de mujeres de los tres colectivos que viven el maltrato calladas, ni quiso denunciar ni, mucho menos, quiso que el forense le explorara. Simplemente, lo dejó pasar. Se agarró fuerte a eso de que los trapos sucios se lavan en casa y con las mismas se fue del juzgado.

La fiscal de Violencia sobre la Mujer de Valencia Susana Gisbert da una de las claves sobre este particular. A su juicio, lo único que puede revertir la situación es abrir nuevas vías para llegar a ellas «con un mensaje -explica- más permeable a la realidad que viven» y más presupuesto. Por partes.

«Haría falta que sintieran que las distintas campañas se dirigen a ellas, que no les son ajenas con aspectos con los que no pueden identificarse», argumenta Gisbert desde su dilatada experiencia. «La información es esencial y muchas veces no la tienen. Es triste pero es así. Por ejemplo, algunas piensan que si denuncian y no tienen residencia legal les pueden devolver a sus países y nada que ver con la realidad pero, ¿quién se lo explica si no vienen al juzgado?».

Después está el dinero que el Gobierno destina a luchar contra la violencia machista. Importante. Gisbert insiste en que sigue siendo «insuficiente» y recuerda los recortes «tan importantes» que ha habido en la materia. «Esto ha supuesto un retroceso en la concienciación que habíamos conseguido años atrás. Y claro, lo hemos notado muchísimo».

Lo que está claro es que, hoy por hoy, todavía no hay herramientas para hacer que el maltrato deje de ser tabú en el colectivo gitano, árabe y chino. Hay diagnóstico pero no remedio.

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